
Ver fotos
Secciones
Servicios
Destacamos
Edición
Ver fotos
Finito y bien picado o cortado a láminas. Cualquier receta que se precie comienza con un buen salteado de ajo. Y La Blanca, ese copioso ... potaje festivo, precisa de un refrito abundante, con ristras y ristras. Lo suyo es que quede doradito, aunque, si te pasas de temperatura, se te quema y acaba amargando. Y este jueves Vitoria hervía al sol. A pesar del intenso calor, el Día del Blusa y la Neska -para muchos, Día de Santiago por siempre jamás- quedó en su punto. A la espera de Celedón, esta es la fiesta que más repite.
La receta canónica para esta jornada deja bien claros sus ingredientes, todos condimentados por la tradición. Además del consabido ajo, nunca falta la santa misa, las dianas, la sentida ofrenda floral a los blusas caídos durante el año, las vaquillas, la feria agrícola... y hace cuatro años -sí, cuatro ya- se sustituyó aquella carrera de burros por una de barricas, que algunos dirán que la cosa ha perdido sustancia, pero lo cierto es que el acto se ha acabado asentando con un buen número de comensales.
No dan ni las diez y por Dato se cruzan las bandadas de pajarracos desplumados, buscando el nido tras una noche de farra excesiva, con los gallos de bien con ganas de darle al pico, rodeados de sus polluelos. «Es el día que más me gusta del año, no tiene nada que ver con el mogollón que se avecina la semana que viene. Hoy tienes la sensación de estar más con los de aquí, con los de casa, al final esta es una fiesta de pueblico», resume Asier Arraez, mientras tira para la Cuesta con el pequeño Markel, con una blusa que a lo mejor llenará en dos o tres años. «Vamos a los ajos», implora el chaval. Pues vayamos.
En los puestos, cabezas prietas, algunas grandes como puños, otras más menudas, las había tersas y arrugadas, blancas, parduzcas y con vetitas violáceas. Los vendedores despachan desde bien temprano ajo a destajo, tratando de seducir al indeciso. El de Lerín presume de que los suyos son «los mejores, como los años anteriores». Y su vecino de tenderete le replica hasta desgañitarse con un «de las Pedroñeras, el ajo de secano». No, desde luego la habilidad para la rima fácil no se vende a granel.
Ojo al ajo
«Hay que tener mucho cuidado con ese barato porque es chino y se echa a perder a los cuatro días», aconseja Merche, toda una experta en el tema ajil, que tira de un carrito por el que asomaban hasta tres ristras. «En casa gastamos mucho, pero una es para mí, otra para mi nuera y otra para mi vecina, que la pobre se ha roto la cadera y no ha podido venir», explica la mujer, vecina de Judimendi.
Pero, un momento, tanto ajo, tanto ajo, ¿de dónde viene realmente la tradición? Al primer paisano que se le pregunta, se encoge de hombros. El segundo, te dice que le suena que es algo de la posguerra y la tercera, encantadora ella, reconoce que no tiene ni repajolera, pero te empieza a contar que cuando era pequeña su padre le traía bien temprano desde Eguileta y que después de comprar los consabidos, se la llevaba a La Flori a comerse un barquillo (...). Ajá. Angelines, gracias por participar. Menos mal que por allí aparece Elisabeth Ochoa de Eribe, dispuesta a sacarle al forastero de dudas. «Es una tradición que viene de la Edad Media, cuando sólo se podían comprar ajos una vez al año», resuelve la ahora concejala popular. Se ve que, como los policías, los guías turísticos siempre están en guardia.
Ambiente doméstico
Las barricas echan a rodar en la plaza de España y entre el público expectante, más de uno con la ristra de ajos alrededor del cuello, como un percherón al que le han colgado una corona de laurel tras ganar en el hipódromo. Y, bien visto, alguno hasta parece relinchar mientras que otros, tras varios tragos, empiezan a rebuznar. Igualito que esos pollinos negros como el tizón que en las 'unis', donde la feria agrícola, comparten establo con pottokas de crines lustrosas y brillantes, que ni el pelazo de las modelos de los anuncios de aquel champú. Entre heno mullido, un ternerito limousin, el 10309660, monísimo, hijo de Lingo Ben, un semental de un largo linaje fértil. También unas ocas, que ante tanto agobio, se quedan como acogotadas. Impertérritas, parecen figuritas de Lladró.
Ya a la hora del vermú, con el asfalto a punto de fisión, las barras están de bote en bote. Porque el blusa es una máquina compleja, capaz de carburar durante horas, aunque muy poco eficiente: precisa de continuo y abundante repostaje. «¡Dicen que hay que hidratarse!», resuelve Eneko, barbado morrosko, bien recio él, con la camisa remangada por encima del fornido bíceps, en tensión, sosteniendo un par de katxis de birra helada. «Y no son para compartir», se jacta. ¿Qué, que hace mucho calor? Pues sí, ajo y agua.
Si Santiago es una fecha especial para los vitorianos, para los gallegos que residen en Álava es 'día grande' . El Centro Gallego honró a su patrón con una serie de actividades que se prolongarán hasta el domingo, pero que este jueves tuvieron su punto álgido.
Tras la misa en la catedral Santa María oficiada por el obispo de Vitoria, la imagen del santo recorrió en procesión las calles hasta el parque del Norte, centro en el que desarrollan todos sus actos como conciertos, verbenas o juegos.
Más información
¿Ya eres suscriptor/a? Inicia sesión
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Los libros vuelven a la Biblioteca Municipal de Santander
El Diario Montañés
Publicidad
Publicidad
Noticias recomendadas
Batalla campal en Rekalde antes del desalojo del gaztetxe
Silvia Cantera y David S. Olabarri
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.