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sara borondo
Martes, 22 de diciembre 2020, 18:21
Corría abril y aún no se veía el final de primera ola de la COVID-19 cuando el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se dirigió en el Congreso de los Diputados a Santiago Abascal, líder de Vox: «Señor Abascal, quiero dirigirme a usted y a los millares de bots que trabajan para usted en las redes sociales». La frase fue muy comentada y hacía referencia a cómo se difundían a través de WhatsApp, Twitter, Instagram o Facebook los mensajes que el partido de extrema derecha lanzaba contra el gobierno.
Gobiernos de todas las épocas han utilizado la desinformación (aquella información falsa que se difunde de manera intencionada) para inclinar en una dirección determinada a la opinión pública o hacer creer que existe una preocupación en la sociedad que en realidad no es tal. Los medios de comunicación y el boca a boca han sido métodos utilizados en el pasado que se basaban primero en el boca a boca, luego en la credibilidad que tenían los periódicos y, más adelante, la televisión o la radio. Actualmente, los creadores de bulos utilizan para difundirlos la confianza que se deposita en internet («si está en internet es porque es cierto»), los servicios de mensajería instantánea («si me lo envía mi primo, es verdad») o las redes sociales («si aparece en el perfil del usuario X en el que confío, no puede ser mentira»).
Desde que comenzó la pandemia de COVID-19 la desinformación en las redes ha crecido sobremanera: webs como Maldito Bulo han detectado más de 800 mentiras y alertas falsas sobre el coronavirus. Las redes sociales nunca han sido el entorno más indicado para iniciar un diálogo enriquecedor, sino que se busca la reacción fácil, emocional y rápida. En estos casos el ser humano tiende a apoyar aquellas afirmaciones que lo refuerzan en sus creencias, lo que se ha agudizado en los últimos meses: el entorno de las redes sociales es mucho más hostil para expresar cualquier opinión. Mari Luz Congosto, investigadora del Departamento de Telemática de la Escuela Politécnica Superior de la Universidad Carlos III y una de las analistas más destacadas de los bulos y perfiles falsos en las redes sociales, señala que el espíritu crítico es escaso, pese a que existe la percepción de que mucha información que circula por las redes sociales es falsa, «las posturas se han radicalizado. De hecho, que te llamen equidistante es un insulto en redes sociales. En este entorno es fácil dejarse llevar por el sesgo de confirmación y participar en la difusión de bulos. Se suele ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio», afirma.
Según la encuesta 'Homo Digitalis: Los riesgos del uso de la tecnología en la vida cotidiana' elaborada por Línea Directa Aseguradora, el 70% de los españoles reconoce que se ha creído alguna vez un bulo que ha visto en las redes sociales o le ha llegado por WhatsApp. En lo que respecta a los partidos políticos, una de las mentiras más graves quizás fuera hacer pasar por real un montaje de la Gran Vía madrileña llena de ataúdes que publicó el perfil de Vox en Twitter en aquellos oscuros días de abril. Son los tiempos de la 'postverdad', un eufemismo utilizado que hace referencia a la distorsión de la realidad ignorando la verdad para apelar a las emociones, lo que viene siendo propaganda o manipulación de la realidad. Las distintas corrientes ideológicas utilizan las redes sociales para desinformar y crear corrientes de opinión con distintas herramientas. En ocasiones utilizan granjas de bots: perfiles conectados en red que interactúan de forma automatizada y que sirven, entre otras muchas cosas, como cámara de resonancia a un hashtag (una etiqueta que se utiliza en la mayoría de redes sociales y sirve para detectar qué temas son más populares en cada momento).
Otras veces son equipos formados por personas que controlan numerosos perfiles que sirven para lanzar un bulo. Tras la creación de la cuenta, se la suele engordar siguiendo a otros perfiles y logrando seguidores, normalmente a base de ofrecer contenido de tipo sexual. En el momento en que se desea activar la cuenta para que difunda un bulo, solo hay que cambiar su nombre y lanzar la mentira. Otros usuarios afines a la ideología o los bots se encargarán de que la bola ruede y se haga grande. En ocasiones incluso puede que sean quienes piensan de forma contraria los que contribuyan a extender el bulo; aunque sea para criticarlo, porque en las redes sociales lo que cuenta es el movimiento de un perfil. De ahí que lo mejor para frenar las mentiras sea ignorarlas.
En otras ocasiones, es alguna figura conocida quien comienza la difusión de la desinformación aprovechando el impulso de todos sus seguidores. El todavía presidente de EE.UU. Donald Trump insistió en numerosas ocasiones en Twitter que era él el ganador de las elecciones celebradas hace unas semanas en el país americano. Según un sondeo de la universidad Monmouth, logró que el 77% de sus partidarios creyeran que la victoria del demócrata Joseph Biden se debía a un fraude, pese a que las evidencias indican que no es cierto. La red social intervino finalmente y añadió decenas de advertencias a otros tantos tweets de Trump indicando que podía tratarse de información falsa.
Pese a la notoriedad de Trump, es poco habitual que sean los propios políticos quienes lancen el bulo. Congosto explica que los perfiles de políticos «están especialmente vigilados por la ciudadanía y cuando publican información falsa, rápidamente se desmiente. Lamentablemente, aunque haya sido desmentida una información, no todos los políticos borran los tweets dónde han publicado el bulo. Es especialmente grave que los políticos incurran en estas prácticas ya que ellos deberían dar ejemplo y es una falta de respeto hacia los ciudadanos que les han votado».
1/ Me llegó por @JoseAGzlez una sugerencia para ver por qué era TT una noticia de unos papeles desclasificados de la CIA hace varios años sobre los GAL y FG https://t.co/3mUuiggt76.
Mariluz Congosto (@congosto) June 16, 2020
Aquí cuento lo que he encontrado en este hilo 🧵👇
La desinformación se difunde a través de todas las redes sociales, pero su detección no es igual en ellas. La mayoría de los bulos, informa Congosto, circulan por WhatsApp y Facebook, pero como ahí la información es privada, los investigadores y detectores de mentiras no pueden acceder a ella y, por tanto, no es posible analizar cómo se propagan, «solo podemos ver lo que ocurre en Twitter, los canales Telegram e Instagram. Esto nos da una visión parcial de los bulos que se están difundiendo porque no todos ellos saltan a otras redes sociales que tienen información pública», informa la investigadora.
Congosto confirma que todos los partidos intentan manipular las redes sociales: «La desinformación no solo son mentiras, pueden ser medias verdades o información sesgada. La gestión del social media de los partidos incluye a profesionales de comunicación especializados en distintas áreas, incluidas la amplificación artificial y el troleo. Lo que varía es la inversión en estas actividades, su organización y estilo. A esto hay que añadir el activismo que se suele dar en las posiciones más radicales. Los partidos más radicales son los que organizan campañas más frecuentes, mientras que los demás centran esfuerzos en las campañas electorales», dice.
La investigadora analiza con precisión casi quirúrgica cómo se generan los hashtags y los visualiza en unos gráficos llamados 'grafos', que permiten estudiar la evolución de un TT y discernir cuándo una información falsa es un bulo más o si se trata de una campaña organizada para desacreditar a un partido o atacar directamente a una persona. Congosto ha demostrado en varias ocasiones con sus análisis que los bulos suelen tener una vida corta y en unas horas decaen los tuits que les dan pábulo, pero son gotas que van crispando la opinión pública o crean la sensación artificial de que hay algún tema que preocupa a los ciudadanos.
Los análisis que realizan investigadores como Congosto permiten saber si un TT surge de forma natural: «Analizando los perfiles más activos en ciertos hashtags aparecen cuentas cuya principal actividad es el retweet (cuando un usuario 'rebota' en su perfil el tuit de otro para darle más difusión), pero también participan en conversaciones o publican mensajes propios en menor medida. Pueden ser perfiles automatizados o personas muy motivadas en un tema. También hay personas que gestionan varios perfiles y los utilizan todos en estas ocasiones. Una parte de la actividad de estas campañas es artificial», dice la experta. Sería interesante tener esa visión más global ya que, según Congosto, «La manipulación política en redes es como disparar al aire con una escopeta de perdigones, pero con la publicidad segmentada en Facebook es hacerlo con un rifle de mira telescópica. Los bulos erosionan, pero no tienen la eficacia de una campaña dirigida a un colectivo». Los ataques se suelen dirigir a temas recurrentes como la inmigración, el feminismo, la salud, la monarquía o contra personas concretas, habitualmente para desgastar su imagen pública.
Entre los hashtags recurrentes en las informaciones falsas que buscan crear un clima de confrontación se encuentra #gobiernodimision. Una de las ocasiones en las que se ha utilizado fue el 21 de mayo, con el bulo del ataque de un hombre en un barrio madrileño por parte de antifascistas y buscando similitudes con la situación en España en 1936. Este bulo partió de un perfil autodenominado de «patriotas de España» y del que se hicieron eco varios usuarios asociados con la extrema derecha.
El fenómeno se produce entre todo tipo de tendencias políticas. En mayo otro bulo analizado por Congosto afirmaba que en las protestas del madrileño Barrio de Salamanca un manifestante golpeó una señal de tráfico con un palo de golf, cuando en realidad se trataba de una escoba, pero quienes retuitearon el tweet no lo comprobaron, y en algunos casos eran perfiles de izquierdas con un número importante de seguidores, lo que dio más impulso al bulo.
Las redes sociales tienen métodos para frenar esta desinformación. Se puede dejar un comentario en el mismo post informando de que es mentira y confiar en que quien lo lea corte la cadena de difusión, pero lo cierto es que tampoco ponen demasiado empeño: les interesa el movimiento que se genera con estos polémicos mensajes porque captan la atención de los usuarios y producen más actividad. Según apunta Congosto, los responsables de las redes sociales intervienen «cuando ven peligrar su negocio por multas, por leyes y, en menor medida, por reputación o ética».
No parece que esta intoxicación de la opinión pública vaya a tener una solución rápida ni sencilla, aunque la tecnología sirviese para detectar su origen. Congosto se muestra pesimista: «no creo que con la tecnología se puedan evitar las manipulaciones. El que tiene que mejorar es el ser humano para aprender a no ser manipulado. La tecnología le puede ayudar a tener una visión más amplia del entorno».
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