Pilar básico del autogobierno vasco, nació y se desarrolló en un clima político extraordinariamente convulso. Esta es la historia de un éxito contada por sus protagonistas cuando se cumplen 40 años de su nacimiento
Eran 603. Los supervivientes de un filtro inicial en el proceso de selección. Todos hombres porque uno de los requisitos consistía en haber cumplido el servicio militar. La cita, en un antiguo colegio a medio reformar en las afueras de Vitoria en el que se formarían durante seis meses. Su destino: integrar la primera promoción de la Policía vasca. La Ertzaintza, el gran icono del recién estrenado autogobierno, nacía aquel 8 de febrero de 1982 con el objetivo de proteger los derechos y las libertades en Euskadi mediante la paulatina asunción del grueso de las competencias en manos de la Guardia Civil y la Policía Nacional. Los cuarenta años transcurridos son la historia de un éxito. El de un Cuerpo plenamente integrado en la sociedad, respetado y con prestigio. Los ciudadanos le otorgan un notable -una calificación de 7 sobre 10- en las encuestas de percepción de la seguridad más recientes y es una de las instituciones mejor valoradas, según el Deustobarómetro. Dieciséis de aquellos pioneros siguen en activo en una organización con 7.571 miembros, de los que apenas un 16% son mujeres. Una de ellas, la comisaria Vicky Landa, está a su frente desde hace unas semanas.
En realidad, aquellos 603 debutantes habían sido convocados el 1 de febrero en la improvisada Academia de Arkaute -en la que vivirían durante su instrucción-, donde les hicieron formar, tallaron y, acto seguido, para sorpresa general, les mandaron a casa: las instalaciones ni siquiera tenían agua potable ni camas suficientes. A su regreso, las condiciones habían mejorado, aunque tampoco mucho. Un grupo de ellos salió a la calle en octubre con la única misión de «vigilar piedras»: la sede el Parlamento y el palacio de Ajuria Enea, residencia del lehendakari. Los restantes lo hicieron en febrero de 1983, tras un adiestramiento especial para encargarse de las tareas de tráfico de las que hasta entonces se responsabilizaba la Guardia Civil. La pretensión del Gobierno vasco de dotarles de unas potentes motos BMW, frente a las modestas Sanglas del instituto armado, causó uno de los primeros encontronazos con la Administración central.
La primera promoción. El lehendakari Carlos Garaikoetxea pasa revista ala primera promoción de la Ertzaintza.
E. C.
La Ertzaintza, heredera de la fugaz Ertzaña creada durante la Guerra Civil por José Antonio Aguirre, surgió envuelta en una fuerte carga identitaria auspiciada por el nacionalismo: una Policía de aquí, «del pueblo», que en cierta medida simbolizaba la reconstitución de Euskadi tras la dictadura franquista. «Ertzaña», un término acuñado por el poeta Lauaxeta, significa «cuidador del pueblo» (erri zaña). Su puesta en marcha se produjo con un autogobierno todavía en mantillas y en un país con la Transición por completar, que hacía apenas un año había asistido al fallido intento de golpe de Estado del 23-F y en el que los atentados de ETA causaban decenas de asesinados cada ejercicio y sometían a una prueba permanente a un sistema democrático en pleno desarrollo. Un escenario extremadamente convulso y propenso a la desconfianza.
El espejo de los 'bobbies'
Los 'bobbies' londinenses fueron el espejo en el que inicialmente se miró: un Cuerpo amable, próximo al ciudadano, en contraposición con la imagen «represiva» de las Fuerzas de Seguridad del Estado (FSE). «Al principio, los mandos nos decían que no éramos policías, sino ertzainas, como si fuera algo distinto», rememora un patrullero con tres décadas largas de experiencia. «En la calle nos veían poco menos que como los amigos de los niños, una percepción que cambió enseguida». «La Ertzaintza tiene que ser cercana», tercia Roberto Seijo, secretario general del sindicato Erne. «Pero, aparte de que la existencia de ETA distorsionaba tal pretensión, no se puede olvidar que estamos para hacer cumplir la ley, lo que en ocasiones implica reprimir a quienes la vulneran».
«En cuarenta años ha evolucionado todo: la sociedad, los delitos... Pero aquellos ideales, aquellas ilusiones, el proyecto que teníamos en la cabeza, una Policía que persiguiera el delito, por supuesto, pero que también fuera un referente de ayuda y protección al ciudadano, básicamente se corresponde con el modelo actual», defiende José Antonio Ardanza, lehendakari entre 1985 y 1998. Durante su mandato se produjo gran parte del despliegue. Las primeras promociones salieron a la calle bajo aquel esquema -explica-, aunque el acoso radical obligó pronto a modificarlo y sustituir las patrullas a pie por otras en vehículo. «Una década después de la desaparición de ETA, vuelve aquel espíritu adaptado a los tiempos».
Un asunto «muy sensible»
El alumbramiento y desarrollo de la Ertzaintza fue un proceso de extraordinaria complejidad y repleto de dificultades. «Era un capítulo fundamental del autogobierno, una cuestión tremendamente sensible, no grata en determinados círculos, y procuramos hincarle el diente cuanto antes», apunta Carlos Garaikoetxea, el lehendakari con el que arrancó. En La Moncloa estaba Leopoldo Calvo Sotelo, «un presidente poco receptivo al desarrollo autonómico», añade. «Justo es reconocer, sin embargo, que Juan José Rosón -el entonces ministro de Interior con UCD- mantuvo una actitud constructiva; con él se pudo hablar razonablemente».
«Nos armamos de coraje y determinación para hacer una Policía integral, con todas las consecuencias, no una meramente decorativa», rememora. Se trataba de montar desde la nada un Cuerpo capacitado para perseguir cualquier tipo de delito. De seleccionar y adiestrar adecuadamente a personas sin experiencia en ese terreno, dotarles de las herramientas necesarias y crear las unidades especializadas y estructuras organizativas para cumplir con éxito sus funciones.
Una tarea encomendada a Luis María Retolaza, un histórico del PNV que fue el primer consejero de Interior. En 1980, dos años antes de la apertura de Arkaute, ya había impulsado la constitución en secreto de un grupo de élite compuesto por personas afines a su partido, que entrenaba en un pueblo abandonado de la Montaña Alavesa: Berroci. Aquel fue el embrión de la Policía autonómica. EL CORREO desveló su existencia, desconocida para el Gobierno central. «La desconfianza hacia las fuerzas de seguridad heredadas del franquismo era tal, que los instructores eran británicos», señala Garaikoetxea. De allí surgieron los primeros escoltas de las autoridades vascas.
La Academia fue formando ertzainas al ritmo que permitían sus limitados recursos. La primera gran salida a la calle del nuevo Cuerpo fue con motivo de la visita del Papa Juan Pablo II a Loiola en noviembre de 1982. Su bautismo real se produjo a raíz de las inundaciones del ejercicio siguiente en Bilbao y municipios limítrofes, en las que los integrantes de la segunda 'hornada' -en ella ya había mujeres- fueron movilizados. En 1984 levantaron la persiana las comisarías de Durango, Mondragon, Bergara y Beasain. Luego vendrían las de Gernika, Tolosa y Ondarroa, en 1985. Al año siguiente, las de Balmaseda, Getxo y Zarautz... Conforme se licenciaban promociones en Arkaute -ahora está a punto de entrar la número 30-, la Ertzaintza se expandía por Euskadi. Poco a poco. Pero sin pausa. A Bilbao y Sebastián llegó en 1994. En septiembre de 1995 finalizó el despliegue con su estreno en Vitoria.
La llegada a Bilbao. El año 1994 vio patrullar a los primeros agentes de la Ertzaintza por las calles de Bilbao y San Sebastián.
Retirada delas FSE: tensión y desconfianza
El proceso estuvo plagado de tensiones. Entre otros motivos, porque su implantación debía suponer la retirada paralela de la Guardia Civil y la Policía Nacional y el cierre de sus instalaciones. Un hecho sin precedentes en aquella España convulsionada por la amenaza terrorista; en la que la Ertzaintza, además de inexperta, era considerada en amplios círculos como una Policía de partido y la actitud del nacionalismo frente a ETA suscitaba dudas en amplios círculos de Madrid. El escándalo sobre el 'enchufismo' de simpatizantes jeltzales, destapado en 1987, unido al precedente de Berroci, alimentó tales recelos. También las escuchas telefónicas ilegales a Garaikoetxea en el verano de 1986, cuando estaba a punto de provocar la escisión del PNV con la creación de Eusko Alkartasuna.
«Nos armamos de coraje para hacer una Policía integral con todas las consecuencias, no una decorativa»
Carlos Garaikoetxea
Lehendakari (1980-85)
«Nos acusaban de ineficacia contra ETA y no nos daban información. Cuando la obtuvimos, se vieron los resultados»
José Antonio Ardanza
Lehendakari (1985-1998)
«Yo estaba acostumbrado a ciertas puñaladas, pero aquello fue una contrariedad muy grande, algo escandaloso», confiesa el exlehendalari. Por los pinchazos fueron condenados a seis años de inhabilitación el sargento mayor Joseba Goikoetxea -que sería el primer jefe antiterrorista y asesinado por ETA en 1993-, el agente Ramón Epalza y Javier Aguirre, jefe de la red de comunicaciones del Gobierno vasco. «Pagaron los enviados, no los máximos responsables, los engranajes con la dirección del PNV», sostiene. Retolaza quedó absuelto. El fundador de EA argumenta, no obstante, que «un episodio así, por penoso que sea, no puede enturbiar la trayectoria» de la Policía vasca.
La 'alternativa KAS'
El socialista Ramón Jáuregui, vicelehendakari en el primer Gobierno de coalición PNV-PSE y previamente delegado del Ejecutivo central en Euskadi, da fe del clima enrarecido, vigente durante largo tiempo, con el que se desarrolló el Cuerpo. Un ejemplo: «La sustitución de la Guardia Civil de Tráfico por la Ertzaintza fue acogida en algunas esferas ministeriales casi con apelaciones a la soberanía nacional, a los valores patrios, a que estaba en juego la esencia del Estado -recuerda-. Lo que me costó convencerles de que era algo no solo estatutario, sino plenamente asumible en la legalidad española...».
Madrid no se fiaba de la capacitación real de una «Policía incipiente, muy novata en los primeros tiempos, como es natural», añade, y tampoco de su involucración contra el terrorismo, de la que «luego dio muestras de inequívoco compromiso». Además, la salida de las Fuerzas de Seguridad del Estado era una de las reivindicaciones de la 'alternativa KAS', por lo que «no podía ser que pareciera que ETA y sus bombas eran quienes las echaban». «El repliegue de las FSE según se desplegaba la Ertzaintza era una forma de visualizar la normalización del autonomismo, del edificio formado por el Estatuto y la Constitución, que ETA combatía -apunta Jáuregui-. Esa era nuestra apuesta y el camino hacia la paz en una situación diabólicamente compleja, impregnada por la violencia. No fue fácil, pero creo que lo hicimos bien y con la prudencia adecuada».
Apuntes. Agentes de las primeras promociones repasan el temario.
Un acuerdo sellado por el entonces ministro de Interior, José Luis Corcuera, y el consejero Juan Lasa avaló en febrero de 1989 el carácter integral de la Ertzaintza, lo que equivalía a reconocerle las competencias ejercidas durante décadas por la Guardia Civil y la Policía Nacional, salvo las que tenían expresamente reservadas en el Estatuto. Es decir, algo así como un certificado de su mayoría de edad. Los gobiernos central y vasco pactaron en agosto del año siguiente el despliegue total del Cuerpo, cuya plantilla tipo fue fijada en 8.000 miembros, y la «adecuación» de los efectivos de las FSE a la nueva situación. Con su llegada a Vitoria el 1 de septiembre de 1995, cubrió toda la comunidad.
Fue un salto cualitativo. La Policía vasca ha dado otro de enorme relevancia hace apenas unos meses al ser aprobada en junio del pasado año su presencia en el espacio Schengen, lo que le permite el acceso a bases de datos de 26 países europeos y desarrollar su trabajo más allá de los límites de la comunidad, al igual que las FSE.
Un camino «muy duro»
«La Ertzaintza ha ido completando su propia identidad hasta ser lo que hoy conocemos, pero el camino ha sido duro, con muchas dificultades», explica el exlehendakari Ardanza. «A la hora de establecer sus armas, Madrid pretendía que fueran pistolitas, cuando hacía falta armamento más eficaz no solo para combatir a ETA, sino a bandas de delincuentes. A la Guardia Civil y la Policía Nacional parecía que se les quitaba un trozo de carne cada vez que tenían que cerrar un cuartel porque la Ertzaintza estaba implantada en la zona...».
«Hubo resistencias para esa retirada», admite el exconsejero de Interior Juan María Atutxa. «No se trataba de echarles, como ellos creían, sino de dar cumplimiento a lo mandatado por el Estatuto de Gernika y a los acuerdos de la Junta de Seguridad -un órgano de encuentro entre los dos gobiernos», apunta.
A su juicio, el tiempo ha acabado por desmentir a los dos bloques que cuestionaban a la Ertzaintza. «Los de Madrid decían: '¿en manos de quién estamos dejando la seguridad? Harán la vista gorda con los de ETA. Si son hermanos...'. Y los elementos inmersos en el terrorismo pensaban: 'son vascos, mirarán hacia otro lado'. Pues no, esto no entiende de ideologías, sino de servicio a la ciudadanía y de salvar vidas. Y ha quedado bien claro».
Contra ETA y en su punto de mira
La banda tuvo a la Policía autonómica en su punto de mira desde el comienzo -ha asesinado a quince ertzainas-, a la par que intentaba infiltrarse en ella. Lo hizo, por ejemplo, el sanguinario Iñaki de Juana Chaos, que entró en la promoción inaugural junto a otros colaboradores antes de integrar el 'comando Madrid'. Sus ataques fueron primero selectivos y, conforme el Cuerpo se implicaba en la lucha antiterrorista, más indiscriminados.
El primer jefe de la Ertzaintza, Carlos Díaz Arcocha, estrenó la lista de asesinados el 7 de marzo de 1985. La organización aseguró que el atentado iba dirigido «contra el Ejército de ocupación español». La víctima era uno de los cuatro militares que formaron la cúpula de la institución mientras formaba a sus mandos. Genaro García de Andoain, estrecho colaborador de Retolaza, murió a tiros el 2 de noviembre de 1986 durante una operación -la primera contra ETA- para liberar al industrial Lucio Aguinagalde, secuestrado por el 'comando Araba'. Siete años más tarde, el sargento mayor Joseba Goikoetxea fue acribillado mientras llevaba a su hijo al colegio. Una bomba lapa mató al inspector Montxo Doral, otro de los principales mandos de la lucha antiterrorista, el 4 de marzo de 1996. A esas alturas, después de varias trampas tendidas para acabar con la vida de agentes y de que el ertzaina Jon Ruiz Sagarna fuera quemado vivo por el lanzamiento de cócteles molotov, ya nadie en el Cuerpo dudaba de que eran objetivo de la banda. Hacía ya tiempo que esa actividad profesional tenía que ser ocultada incluso al entorno más próximo y que colgar el uniforme a la vista de los vecinos era un factor de riesgo.
Jáuregui cree que las gravísimas heridas sufridas por Ruiz Sagarna el 24 de marzo de 1995 en Rentería supusieron un punto de inflexión. El dirigente socialista afirma que «hubo momentos de desconfianza sobre la eficacia antiterrorista de la Ertzaintza y también de su convicción de que tenía que involucrarse más». No obstante, reconoce el salto cualitativo registrado a mediados de los 90 y las dificultades con las que tropezaba la Policía vasca. «En esa materia, la inteligencia, la información, es clave. Y ella estaba muy fuera de eso. Francia colaboraba con las FSE y no había una relación fluida entre policías». El exvicelehendakari se felicita de que esa situación lleve tiempo corregida y alaba la profesionalidad y eficiencia mostradas por el Cuerpo tras cubrir sus carencias en esa materia.
«Matar es matar, un delito»
«Nos acusaban de que no deteníamos comandos. Y, la verdad, me molestaba mucho -admite Ardanza-. No nos daban información. La tenían toda la Guardia Civil y la Policía Nacional. No disponíamos de un sistema de inteligencia significativamente desarrollado. Poco a poco se fue construyendo. Eso no se hace de la noche a la mañana. Con Atutxa fueron creciendo esas estructuras, los servicios de seguimiento, de análisis... Y vinieron los resultados, aunque también más rechazo por parte del mundo de ETA y Herri Batasuna, los atentados contra Goikoetxea y Doral, que trabajaban en ese campo, más ataques a la Ertzaintza...». El exmandatario nacionalista sostiene que el Gobierno vasco siempre tuvo claro que «matar es matar, es un delito, no un ideal patriótico», y actuó en consecuencia.
La Ertzaintza, una de las instituciones mejor valoradas, tiene un amplio respaldo social, salvo en la izquierda abertzale
El consejero de Interior entre 1991 y 1998, bayo cuya gestión fueron desarticulados once comandos, vincula la creciente implicación de la Policía vasca en la lucha antiterrorista y su conversión en «enemigo» de la banda y de la izquierda abertzale. «Solo cumplíamos con nuestra obligación. No podíamos hacer distingos entre el delito cometido por un terrorista vasco y el de un carterista de donde fuera. El delito es delito y punto», subraya.
Agentes de la Ertzaintza intentan contener a manifestantes en los días posteriores al asesinato de Miguel Angel Blanco en 1997.
ignacio pérez
Atutxa fue un objetivo prioritario de ETA, que intentó asesinarle al menos en diez ocasiones; una de ellas, en la boda de su hijo mayor. ¿Tuvo miedo? «El miedo es inherente a las personas -confiesa-. Sí, tuve miedo y respeto, e hice todo lo posible para que no me pillaran. Si el miedo vence a un consejero de Interior, más vale que se dedique a otra cosa». Recuerda emocionado que cada día, al salir de casa, Begoña, su esposa, siempre iba hasta la puerta a despedirle. «Pensaba que quizás fuese la última vez que me veía».
«El despliegue de la Ertzaintza visualizaba la normalización del autonomismo, que era nuestra apuesta»
Ramón Jáuregui
Vicelehendakari (1987-91)
«Desmentimos con hechos a quienes decían que haríamos la vista gorda con ETA. El delito es delito, y punto»
Juan María Atutxa
Consejero del Interior (1991-98)
«La Ertzaintza tiene que ser cercana, pero estamos para hacer cumplir la ley. Desde Cabacas impera el buenismo, no intervenir»
Roberto Seijo
Secretario general de Erne
Cuando Roberto Seijo, el líder de Erne, entró en 1987 en la Policía vasca estaba convencido de que la amenaza etarra «no iba mucho con nosotros. Pronto vi que sí: en cuanto nos enfrentamos a ellos». El responsable sindical pone el punto de inflexión en un tiroteo con el 'comando Vizcaya' en Bilbao, en agosto de 1991, en el que murió el etarra Juan María Ormazabal, 'Turko'.
«Gracias a los inhibidores de frecuencia nos salvamos de atentados terribles», explica tras admitir el «'shock' terrible» en el que entró todo el Cuerpo tras el asesinato a sangre fría de los agentes Ane Arostegui y Javier Mijangos cuando regulaban el tráfico en una rotonda de Beasain el 23 de noviembre de 2001, y lamentar las «dificultades» para que el Gobierno vasco reforzara las medidas de seguridad. «Ropa ignífuga, verduguillos, furgonetas blindadas... Pese a haberlo solicitado con anterioridad, todo llegaba solo después de trágicos acontecimientos que justificaban su necesidad».
Prácticas de tiro. Agentes, en la academia de Arkaute.
Cabacas, un renovado modelo policial y nuevos delitos
Desaparecida ETA, el Departamento de Seguridad apuesta por recuperar la esencia de una Ertzaintza de proximidad, muy a pie de calle, que tuvo en sus orígenes. Ese desafío tropieza con la dificultad de una plantilla infradotada de personal al no haber cubierto una parte de las bajas producidas en los últimos años y que, además, se enfrenta a un intenso relevo generacional a corto plazo por una avalancha de jubilaciones.
Pero si algo ha cambiado el modelo policial en el pasado reciente ha sido la muerte del joven Iñigo Cabacas tras recibir un pelotazo de goma en la cabeza el 5 de abril de 2012 en Bilbao. Además de sustituir ese material antidisturbios, destinado a disolver concentraciones sin llegar al cuerpo a cuerpo, por bolas de foam -un material de tipo viscoelástico que se deforma cuando impacta y menos disuasorio-, «ahora no hay interés en intervenir» en algaradas, sostiene Seijo. «Impera el buenismo y la sensación de indefensión» entre los agentes.
El Cuerpo, al que han llegado en los últimos años personas «con muchísima más formación que antes y muy capacitadas», en palabras del secretario general de Erne, asume también el reto de adaptar su actividad a la aparición de nuevos delitos -como los relacionados con internet-, el auge de los medioambientales, el yihadismo o las bandas internacionales.
«Profesional, bien formada... La Ertzaintza de hoy es bastante parecida a la que pensamos que iba a ser y debía ser», opina Jáuregui. «No es fácil que una Policía sea tan bien vista por los ciudadanos como lo es ella», destaca Garaikoetxea. Su amplio apoyo social tiene una excepción: los simpatizantes de la izquierda abertzale. Un 61% la suspende, según el Deustobarómetro. «Es la mochila del pasado», resume el exlehendakari. «Le tiene un odio muy marcado», pero la Policía vasca, «con su buen trabajo, seguirá ganándose prestigio hasta en ese mundo», sentencia Ardanza.
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