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España encara el puente de Semana Santa entre lamentos: de quienes se han visto forzados a cancelar sus vacaciones y por parte del sector hostelero, que marca un porcentaje nulo de reservas en uno de sus periodos tradicionalmente más provechosos. Con todo, el descenso continuado en la tasa de contagios y la certeza de que el confinamiento general está salvando vidas, infunde ánimos a la población.
Este sentimiento contradictorio no debe llevarnos a culpa, explica María Victoria Martos (psicóloga clínica y co-directora del 'Centro de Psicología Plaza de España'), a quien hemos preguntado por las consecuencias de la cuarentena sobre nuestro comportamiento: «En una situación tan inusual y de amenaza es completamente normal sentir emociones de angustia, inquietud, malestar, ira, tristeza, apatía, cansancio, alteraciones en el sueño... Estamos en una situación de amenaza y nuestro cuerpo se activa para mantenernos alerta. Es posible que estás sensaciones no nos gusten y no las queramos sentir, pero son filogenéticamente adaptativas y nuestro cuerpo irá bajando poco a poco el nivel de activación a medida que perciba que disminuye la amenaza».
Ahora bien, ¿existe un perfil al que esta situación afecte en mayor medida? Martos refiere a estudios clínicos radicados en China, en los que se determinaron varios factores de riesgo: ser mujer, estudiante, de bajo poder adquisito, con patologías previas o que haya manifestado síntomas físicos en los últimos 14 días (compatibles o no con la covid-19). Igualmente y desde el punto de vista psicológico, «aquellas personas con mayor rigidez cognitiva, elevada necesidad de control y una tendencia a la preocupación excesiva» pueden sentirse más desbordadas estos días.
Una razón de peso para lo anterior es la falta de contacto físico, de vital importancia para nuestro bienestar psicológico: «Los seres humanos tenemos varios sistemas de regulación emocional, uno es el mentado de amenaza o alerta, que se activa cuando nos sentimos en peligro liberando adrenalina y cortisol. Otro es el de 'Autocuidado', donde el contacto físico es clave como forma de desarrollo emocional. Besos y abrazos nos ayudan a sentirnos a salvo con la liberación de oxitocina y endorfinas». Lo que es más: investigaciones recientes han demostrado que también podemos liberar estas sustancias al abrazamos y hablarnos con cariño; tabúes de una sociedad poco acostumbrada al autoconocimiento.
Martos aporta otras recomendaciones para hacer más llevaderas las tres semanas de encierro que tenemos por delante (al menos hasta la fecha): «La sobreinformación puede jugar en nuestra contra. Es importante dosificar la de índole negativa, que puede desencadenar procesos de indefensión y desesperanza. Igualmente conviene mantener un plan diario con actividades de desempeño y ocio; autocuidado en alimentación; ejercicio físico... sin olvidarnos del contacto con amigos y familiares, nuestra propia pareja o aquellos con los que convivimos físicamente».
En este sentido, la tecnología (mayormente smartphones y demás gadgets inteligentes) pueden convertirse en un arma de doble filo: «Estos dispositivos están siendo un gran aliado para mantenernos conectados y sentir que no estamos solos en esta dificultad, pero también pueden desconectarnos de nuestro entorno inmediato e incluso de nosotros mismos. Es importante que nos permitamos momentos en los que podamos desconectar del teléfono y las redes para escuchar nuestras necesidades. Tal vez haciéndonos la siguiente pregunta: -¿Qué necesito en este momento para cuidar mejor de mí?».
Para muchos, aislarse con el teléfono móvil es la solución más fácil a otro de los problemas que enfrentamos de un tiempo a esta parte: las fricciones inevitables con la pareja, fruto de una convivencia diaria tan prolongada como inusual. Las pequeñas rutinas y los momentos 'para nosotros' a los que alude Martos, desaparecen de nuestra cotidianidad, lo que genera irritabilidad, miedo e incluso tristeza: «Si la pareja no estaba en un proceso de crisis o tenía dificultades en la relación, es más probable que estas dificultades en la convivencia sean transitorias y puedan irse reduciendo después del confinamiento. En estos momentos podemos establecer unas normas de convivencia. Si nos sentimos muy irritados es mejor que nos vayamos un momento a otra habitación y, cuando estemos más calmados, comuniquemos cómo nos sentimos».
Superadas estas vicisitudes y con una previsible relajación del confinamiento de cara a las primeras semanas de mayo, enfrentaremos los retos propios de volver a nuestra vida cotidiana. El primero, mucho antes de poner un pie en la calle para algo distinto de hacer la compra o pasear al perro, explica Martos: «En este momento el principal reto es no anticipar; no dejarse llevar por anticipaciones catastrofistas y confiar en nuestra resiliencia o habilidad natural para superar las dificultades. El ser humano es altamente resiliente, tiene una capacidad innata de superación y adaptación y nuestra flexibilidad y confianza son claves para desarrollarla».
Entrando en lo concreto, ¿cómo deberíamos afrontar las suspicacias iniciales a cualquiera aglomeración (una vez se restablezcan los tránsitos habituales en las redes de transporte y se retomen los grandes eventos)? La psicóloga aclara que ese miedo es «completamente normal» y que la mejor manera de afrontarlo es una «exposición gradual y progresiva a las siutaciones que lo desencadenan». En todo caso, «es importante que empecemos poco a poco: al principio será salir a la calle, saludar... y gradualmente iremos retomando el contacto físico habitual. No debemos ser muy exigentes en querer volver de manera inmediata a la normalidad».
Aún con esas habrá quienes precisen de ayuda profesional, algo que no todo el mundo concibe por un 'qué dirán' absurdo. Estigmatización a un lado, Martos recomienda la terapia «cuando el miedo, la angustia y la tristeza sean intensas, abrumadoras y duraderas, de forma que interfieran significativamente en nuestra vida».
Llegamos así al quid de la cuestión: ¿cambiará esta pandemia nuestros hábitos de conducta a largo plazo? ¿O tal vez volveremos a nuestras pautas habituales al cabo de unos cuantos meses? Al fin y al cabo, el ser humano siempre se ha caracterizado por olvidar demasiado pronto: «Toda experiencia humana va a producir nuevos aprendizajes y va a provocar cambios de conductas. Dependiendo del tiempo que dure el impacto y de las consecuencias, los cambios pueden ser más o menos duraderos. Y aunque es posible que está situación precipite algunos cuadros clínicos como estrés postraumático y trastornos de ansiedad, también está generando un sentimiento de humanidad compartida, de conexión con el sufrimiento de los demás y el deseo de querer ayudarlos».
Dicha hermandad; aprender a vivir con lo fundamental y a valorar las pequeñas cosas, resultan el 'no hay mal que por bien no venga' de esta pandemia.
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