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Ocurrió en plena partida de The Division 2, cuando uno de los agentes del grupo en que me encontraba decidió entorpecer el juego e insultar a sus compañeros. Cualquier excusa le resultaba buena: el tono de la voz, nuestros nombres de usuario y estadísticas... Aunque uno ya está curtido en mil batallas, algunos comentarios me afectaron en cierto modo. ¿Cómo es posible que un perfecto desconocido ejerza semejante influencia?
Intentando averiguar también qué impulsa esta forma de ciberacoso, consulté a Carlos Knecht, psiquiatra del Hospital Pare Jofré de Valencia. Explica que pese a la complejidad del fenómeno, el 'trolling' ni se contempla en los tratados sobre psicología clínica: «El fenómeno 'troll' apenas ha sido estudiado en cuanto a su relación con las enfermedades mentales, bien como síndrome específico (esto es, si constituye o no un trastorno en sí mismo), bien como factor de riesgo para otras enfermedades mentales o bien, digamos, como 'refugio' para personas mentalmente enfermas».
¿Quiere decir ésto que los 'trolls' no son enfermos mentales o que la conducta 'troll' no se relaciona con otras patologías? No necesariamente: «La psiquiatría aún está en pañales a la hora de analizar la patología asociada al uso de internet. Hasta la fecha se ha centrado más en aspectos cuantitativos (cuánto usamos Internet, focalizada en el abuso) que cualitativos (cómo usamos Internet)».
En su artículo 'Trolls just want to have fun' (2014), Erin E. Buckels, Paul D. Trapnell y Delroy L. Paulhus describen que los trolls suelen tener puntuaciones más altas que el resto de personas en tres rasgos de personalidad: el maquiavelismo (manipulación, seducción e impulsividad), la psicopatía (frialdad emocional y conducta antisocial) y especialmente el sadismo (disfruta dañando y humillando a otros). Knecht contempla también el narcisismo (sentirse por encima de los demás) y el histrionismo (necesidad de llamar la atención): «Como rasgos de personalidad que son, definen el patrón de comportamiento habitual de estas personas en su día a día y en sus relaciones interpersonales, por lo que la idea 'romántica' de que el troll pueda ser una especie de Dr Jekyll y Mr Hyde (una especie de demonio en Internet pero un tío -o tía- encantador en la vida cotidiana) no parece muy probable. No sería de extrañar que, precisamente por esos rasgos de personalidad que se describen como frecuentes y que en el tú a tú pueden provocar rechazo, tengan serias dificultades para estrechar vínculos sociables o afectivos estables».
Pero el troll no es per se un individuo fracasado, pues tales rasgos pueden haberse desarrollado como mecanismos de adaptación a trabajos o sociedades especialmente competitivas: «¿Cuántas veces no hemos oído aquello de que el tío más 'hijoputa' del trabajo es el que acaba llegando a jefe; muchos de ellos suelen tener rasgos de personalidad similares a los descritos». Hablamos en todo caso no del troll ocasional (mucho más heterogéneo), sino del que hace del trolling su patrón habitual o principal en la interacción online.
Importante reseñar que el ansia de perturbar al prójimo no es exclusiva de nuestro tiempo, sino que existen precedentes de comportamiento ajenos a las nuevas tecnologías: «Las conductas antisociales y sádicas, con el principal objetivo de causar daño y humillación, han existido probablemente desde el albor de los tiempos o, al menos, no son inherentes a la sociedad actual. Lo que sí es propio de ésta en general y de Internet en particular, es el mecanismo específico para dar rienda suelta a esos instintos, amparados y probablemente favorecidos por otra de las características de la red: el anonimato y la aparente impunidad que éste confiere».
Ahora bien, ¿por qué se comporta el troll como lo hace? «Por el mismo motivo por el que lo hacemos todo: para obtener placer, diversión, entretenimiento... sólo que en este caso resulta ser a costa de causar sufrimiento a los demás. Nada hace más feliz a un troll que, además de causar daño, percibir que lo ha causado (obteniendo una respuesta por parte de la persona que ha sido objeto de su ataque) y recrearse en él (lanzando nuevos ataques). A esto se añaden, además, las particularidades de la comunicación a través de Internet, donde la ausencia de comunicación no verbal facilita prescindir de las restricciones morales y convenciones sociales propias de la comunicación directa».
«Finalmente el 'trolling', en determinadas circunstancias, puede tener una recompensa 'social' para las personas que lo practican: atención, aprobación ajena, satisfacción por encender debates acalorados... Por poner un ejemplo, algunos tuiteros han sido aplaudidos y festejados cuando, puntualmente, han 'troleado' a algún famoso (véase el caso de @norcoreano y sus célebres festivales del uranio), pasando entonces el trolling a ser, en lugar de acoso, una especie de actividad 'buenrollera', generalmente cuando quien lo realiza nos cae bien y el objeto de burla no es santo de nuestra devoción. Este tipo de motivación (la recompensa social) sería más propia del troll ocasional que del troll 'profesional', a quien le importa bien poco la aprobación de los demás».
Llegamos así al punto de partida, respecto al modo en que el troll hace mella en nosotros. También aquí se dan una serie de rasgos por los que seremos más susceptibles de caer en las redes del indeseable. Éste los conoce y por consiguiente se abstiene de incordiar a quienes nunca le han dado resultado: «Los trolls, a base de repetición de conducta, acaban dando con fórmulas para conseguir su propósito: obtener una reacción emocional de alguien que se siente herido o atacado. Esto es, si tu lanzas diez flechas al aire, es probable que aciertes una o dos en tu objetivo. La próxima vez, probablemente, lanzarás tus flechas en esa misma dirección. De esta manera los trolls acaban convirtiéndose en personas que tienen gran facilidad para provocar y causar respuestas en individuos vulnerables a sus ataques».
«Todos podemos ser vulnerables, aunque no en la misma medida. Las personas que, por ejemplo, leen pero nunca comentan en los foros (en realidad una de las pocas actividades 'neutras' que uno puede hacer al entrar en Internet, y ni siquiera siempre), es menos probable que se sientan atacados por el comentario de un troll. En cambio, las personas que se trabajan los comentarios (con el esfuerzo que supone), que buscan una interacción sincera de intercambio de opiniones o de experiencias agradables a través del contacto online, son más susceptibles de reaccionar ante un ataque troll. Pero, por encima de todo, son los propios rasgos de personalidad los que nos hacen más vulnerables a los 'depredadores'. Las personalidades obsesivas, neuróticas, inmaduras y narcisistas son más propensas a reaccionar frente a los comentarios de un troll de la forma en que éste espera».
Resulta paradójico, no obstante, que nos afecten en mayor medida las palabras de un desconocido que las de nuestra familia o amigos. Existe explicación igualmente: «Cuando, en la vida real, interaccionamos con otras personas, asumimos que estamos realizando un acto 'público' y que el otro puede reaccionar o comentar de una forma que nos disguste. Para mucha gente el escribir o jugar en Internet con su ordenador o su teléfono móvil puede tener connotaciones de acto íntimo, relajado o de ocio. Cuando alguien irrumpe en ese espacio que creemos propio (aunque en realidad no lo sea), especialmente si nos pillan desprevenidos, podemos vivirlo como una intromisión que origine reacciones emocionales muy intensas».
La premisa no cambia en el terreno de los juegos online, donde Knecht despeja el supuesto de que los trolls carecen de habilidad a los mandos: «Las motivaciones del troll serían prácticamente las mismas que en otros tipos de interacción online: romper las reglas del juego causando malestar a los demás. El juego en sí les suele dar lo mismo. Ojo, pueden ser incluso buenos jugadores, pero su objetivo no es llegar lo más lejos posible, sino tener personajes o equipamiento superior al de otros usuarios para entorpecerles».
Inevitable preguntarse en última instancia cuál es el mejor método para neutralizar el envite de turno. La respuesta es aquello de no hay mayor desprecio que no hacer aprecio: «La mítica frase 'Don't feed the troll' es absolutamente cierta. No es que con eso vayamos a 'destruirle' (por desgracia), pero es la única manera de que una persona que reúne los rasgos de personalidad descritos pueda parar. Ningún argumento convencerá al troll sádico de que pare; al contrario, intensificará sus ataques. También lo hará inicialmente cuando se le ignore, intentando captar la atención con más ímpetu, pero buscará otras 'presas' si se le sigue ignorando sistemáticamente».
«Siempre es recomendable reportar la situación a moderadores o responsables de la página (aunque nunca de manera pública, para evitar que perciba haber causado daño). Además, en toda interacción online suele ser bueno que nos conozcamos a nosotros mismos: revelar información personal o biográfica solo es buena idea si estamos seguros de que nos importará poco o nada el que alguien se mofe de ella. Si somos de los que nos tomamos a nosotros mismos o nuestra propia opinión demasiado en serio, mejor no subirla a un sitio donde todo el mundo la puede criticar, incluso aunque no tengan argumentos para ello».
Pensemos que el troll no 'sufre en silencio' por su condición, ni busca ayuda profesional, pues su comportamiento no le supone problema alguno. Desmitifica sus ataques con la excusa de pasar un buen rato, a veces tirando de humor. Ahí radica la clave de todo a fin de cuentas: «Ser capaces de reírnos de nosotros mismos es un factor de protección ya no solo frente a los trolls, sino en general frente a la estupidez humana».
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