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Rupert Everett La estrella de Hollywood sin pelos en la lengua «En este negocio debes estar dispuesto a bajarte los pantalones, como hacen todos»

Cree que el príncipe Enrique está mal de la cabeza. Quiere ganar un Oscar, que el rey lo nombre 'lord' y hacer papeles de hombre decrépito. A sus 63 años, Everett ha dejado las drogas y la cirugía plástica, pero sigue sin tener pelos en la lengua. Puedes comprobarlo en esta entrevista.

Viernes, 17 de Febrero 2023, 10:00h

Tiempo de lectura: 8 min

Y si vamos a la cama...?», me invita de pronto. Pensaba que Rupert Everett no iba a decidirse nunca, que nunca iba a proponérmelo. Pero el actor de 63 años realmente no está invitándome a yacer en su espléndida cama con dosel, sino que apunta: «Necesito tumbarme un momento».

Estoy en su casa de Londres y Everett está resfriado. «No es el coronavirus, ojo», asegura mientras pasamos delante de Enrique, su pareja desde hace 15 años. Subimos al dormitorio, completamente pintado de negro. «Un color muy relajante», dice. Se tumba en la cama y yo me siento en una silla al lado, como si fuera su psicoanalista.

El actor ya no se hace los «tratamientos faciales de vampiro» (inyecciones con plaquetas de tu propia sangre para favorecer el crecimiento de nuevas células) y ha dejado de teñirse y de rellenarse los «conductos para babear» (las arrugas prolongación de las comisuras de los labios hacia abajo). «Llegados a cierto punto, más te vale ir a por todas...», explica. Con un gesto, remeda el tajo del bisturí en su cuello. «Pero tengo pavor a las operaciones. Así que me resigno con lo que hay».

"Desde César y Cleopatra no ha habido un encoñamiento más desastroso que el del príncipe Enrique y Meghan"

«Pero, ojo –agrega–, ahora quiero interpretar papeles de anciano de 90 años, de patriarca a lo rey Lear. Me encanta hacer de alguien aún más decrépito que yo». Y los papeles de decrépito se le dan bien. Así lo confirma Funny woman, la nueva serie de Sky, donde interpreta a un resuelto representante artístico. Tan brillante es su interpretación que cabe preguntarse si Everett está en el momento álgido de su carrera. «Obviamente, me gustaría ganar el Oscar –apunta–. Estas cosas me encantan. Me gustaría que me nombraran lord, sir Rupert Everett. Y el Oscar. ¡Lo quiero todo!».

Ambientada en el Londres de los sesenta, Funny woman es la historia de Barbara Parker (Gemma Arterton): una provinciana que gana un concurso de belleza, lidia con el machismo de su tiempo y llega a estrella de la comedia. «Los hombres siempre se han creído por encima de las mujeres, que podían hacer lo que les diera la gana con ellas. Ahora, en cambio, el hombre le tiene terror a la mujer». Se ríe, comprende que sus palabras pueden ser malinterpretadas y añade: «Es que las mujeres siempre han temido a los hombres, así que...».

Famoso por su desdén hacia lo políticamente correcto, en su primer libro de memorias, Red carpets and other banana skins ('Alfombras rojas y otras pieles de plátano', 2006), muchos figurones de relumbrón salieron malparados. Los críticos lo pusieron por las nubes, comparándolo con Evelyn Waugh y con Lord Byron. Los dos volúmenes posteriores también fueron bien recibidos, y el actor está escribiendo el cuarto.

Monárquico que adoraba a la reina, Everett ofrece opiniones tajantes sobre el nuevo embrollo real a cuenta de la autobiografía del príncipe Enrique. En particular, sobre el documental de Netflix sobre Enrique y Meghan. «Ella es mejor actriz de lo que pensaba –observa–. Pero, en lo tocante al libro, me ha hecho cambiar de opinión. Antes estaba furioso, ahora solo triste. Enrique me da lástima. Siempre mecayó bien y sigo mirándolo con simpatía. Yo creo que está mal de la cabeza y que nadie está dándole buenos consejos». ¿Y ahora qué va a pasar con los Sussex? Everett se limita a comentar: «La verdad, no ha habido un encoñamiento más desastroso desde César y Cleopatra».

La virginidad del principe Enrique

En sus ojos aparece un brillo malicioso. «Por cierto, sé quién es la mujer con la que Enrique perdió la virginidad. En contra de lo que dice en sus memorias, no sucedió en la parte trasera de un pub. Ni siquiera pasó en este país». ¿Y quién es esa mujer? «Yo solo digo que sé lo que pasó». Porque a ella la conoce personalmente, ¿es eso? «Eso es», confirma Everett, sonriente como el gato de Alicia en el país de las maravillas.

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El estallido de una generación. Despuntó en el teatro con 22 años gracias a Another country. Éxito total en el West End londinense, la obra también fue el trampolín para los otros tres grandes actores británicos de su generación: Kenneth Branagh, Daniel Day-Lewis y Colin Firth. Poco después, Everett protagonizó la adaptación al cine (Memorias de un espía, en España) y se convirtió en estrella./ AGE

Sobre el mundo de la actuación, considera que la industria se ha puesto las pilas. «Hace poco me ofrecieron un papel muy bueno de 'hetero' en una serie, cosa impensable antes». Pero otros 'avances' del mundillo lo dejan con la boca abierta. Como los «directores de intimidad», contratados para salvaguardar a los actores en las escenas de sexo. Recuerda que, en un rodaje reciente, «el director de intimidad vociferaba por el megáfono: '¡Ahora puedes agacharte y agarrarlo por el paquete!' [se troncha]. Será que estoy muy mayor para entender estas cosas. A mí no, nunca me ha gustado besuquearme con alguien delante de la cámara, más que nada por los sonidos –explica, remedando unos sorbetones–. Pero las secuencias de sexo sí que me gustan».

Se acuerda de una con Sharon Stone en Tercera identidad. «Puedes pasarte una hora desnudo entre sus piernas, a la espera y charlando de tonterías, mientras alguien toma medidas y otros ajustan la iluminación». Se encoge de hombros. «Es una parte fascinante de mi trabajo. Recuerdo que Sharon de pronto dijo: '¿Sabes lo que le digo a un hombre cuando me está follando? Que me mire a los ojos y vaya moviéndose lento, muy lento'. Siempre lo he pasado bien al rodar escenas de este tipo».

Hijo de un mayor del Ejército que sirvió en el regimiento comandado por el duque de Edimburgo, Everett se educó en la fe católica. Estudió con los monjes benedictinos, donde le encantaba hacer de niña en las funciones escolares. El joven Rupert 'salió del armario' una y otra vez ante los ojos de su madre. «Me vestía de chica los fines de semana e iba a ver partidos de rugby fingiendo ser la hermana de algún jugador», pero ella siempre le respondía lo mismo: «Yo creo que con el tiempo te darás cuenta de que no eres como crees ser».

¿Y si entonces hubieran existido medicamentos bloqueadores de la pubertad? «Seguro que los habría tomado», asegura. Pero todo «explotó de golpe» cuando se fue a vivir a Londres con 15 años.

"Me gusta rodar escenas de sexo. Estar desnudo con Sharon Stone es fascinante. Me dijo: 'A los hombres les pido que me miren a los ojos y vayan lento, muy lento'"

Vivir en Londres le permitió abrazar su sexualidad. Salía de fiesta cada noche y se metía en el cuerpo casi cualquier droga que hubiera a mano. Y entonces, a los 22 años, le llegó la oportunidad de interpretar a un colegial gay en Another country, obra a la que se irían sumando otros tres desconocidos llamados Kenneth Branagh, Daniel Day-Lewis y Colin Firth. La obra fue un bombazo en el West End londinense y terminó convertida en la película Memorias de un espía.

Cuando llegó, el éxito resultó ser la mejor de las drogas. Se hizo amigo íntimo de Madonna, con quien apareció en la comedia romántica Algo casi perfecto (2000). La amistad se enfrió cuando Rupert escribió en sus memorias que la cantante le recordaba a «una de esas viejas camareras que siempre están quejándose».

Tengo la impresión de que Everett siempre se propuso ser un verso suelto en Hollywood, pero el actor lo niega. «Me moría de ganas de formar parte de todo el tinglado». La expresión se le ilumina al recordar la vez que iba conduciendo por Sunset Boulevard durante su primera visita a la ciudad para promocionar Memorias de un espía. «Un coche se detuvo a mi lado y un hombre gritó por la ventanilla: '¡Me ha gustado mucho tu trabajo en esa película!'». Era Sean Penn.

Everett se sintió tan eufórico «y tan ansioso de hacer contactos» que llamó al representante de Penn. Los dos acabaron en casa de Warren Beatty esa misma noche. «La fiesta estaba llena de jóvenes actores convencidos de que iban a comerse el mundo. Y yo no sabía ser como ellos. Era como el doctor Jekyll y Mister Hyde. Podía ser divertido, pero también tímido. Por lo que fuera, no terminaba de encajar. Y mira que ansiaba encajar y disfrutaba del éxito como un enano –recuerda nostálgico–. En estos momentos de la vida, todo el mundo te ofrece trabajo y puedes permitirte ser magnánimo con todos. Vives en una nube».

Morir mil veces en Hollywood

La boda de mi mejor amigo, donde hacía de jocoso gay íntimo de Julia Roberts, lo convirtió en estrella. Everett, sin embargo, asegura que no esconder su condición sexual casi acabó con su carrera en Hollywood. «Tras La boda de mi mejor amigo pasé años sin hacer otra cosa que buscar trabajo

–dice encogiéndose de hombros–. El show business no es para blandengues. Has de blindarte porque te matan una y mil veces –añade y hace una pausa–. A veces he tenido la impresión de ser un fantasma. Porque la gente ni te mira. Y has de estar más que dispuesto a bajarte los pantalones, como hacen todos. Voy a seguir haciéndolo hasta que me muera de un infarto a los 85 años mientras voy en el autobús al teatro. Porque lo único que cuenta es la obra que hiciste la semana anterior».

Vuelve a expresarse con contundencia y me regala opiniones sobre esto y aquello: el problema con las universidades británicas, la cultura de la cancelación… «La solución a todos los problemas de nuestro país consiste en mejorar la educación. Y políticos como Jeremy Corbyn decían que lo que había que hacer era abolir los colegios de élite como Eton… ¡Eton tendría que ser el modelo educativo! También creo que los que dirigen las universidades británicas son unos mierdas y unos incompetentes. Y han dejado que toda esa demencial ideología de la corrección política y la cultura de la cancelación se haga con las aulas, calladitos y sin rechistar. Es escandaloso».

"Como ese grotesco fantoche de Boris Johnson vuelva a hacerse con el poder, me voy del país"

Ante su monólogo, le pregunto si ha pensado en presentarse como candidato del Partido Conservador, en horas muy bajas estos días. «Eso nunca. Pero, como ese grotesco fantoche de Boris Johnson vuelva a hacerse con el poder, me voy del país». Sería una lástima, indico, pues da la impresión de estar disfrutando de un muy buen momento en la vida.

Enrique y él pasan la mayor parte del tiempo en su finca rural en el condado de Wiltshire. «Ahora soy como un recluso. He dejado de estar loco por la fiesta». Estornuda con fuerza y agrega: «Tampoco me he hecho abstemio, ojo. Lo que no toco son las drogas. A mi edad empiezas a preocuparte por el cerebro».

¿Everett ha pensado en la posibilidad de casarse? «Siempre he pensado que el matrimonio resulta peligroso –indica–. Te queda la Polaroid del día de tu boda, pero luego te pasas la vida haciendo comparaciones con lo que sentías en aquella jornada. Por otro lado, es verdad que a veces me ilusiona la idea de casarme sin alharacas: yo, Enrique y el cura en la iglesia del pueblo. Pero, claro, eso no va a pasar, porque resulta que soy gay».


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