
El día que acabó el secuestro de Julio Iglesias Zamora
CALABOR: 40 AÑOS DE SUCESOS EN EL CORREO ·
Aquellas jornadas de 1993 fueron de mucha tensión, siempre atento al teléfono por el que iba a llegarme la noticiaSecciones
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CALABOR: 40 AÑOS DE SUCESOS EN EL CORREO ·
Aquellas jornadas de 1993 fueron de mucha tensión, siempre atento al teléfono por el que iba a llegarme la noticiaSiempre se dice que una de las mejores cosas de este oficio es que te permite vivir sucesos históricos en primera fila, y es verdad. Uno de los momentos que se me quedaron grabados fue el de la liberación de Julio Iglesias Zamora, el 29 de octubre de 1993, después de 116 días de secuestro. Desde el punto de vista de la sociedad vasca, no se trató de un secuestro más de ETA, porque fue el que dio lugar a las primeras movilizaciones masivas y al uso del lazo azul. De alguna manera, el ambiente había cambiado durante aquellos meses que el industrial guipuzcoano estuvo en poder de los terroristas, empezaron a aflorar muchas cosas que antes se escondían, y eso tenía una consecuencia profesional muy importante para nosotros: había que estar más que atento a cualquier noticia sobre su liberación.
Recuerdo que me tocó cubrir con el redactor Tito Pereda la búsqueda por el monte Adarra, en Gipuzkoa, que estaba tomado por la Guardia Civil. Se esperaba que lo encontrasen y habían prohibido hacer fotos dentro, pero nos las arreglamos para trabajar de extranjis. Yo andaba de aquí para allá con mi teléfono móvil de la época, el famoso Ericsson de cinco kilos que llevaba en el coche. Íbamos a comer con el teléfono de los cojones: colocábamos el armatoste encima de la mesa y parecíamos militares. El caso es que yo había conseguido un buen contacto, cercano a la familia, y había quedado en que me avisase en cuanto hubiese alguna novedad: el número que le había dado era el de ese teléfono, así que no podía dejarlo ni a sol ni a sombra, ni de día ni de noche, nunca. Por la noche me lo llevaba a casa, claro. Le tenía mucho cariño a aquel teléfono, que me sacó de tantos apuros y me facilitó tanto el trabajo, pero la verdad es que aquella temporada acabé un poco harto de él.
Al final, la noticia me pilló en la redacción, en Pintor Losada. Serían alrededor de las diez de la noche de aquel 29 de octubre cuando el contacto llamó a mi teléfono, para decirme que acababan de liberar a Julio. Era una hora criminal, porque ya se estaba cerrando la edición del día, pero le conté lo que pasaba al director, que en aquel tiempo era José Antonio Zarzalejos, y lógicamente quedamos en esperar. Me fui a todo correr con el coche y estoy convencido de que me crucé por la autopista con el propio Julio Iglesias Zamora, que, en cuanto lo liberaron, cogió un taxi y se fue a su casa, en Donosti. Era de noche, la rotativa continuaba parada y la noticia seguía sin saltar a los medios. «Pero... ¿estás seguro?», me preguntaban desde redacción, un poco mosqueados ya. Y yo que sí, que sí, que seguro. Y al rato otra vez, porque ya no eran horas.
Al final se corrió la noticia y nos acabamos juntando unos cuantos periodistas delante de su casa. Empezamos a gritar su nombre, «¡Julio, Julio!», y el hombre se asomó a la ventana y pudimos hacerle las fotos. Todavía me quedaba volver a Bilbao, porque en aquellos tiempos aún había que revelar los carretes. Y, hasta que lo hacías, ni siquiera sabías cómo había quedado la foto. Las rotativas empezaron a trabajar bastante tarde aquella madrugada, pero mereció la pena: de hecho, la empresa me mandó una carta de felicitación y me dio un plus por el trabajo de aquella noche. Les ahorré un dinero, porque si no, con una noticia de ese calibre, habrían tenido que echar a la basura la tirada entera y empezar de nuevo.
Al día siguiente, por la mañana, volví a San Sebastián para hacer guardia delante de la casa de Julio Iglesias Zamora. Fui con el compañero fotógrafo José Luis Nocito y allí nos organizamos: él se colocó delante de la puerta, donde se había reunido un montonazo de periodistas, y yo me quedé en el coche. La idea era que, si el 'objetivo' salía, Nocito se viniese corriendo a donde esperaba yo. Y así ocurrió: Julio se marchó en coche, acompañado por dos vehículos camuflados de la Policía Nacional, y ahí nos fuimos nosotros detrás. Los fuimos siguiendo por Donosti, no sabíamos ya ni dónde estábamos, y acabamos entrando detrás de ellos en un párking. Se metieron en un ascensor y nosotros, con ellos: eran otros tiempos y te ponían menos pegas para todo.
-Somos de EL CORREO -le dijimos.
-Pues muy bien.
-Oiga, ¿dónde estamos?
-En el hospital, me van a hacer un reconocimiento médico.
Otras entregas
Fuimos los únicos periodistas que hablamos con él en toda la mañana. Un poco más y acabamos metiéndonos en el reconocimiento. De hecho, se me ve al lado del protagonista en una de las fotos que sacó Nocito: aquello sí que fue estar en primera fila, quizá demasiado.
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