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JOSU OLARTE
Domingo, 16 de octubre 2022, 07:28
Completando su periplo por las capitales vascas regresó un año después Robe al Bilbao Arena prologando 'a orillas de la ría' una intensa y sonada ... gira que, ligando su primer tramo -'Ahora es el momento'- con el segundo -'Ahora es cuando'- va camino de igualar (con 50 conciertos en grandes recintos) el seguimiento que Extremoduro había despertado con aquel demorado tour final. Una despedida masiva de su líder y alter ego se espantó de manera unilateral antes de lanzar su conceptual y crudo álbum 'Mayéutica' que sigue recreando al completo entre revisiones a su pasado transgresivo y muestras de su reciclaje solista en vena de lírico, sensible y brutal rock autoral.
A la primera de cambio Robe transmitió la sensación de lograr un triunfo sin paliativos en casa tanto por ejercer de local -sigue radicado entre su Plasencia natal y, de un tiempo a esta parte, Mungia-, como por el aplomo escénico y sonoro (propio y de su rodadísimo y tremendo sexteto) y por ser capaz de volver a congregar en Miribillla a una audiencia intergeneracional de más de 5.000 personas, con entradas a 40 euros y pese a coincidir con un partido estelar del Athletic.
Su bestial romanticismo rockista-sinfónico podrá emocionar más o menos, pero la emancipación del ya sesentero Robe constituye a todos los niveles un hito en el rock español y un logro tan incontestable como sorprendente. No es el único músico que contraviene las normas, pero lograr semejante aclamación y seguimiento trasversal apostando por un denso y lírico rock poético en sintonía con el denostados rockismo progresivo de los 70 es un suceso casi a celebrar de puro insólito. Sobre todo es estos tiempos de fragmentación extrema de la música y la comunicación.
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Y es que al 'antes poeta que músico' las tendencias le traen al pairo. Irreductible y sin concesiones a la galería (apenas un par de frases en euskera). Robe se dedica a aplicar sin restricciones y con todas las consecuencias esa ley innata ciceroniana que exacerba las emociones primarias, aunque en su caso pase por interpretar en directo, como una canción de 60 minutos, toda la bestieza emocional de un lírico, crudo y filosófico disco de rock conceptual como 'Mayéutica'.
La progresiva espiral sonora que fue su revalida bilbaína se ajustó al guion pero con algunas sorpresivos rescates de su cosecha que dieron singularidad a la velada. Con algo de demora -Ciclonautas, sus compañeros navarros de disquera conectados con Marea y El Drogas se alargaron como teloneros-, arrancaron como ensemble casi camerístico con violín y clarinete una primera parte que subrayó la reconversión rockera y algo hippy y neosinfónica que el Robe solista concretó en su revalida 'Destrozares (19) de la que repescó un póker de temas ('Del tiempo perdido', 'Por encima del bien y del mal', 'Querré lo prohibido', 'Un suspiro acompasado').
Con un 'Gabon Danori' apeló al ¿quién? (vosotros) ¿dónde? (aquí) y ¿cuándo? (ahora) antes de entregarse al eléctrico crescendo progresivo que culminó en una iniciática 'Nana Cruel' que dio inicio a un acompañamiento coral del personal que ya no cesaría.
Los dos canciones nuevas incluídas en esta primera parte ('A la orilla del río', con cierto ramalazo de rock andaluz, y la filoheavy 'Ininteligible' que cerró el primer bloque) fueron casi tan celebradas como las 'viejas' del catálogo de Extremo adaptadas al nuevo enfoque sonoro de Iniesta: el 'No me calientes que me hundo' ('con el pene ensangrentado fue un adiós muy doloroso...', toma bestieza poética) y un 'Tango suicida' con deriva heavy porteña.
Antes del pactado parón de algo más de media hora, 'La dulce introducción al caos' de la extrema 'La ley Innata', marcó un primer hito de entrega coral que se elevó con el crescendo sonoro de ese gran sexteto híbrido de instrumentación rockera y neoclásica que, ensamblado con la guitarra y la personal rajo castúo de Tobe, sonó al tiempo atronador y delicado.
La esperada recreación del conceptual 'Mayéutica' durante una hora continuada fue un pandemonio de electricidad (folk) rockera, romanticismo transgresivo y versos existenciales celebrada y cantada con momentos de euforia. Su 'Interludio' elevó la temperatura para que el primero de sus cuatro movimientos 'Después de la catarsis' progresara con piano enfático como canción movedora que 'te eleva y te empuja'. 'Mierda de filosofía' atrapó al retumbante Bilbao Arena en un animal espiral romántica que a alguna fan incitó a 'bailar como una puta loca'.
Brilló Robe en su 'Un instante de luz' recordando la necesidad poética de transformar los pensamientos más extremos en instantes de fogosa luminosidad que, con cierto poso Rosendiano, Robe subrayó con ese deje castúo suyo que transmite cierta hondura aflamencada.
Con volumen brutal culminó el sonoro tocho festivo que fue el cuerpo conceptual de la velada derrotando el trotón heavy folk de Mago de Oz con el cuarto movimiento: 'Yo no soy el dueño de mis emociones' y una 'Coda feliz' que, alargada en directo, celebró los sueños cumplidos con algo del rockista pellizco andaluz de Medina Azahara.
De un lapso para tomar aire y aumentar la excitación concedió Robe a modo de bises tres escogidas repescas de fondo de armario de Extremo. Con 'A fuego' del crucial 'Yo, minoría absoluta' desató una traca final festiva que tocó techo con «Salir y su célebre estribillo (Salir, beber, el rollo de siempre, meterme mil rayas, hablar con la gente ..) para despedirse con su habitual cierre 'Ama, ama, ama y ensancha el alma' retitulado 'Maitatu, maitatu eta arima zabaldu' por un Robe que se despidió guitarra al hombro. Como sin darse importancia, quizás por estar ya habituado a que su ley obtenga la aprobación unánime por la vía directa.
Fue el broche a una velada de sensible bestieza rockera con la que, parafraseando uno de sus rescates de 'Destrozares', Robe volvió a situarse 'Por encima del bien y del mal' ante unos seguidores tan entregados como para esperar que pronto vuelva a ser cuando. O que la 'parada indefinida' que el de Plasencia ha anunciado tras 'cerrar el chiringuito' el 19 de noviembre en Madrid pueda propiciar una despedida final de Extremoduro a la que, con una demanda judicial, aún coleando por su espantada previa, Iniesta ha dicho no cerrar la puerta.
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