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Ni la crisis económica ni la gravedad de la situación sanitaria han conseguido paralizar el sector. A pesar del cierre de las clínicas durante los meses de confinamiento, la demanda de cirugía estética se mantuvo en España el pasado año con cerca de 400.000 intervenciones e incluso registró un aumento del 30 por ciento en algunos procedimientos como la blefaroplastia o cirugía de párpados.
A pesar de las restricciones y de la crisis, se gastaron —o se invirtieron, según quién lo cuente— 2.600 millones de euros en tratamientos estéticos.
¿Los responsables? Las mascarillas, que han centrado el foco de atención en los ojos, y las videollamadas, «que nos han hecho más conscientes de nuestro rostro y han dejado más visibles aspectos a los que antes no se prestaba atención. En nuestra consulta recibimos el mensaje de una mayor insatisfacción con el aspecto físico por haber pasado tantas horas delante de la pantalla», explica Rosa Molina, psiquiatra del Hospital Clínico de Madrid. Y el fenómeno continúa. «Aunque por el miedo al virus hay usuarios que han dejado de ir a las consultas —explica el cirujano Francisco Gómez Bravo, presidente de la Asociación Española de Cirugía Estética Plástica—, la demanda ha aumentado un 10 por ciento con respecto a la época pre-COVID».
El teletrabajo y las facilidades que ha supuesto para la convalecencia han sido determinantes. «La comodidad de completar el posoperatorio en casa sin tener que dar explicaciones en el trabajo ha hecho que muchos pacientes se animaran a operarse durante este último año», asegura el cirujano estético Javier de Benito. La reducción de las salidas sociales o el ahorro por la restricción de otros gastos como los viajes también han influido. Y, por supuesto, mucho carpe diem: «La gente tiene ganas de aprovechar el momento y de vivir. Hay muchos pacientes que me han dicho que esta pandemia les ha hecho pensar que la vida es un regalo y que nunca se sabe lo que puede pasar, así que prefieren invertir ahora en sí mismos», mantiene De Benito.
Pero, cuidado, avisan los médicos, «la COVID-19 ha causado una avalancha de pacientes que acuden a la medicina estética para solucionar lo que se ha denominado 'dismorfia de Zoom'», sostiene Gómez Bravo.
El concepto fue acuñado por el Departamento de Dermatología del Hospital General de Massachusetts en Boston en un estudio publicado en International Journal of Women's Dermatology sobre el aumento de las consultas durante la pandemia. Sus autores hablan del trastorno de muchas personas que recurren a los procedimientos estéticos para mejorar su apariencia en las videollamadas. «Antes de la pandemia, los pacientes se presentaban a sus médicos estéticos con la esperanza de parecerse a sus selfis con filtros como los de Snapchat. Ahora hemos entrado en una era en la que las personas se ven obligadas a enfrentarse a una interpretación distorsionada y a menudo poco halagadora de sí mismas, tras pasar muchas horas al día observándose a través de Zoom», explican.
Pero es que, además, todo esto ocurre bajo una enorme trampa. El doctor Gómez Bravo lo aclara: «Las cámaras, por la perspectiva de la lente, deforman mínima pero notablemente los rostros con efectos poco favorecedores que generan autorrechazo. Esto, sumado al tiempo invertido en las redes sociales observando fotos editadas, ha llevado a comparaciones insanas que no reflejan sino una realidad distorsionada».
Los dermatólogos encuestados en el estudio del Hospital de Massachusetts añaden un aspecto aún más preocupante referente a la salud mental, ya que los dermatólogos informaron de que un 82,7 por ciento de sus pacientes se sentían más disgustados que nunca con su apariencia: «Las videollamadas hacen que los usuarios se vean a sí mismos al hablar y reaccionar ante los demás. Esto puede hacer que una persona note líneas de expresión y arrugas que no ve cuando se mira en el espejo. Además, el reflejo de uno mismo se muestra al lado de otros participantes de la llamada, lo que permite una fácil comparación y autoevaluación».
«Si durante los años setenta y ochenta fueron las actrices las que marcaron tendencia en cuanto a la estética femenina, ahora son las influencers las nuevas trendsetters», aseguran desde la Asociación Española de Cirugía Estética Plástica. A lo que el cirujano Javier de Benito añade: «El problema es que todo ese mundo de influencers provoca que la gente joven no tenga un criterio real sobre su propia imagen y lleguen a nuestra consulta jóvenes de veintipocos años que ya quieren bótox o rellenos con ácido hialurónico porque la chica a la que siguen en redes sociales se lo ha puesto. Y eso sí es un drama». Y los datos lo corroboran: según la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética, una de cada diez personas que se somete a alguna intervención de cirugía estética lo hace influida por lo que ve en sus propios selfis o los filtros de las redes sociales.
La psiquiatra Rosa Molina lo quiere dejar claro: «Los adolescentes son la población con mayor riesgo porque necesitan la aceptación del grupo. Estamos en una época donde se da mucha importancia al aspecto físico y pueden someterse a intervenciones, como unos labios más grandes, solo porque está de moda. El problema es que si haces caso a los cánones vives constantemente insatisfecho. Debemos descartar esa falsa idea de que mejorar la imagen va a conseguir mejorar también la autoestima porque, si no, no existiría la psicología: lo tendríamos todo arreglado con la estética. ¿Y cuánta gente guapa no conocemos que también tiene baja la autoestima?».
¿Podemos llegar a hablar de un problema de adicción a la cirugía estética? «A mí esto me recuerda al 'efecto Diderot', que se aplica a las compras —explica la psiquiatra—. De repente, quiero unas zapatillas nuevas, pero, al verme con ellas, me doy cuenta de que el resto de la ropa parece vieja y me entra la necesidad de comprarme también una camiseta y unos pantalones nuevos. Algo así podría pasar con la estética: una vez que pones solución a un problema, te surgen otros en los que no te habías fijado porque estabas centrado en el primero».
El experto en adicciones y salud mental Xavier Fábregas habla también de esa tentación de 'hacerse algo más': «El problema es que muchos consideran que someterse a operaciones estéticas sucesivas es algo natural y, por tanto, no quieren tratarse y no llegan a nuestras consultas. ¿Cuándo se consideraría adicción? Cuando terminan gastándose más dinero del que tienen o dejan de hacer otras cosas más importantes para operarse». Un dato significativo es que el 60 por ciento de los pacientes financia con créditos las intervenciones estéticas.
Hay países que ya han decidido atajar el asunto y poner límites a esos estereotipos de belleza irreal. En Noruega, el Ministerio de Infancia e Igualdad ha aprobado una ley que obligará a las influencers y a las marcas a incluir una etiqueta que señale si las fotografías que suben a las redes han sido retocadas. Con esta medida, el país nórdico se suma a la campaña que ya inició en enero el Reino Unido cuando la Advertising Standarts Authority, el organismo de autocontrol publicitario del país, censuró el anuncio de dos marcas de productos de maquillaje al entender que las dos influencers que las estaban publicitando habían exagerado el uso de los filtros y, por tanto, los resultados.
Las mujeres siguen siendo el 85 por ciento de los clientes de la medicina estética. Y cada vez son más jóvenes: la media de iniciación ha bajado de los 35 años a los 20.
Los hombres son el 15 por ciento de los clientes, pero se estima que el mercado mundial masculino va a crecer un 7 por ciento anual. Ojeras, papada, orejas... y cada vez más buscan lucir abdominales sin pasar por el gimnasio.