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Litografía que representa a Catalina de Erauso, la llamada Monja Alférez.
Catalina de Erauso, la 'monja alférez'

Catalina de Erauso, la 'monja alférez'

Tiempo de Historias ·

Una muestra en Azkuna Zentroa recupera la memoria de Catalina de Erauso, soldado 'trans' y personaje excepcional del Siglo de Oro

Julio Arrieta

Viernes, 21 de enero 2022

Azkuna Zentroa abrirá su temporada expositiva el 11 de marzo con 'Una voz para Erauso. Epílogo para un tiempo trans', una muestra de Cabello/Carceller (Helena Cabello y Ana Carceller) que recupera la figura 'queer' de Catalina de Erauso. Conocida como la Monja Alférez, es uno de los personajes más curiosos del Siglo de Oro, con una vida tan excepcional que hasta su existencia se ha llegado a poner en duda.

«Es una doncella de unos 35 o 40 años. Alta y recia de talle, de apariencia masculina, no tiene más pecho que una niña. Me dijo que había empleado no sé qué remedio para hacerlo desaparecer. De cara no es muy fea, pero bastante ajada por los años. Su aspecto es más bien el de un eunuco que el de una mujer. Viste de hombre, a la española; lleva la espada tan bravamente como la vida y la cabeza un poco baja, metida en los hombros, que son demasiado altos. En suma, más tiene el aspecto bizarro de un soldado que el de un cortesano galante». Así describió Pedro del Valle a Catalina de Erauso en una carta fechada en Roma el 11 de julio de 1626. En esa época ella ya era un personaje famoso.

Porque conoció la celebridad. Incluso se le dedicó una obra de teatro, 'Comedia famosa de la monja alférez', escrita por Juan Pérez de Montalván en 1625. Sin embargo, la documentación existente sobre el personaje es equívoca y contradictoria. Ni siquiera se sabe muy bien cuándo nació. Fue en San Sebastián, en 1592, según su fe de bautismo, o en 1585, si nos fiamos de su muy cuestionada autobiografía, 'Historia de la Monja Alférez, doña Catalina de Erauso', escrita en 1624.

Pendenciera

Mató a su propio hermano, Miguel de Erauso, en un duelo al que ambos habían llegado como padrinos

Tras huir a los 15 años del convento en el que había sido recluida y vivir varias aventuras en España, Catalina pasó a América en 1603, como grumete en un galeón. Allí no dudó en robar 500 pesos a un tío suyo como primer episodio de una vida plagada de riñas, peleas y estocadas que la llevaron a acabar con la soga al cuello. Literalmente, porque en una ocasión estuvo a punto de ser ahorcada.

Con el nombre de Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, Catalina se alistó para combatir contra los araucanos, en Chile. Entre 1608 y 1612, destacó por su temeridad y violencia en varias batallas. Como soldado, no se andaba con paños calientes: «Me topé con un capitán de indios, ya cristiano, llamado don Francisco Quispiguacha, hombre rico, que nos traía bien inquietos con varias alarmas que nos tocó, y batallando con él, lo derribé del caballo y se me rindió. Yo lo hice al punto colgar de un árbol, cosa que después sintió el gobernador, que deseaba tenerlo vivo». Obtuvo el grado de alférez por recuperar la bandera de su compañía, que había sido arrebatada por los indios. Como ella misma contó, en esa época «comía, bebía y dormía siempre con las armas en la mano». En una de sus numerosas pendencias mató a su propio hermano, Miguel de Erauso, en un duelo al que ambos habían llegado como padrinos.

Herida en otra pelea y para evitar ser ejecutada, Catalina confesó que era mujer ante el obispo de Ayacucho, Agustín de Carvajal. Éste la hizo reconocer por dos matronas de confianza que certificaron que decía la verdad. Su entrada en un convento de clarisas, ordenada por el prelado, atrajo a miles de curiosos que rodearon el edificio. Fue trasladada al convento de la Santísima Trinidad de Lima, donde permaneció dos años y medio.Regresó a España a finales de 1624.

Era tan célebre que tenía que esconderse de la muchedumbre. En Madrid, solicitó y se le concedió una pensión de 800 escudos, pero tuvo que acudir a Roma para lograr que se le permitiera vivir como un hombre. «Besé el pie a la Santidad de Urbano VIII, y referile en breve y lo mejor que supe mi vida y correrías, mi sexo y virginidad. Mostró Su Santidad extrañar tal cosa, y con afabilidad me concedió licencia para proseguir mi vida en hábito de hombre, encargándome la prosecución honesta en adelante y la abstinencia de ofender al prójimo».

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