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Frank Vandenbroucke.
Vandenbroucke escribe su esquela
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Vandenbroucke escribe su esquela

El ganador de la Lieja-Bastogne-Lieja 1999 publica 'No soy Dios', una autobiografía donde relata su descenso al mundo de las drogas, sus problemas sentimentales y sus intentos de suicidio

J. GÓMEZ PEÑA

Domingo, 20 de abril 2008, 05:11

El descenso empieza siempre con un 'subidón'. La biografía de Frank Vandenbroucke es una pompa de jabón. Hincharse hasta reventar. Acaba de publicarla bajo el título: 'No soy Dios'. En una de las 342 páginas cuenta aquel primer 'subidón', la escalera inicial hacia la deriva, el dopaje, la drogodependencia, el psiquiátrico y las tentativas de suicidio. «La primera pastilla me la ofreció Gaumont». Otro ciclista del Cofidis de 1998, del año del 'caso Festina', del inicio de la década suicida de este deporte. Gaumont era su amigo de entrenamientos y también de fármacos. Aquella píldora era de 'stilnoct', un somnífero. Una tentación. Vandenbroucke pronunció la sentencia: 'Sí, dame'. Siguió el consejo de su mentor y la mezcló con alcohol. Ahí vino el 'subidón'. La alucinación. La euforia. Sentirse todopoderoso. Diez años después, un título desmiente aquella sensación: 'No soy Dios'.

«Pronto, las pastillas se convirtieron en una rutina», cuenta. Una tras otra. En cadena. Encadenado. A los somníferos les acompañaron las anfetaminas, el 'valium'. Sustancias para la noche y 'dopantes' para las carretera. «Yo también he tomado EPO», confiesa. La gasolina extra de la época. Combustible para su incendio interior. En 1999 fue detenido por primera vez. El segundo arresto llegó en 2002. La policía belga detuvo en una autopista de Gante a Bernard Sainz, alias 'doctor Mabuse', un 'curandero' de deportistas y preparador de caballos. El maletero de su coche era un mercadillo de hormonas, EPO y clembuterol. «Todo es para Frank», acusó 'Mabuse'. Cuando los agentes acudieron al domicilio de Vandenbroucke, el ciclista también acusó: «El clembuterol es para mi perro». Era el adiós para un ciclista al que la prensa francesa había calificado de «providencial». Un ángel. El vencedor de la Lieja-Bastogne-Lieja de 1999. El campeón que noqueó a todo un pelotón en la etapa de Ávila, en la Vuelta a España de aquella temporada. «Ganaré un Tour», dijo con veinte años. Le creyeron. Palabra de dios. Y no lo era.

Por una noche de amor

Cuando la euforia, Vandenbroucke dejó a Clotilde, su novia de siempre, y a su hija recién nacida. Víctima de otra cadena. Sentimental. «Fue un flechazo», alega. Lanzado desde la mirada italiana de Sara, una de las azafatas del equipo Saeco en la Vuelta 1999. «Primero le prometí una victoria de etapa por un beso. Luego, por una noche de amor». Motivación extra para subir como nadie por el empedrado de la muralla de Ávila. Aquel día lo ganó todo: la etapa por la tarde y a Sara por la noche. Luego vino Margaux, su segunda hija. Y luego, la caída. Más drogas, más broncas. «Cuando está con Sara, se pelean; cuando no están juntos, lloran», relató el padre del corredor justo después del primer intento de suicidio de su hijo.

Ya había pasado por el psiquiátrico, por la desintoxicación. Pero en agosto de 2005 se quedó sin caminos de vuelta. Separado de Sara y alejado de Margaux. Solo. «Fui a buscar una botella (de vino), la más cara de mi bodega (2.000 euros). Un 'Chateau Petrus 1961. Había consultado con un médico y sabía que con un fuerte dosis de insulina...». El telón. El último 'subidón'. Escribió una carta de despedida. Así decía: «Es la mejor solución. No quiero autopsia. No dejéis que los médicos me abran en dos. Al fin, libre». Su madre le encontró a tiempo. Sobre la cama, vestido con el maillot de campeón del mundo. Un campeón abatido. No un dios.

Ayer, su actual equipo, el Mitsubishi, le despidió. «No se ha recuperado de su separación matrimonial ni de sus otros problemas», argumentaron. Otro capítulo más para la misma biografía.

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