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sergio garcía, enviado especial
Kiev
Lunes, 2 de mayo 2022, 00:06
Los vientos de guerra que sacuden Ucrania se han contagiado a la iglesia ortodoxa, donde cada parte de operaciones o lista de bajas que llega ... del frente aumenta una fractura que amenaza con convertirse en cisma. De los 300 millones de fieles que profesan esta religión en todo el mundo, la mitad están en Rusia liderados por el patriarca Kirill I, que ha hecho suyos los argumentos de Vladímir Putin socavando la neutralidad que se le supone a un ministerio que debe velar por los valores espirituales, pero que desde hace años se ha convertido en un instrumento más al servicio del Gobierno.
«Cuando esto acabe muchos van a tener que responder de lo que han hecho, de la responsabilidad que cargan por no haber sabido distinguir política de religión», se lamenta una monja de la iglesia de San Miguel, en pleno centro de Kiev. No quiere revelar su identidad, pero su superior, Alexander, no tiene pelos en la lengua y suple su nulo conocimiento del inglés con cuatro palabras que no dejan lugar a dudas. «Putin y Hitler, kaput».
El enfrentamiento no ha surgido de un día para otro, se lleva gestando desde que en enero de 2019 el patriarca de Constantinopla, Bartolomé I, acordase por decreto la independencia de la iglesia ortodoxa de Ucrania, hasta entonces reservorio espiritual del imaginario colectivo ruso. En Ucrania están radicadas 12.000 de las 38.000 parroquias con que cuenta el patriarcado moscovita, cuya retórica agresiva no ha tardado en provocar deserciones en sus propias filas.
Las rotundas afirmaciones de Kirill y sus apariciones televisivas, bendiciendo a las tropas cuando marchan a la guerra, superan con mucho lo que los ucranianos, invadidos y bombardeados, están dispuestos a tolerar. Los modos son tan brutales que incluso Onufriy Berezowski, líder de la iglesia prorrusa en Ucrania, ha tenido que marcar distancias con su superior. El malestar ha llegado hasta tal punto que en muchas de las iglesias 'leales' se ha dejado de rezar por el bienestar de Kirill, lo que por estos pagos se entiende como una muestra de desobediencia y una llamada a la rebelión.
El discurso que llega de Rusia habla de la «obligación» de preservar unas tradiciones conservadoras y virtuosas frente a la decadencia moral que llega de Occidente, lo que infunde a los rusos un carácter mesiánico desde posturas ultranacionalistas que no se preocupan en maquillar. Además, Kirill no duda en arremeter contra el Gobierno ucraniano, al que acusa directamente del «sufrimiento» y la «opresión» que enfrentan centenares de miles de creyentes prorrusos de la región de Dombás, a los que la lealtad a su iglesia habría convertido poco menos que en mártires.
Sus continuas llamadas a la «guerra santa» han convencido a muchos de que Kirill no ha sabido anteponer la salud de la iglesia, para acabar sirviendo al diablo. Si lo que pretendía Rusia era servirse de la guerra para unificar dos sensibilidades que llevaban tiempo yendo por separado, ha conseguido exactamente lo contrario. Y más ahora, cuando «la independencia del país y la emancipación religiosa se han convertido en las dos caras de la misma moneda», concluyen los expertos.
Miguel ha acudido a la catedral de las cúpulas doradas cuyo nombre lleva «para rezar por que esta pesadilla acabe pronto». Tiene 32 años y no ve el momento de ser movilizado en el Ter Oborona, la resistencia civil, como lo han sido ya sus amigos. Al salir del templo se cruza con el padre Mijail, al que el enfrentamiento entre hermanos ortodoxos le trae por el camino de la amargura. «Ninguna guerra puede ser considerada santa si provoca el sufrimiento del pueblo», dice con amargura. «Las Escrituras advierten de que no hay que adorar a los ídolos y eso es lo que Kirill está haciendo. Una cosa es cumplir las leyes de las autoridades y otra muy distinta idolatrarlas».
Mientras los fieles desfilan ante el altar, entre miríadas de velas y olor a incienso, Mijail no puede ser más contundente. «Es nuestra obligación rezar por la paz, pero sin olvidar a los que luchan por liberar la patria y a los civiles que están sufriendo un infierno». Recuerda que el derecho canónico que asiste a la iglesia independiente ortodoxa de apartar a los que colaboran con el enemigo y traicionan a su país. Como aquel cura de Lugansk «que reveló al enemigo la posición de las fuerzas ucranianas y luego tuvo la desfachatez de oficiar el funeral por sus almas».
Para el sacerdote de San Miguel de las Cúpulas Doradas, la situación actual ha propiciado que 200 parroquias ortodoxas rusas en territorio ucraniano hayan abandonado la disciplina de Moscú ante el doble rasero que aplican sus dirigentes. «Las supuestas persecuciones en Dombás son la excusa para lanzar ataques indiscriminados, cuando si se producen cambios en la orientación de una parroquia es porque así lo ha decidido el 90% de su congregación». ¿Se ha alcanzado un punto de no retorno? «Es difícil saberlo -afirma Mijail-, aunque llevará años restablecer la confianza. Lo que está claro es que no podrá ser mientras Kirill viva, porque él nunca va a reconocer los errores cometidos, por mucho que las demás iglesias ortodoxas le hayan dejado solo».
- Miembros destacados de su iglesia no dudan en referirse a Putin como el demonio.
- Yo no diría tanto, pero sin duda debió darse un golpe muy fuerte en la cabeza cuando era pequeño. El problema es que quien tiene que velar por su bienestar espiritual alienta los asesinatos masivos que está cometiendo.
En la iglesia de la Dormición de la Virgen María, los fieles depositan bolsas de comida para su bendición y ofrendas en efectivo con el nombre de sus seres queridos movilizados para la defensa del país. También hay un recuerdo para las bajas en combate: Solomiya, Ivan, Dimitri, Anton, Vitali, Olena... El padre Fedir lleva tiempo dándose cuenta de que hay nuevas caras en la congregación, « gente que pertenecía al Patriarcado de Moscú y que no está de acuerdo con la deriva de los acontecimientos». Sus feligreses, dice, tienen sentimientos negativos hacia los invasores y tienen que refugiarse en su fe y rezar para no dejarse arrastrar por la ira. El líder de la iglesia ortodoxa de Ucrania, Epifany Dumenko, ha animado sin embargo a ir un paso más allá, y no renunciar a la acción.
«Tengo la sensación de que el movimiento por la libertad está creciendo y que los rusos ortodoxos acabarán forzando a sus obispos a intervenir para detener esta tragedia, porque la sangría de curas en sus filas es cada vez mayor». Eso sí, todos los buenos propósitos desaparecen cuando se le pregunta por Putin y Kirill. «Deberían seguir el camino del 'Moskva'», en alusión al portamisiles ruso hundido en aguas del mar Negro.
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