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El sueño es agradable. Es la ilusión de imaginarse uno en un laboratorio, con bata blanca y rodeado de tubos de cristal, enfrascado en complicados ... experimentos, en el interior de una acogedora burbuja donde todo es paz y concentración. Un día, el investigador gritará eureka y sentirá que sus esfuerzos han sido compensados. Publicará en 'Nature' un artículo destinado a ser el más citado del año y quién sabe, puestos a imaginar quizá llegue un gran premio internacional y con él la dulce existencia de los sabios consagrados. Dará conferencias, impartirá charlas ante colegiales para despertar vocaciones, firmará manifiestos contra el cambio climático y dirigirá un potente grupo de investigación repleto de jóvenes talentosos y soñadores.
Este es el sueño pero, como ocurre casi siempre, la verdad es otra. Lejos de ser apacibles remansos de creatividad, los laboratorios y centros de investigación son lugares donde los problemas de ansiedad y depresión campan a sus anchas. Las exigencias para producir cada vez más, la competitividad, el incierto futuro laboral, las dificultades para llevar una vida estable, el escaso sueldo y las largas jornadas de trabajo forman parte del entorno en el que se mueve la legión de doctorandos -y los pre y los post- que en todo el mundo se preguntan si tanto esfuerzo merece la pena.
En noviembre de 2019, un artículo publicado en 'Nature' reveló que el 36% de los estudiantes de doctorado han tenido que solicitar ayuda debido a problemas de ansiedad y depresión. Dos años antes se había hecho otro estudio entre más de 3.000 doctorandos en Bélgica. Un tercio de ellos evidenciaba un alto riesgo de depresión. En otro artículo en 'Nature' se llegó a la conclusión de que la probabilidad de que estos jóvenes tengan problemas de salud mental «es seis veces mayor de la que tiene la población general».
Se desconoce cómo está la situación en España porque nadie se ha molestado en estudiarla, pero no hay motivos para pensar que es diferente. En el Instituto de Investigación Biomédica de Queensland, en Australia, circula una guía oficiosa en la que se resume lo que se espera de los investigadores. «Trabaja duro. No pienses que podrás salirte con la tuya trabajando 38 horas semanales. Necesitarás hacer jornadas largas durante toda la semana y parte de los fines de semana. Eso te acerca más a las 50-60 horas si quieres tener una carrera exitosa en la investigación. Si es tu pasión, esto es fácil, y si no, entonces estás en el lugar equivocado». Estas palabras son el faro que ilumina el camino que deben recorrer los investigadores de todo el mundo, incluidos los españoles.
Más que camino es un valle de lágrimas, una senda repleta de incertidumbres en la que no está permitido detenerse. «Tienes que estar continuamente creciendo, si haces todo bien durante diez años y en algún momento te sale algo mal y no logras el siguiente proyecto, tienes muchas papeletas para irte y no volver. Eso es algo que puede generar muchísima ansiedad», explica Noelia Fonseca, portavoz de la Federación de Jóvenes Investigadores/Precarios.
La ruta vital de un investigador está marcada de antemano. Quienes sientan la llamada de la vocación ya saben cuál es su porvenir antes de sumergirse de lleno en él. Es un futuro que consiste en terminar la carrera, hacer un máster y una tesis doctoral y, con suerte, entrar en una rueda de sucesivos contratos de dos o tres años en España o en el extranjero sin saber nunca qué sucederá después.
Este último es el tramo que atraviesa en la actualidad Víctor Martín Lozano, un físico teórico de partículas de 32 años al que en octubre se le acaba su contrato como investigador en la Universidad de Bonn y puede respirar aliviado porque ya ha conseguido el siguiente en Hamburgo. «El problema no es que estés cambiando continuamente, sino que no sabemos lo que vamos a tener dentro de dos o tres años. Puede ser otro contrato, una beca, una plaza en una universidad o que nos echen a la calle», se queja.
Son años de inestabilidad en los que, como dice Manuel Heras, investigador Juan de la Cierva de Filosofía de la Ciencia en la Universidad del País Vasco, «mientras trabajamos estamos buscando trabajo». Los investigadores lo tienen difícil para formar una familia, contar con un círculo de amigos o incluso pedir una hipoteca. Cuando llegan a la treintena muchos se ven obligados a optar entre vivir con su pareja y tener hijos o mantenerse en la carrera científica llevando una existencia de nómada que puede prolongarse hasta que entren en los cuarenta años de edad.
Noelia Fonseca Jóvenes Investigadores
Si deciden continuar adelante deberán hacerse fuertes en un estresante entorno en el que lo importante es producir y ser competitivo. «El modelo de éxito es el de un varón blanco de mediana edad que sacrifica su vida a la investigación en nombre de la ciencia», afirma Fernando Maestre, investigador de la Universidad de Alicante y autor de varios artículos publicados en 'Nature' sobre cómo mejorar la calidad de vida en los laboratorios. Es este el espejo en el que se miran generaciones de jóvenes a los que se les exige una dedicación plena, casi monacal.
«Si no eres el mejor de los mejores es que has fracasado», recalca Noelia Fonseca cuando habla de la competitividad en el mundo de la investigación. La presión por obtener resultados y publicar artículos en revistas llega a convertirse, según Víctor Martín Lozano, en «una obsesión». «Un día de ocio puede hacer que nos sintamos mal si no estamos en el laboratorio. Te entra un sentimiento de culpa porque piensas que no haces lo suficiente, que no eres lo suficientemente bueno».
«El límite es el cielo, nadie te dice hasta dónde hay que llegar», se lamenta Heras. Nunca se alcanza la meta porque no se sabe dónde está. Los investigadores son como los soldados que conquistan la cima de una colina tan solo para darse cuenta de que después viene otra. «Se juega mucho con la carta del estás aquí porque te gusta y eso se halla por encima de tu felicidad o de que tengas un día de descanso», asegura Martín Lozano.
Ese as de la baraja es el de la vocación. «Se la confunde con la explotación. Están abusando de la ilusión de la gente joven, hay muchos que empiezan a investigar sin cobrar y sin seguro. Están meses así y nunca llegan a nada, eso es aprovecharse de la vocación de la gente», denuncia Maestre. Quienes lo hacen son investigadores senior, jefes de grupo que en su día pasaron por lo mismo y no han conocido otra cosa en su trayectoria profesional. Como es la vida que han llevado, esperan que los que lleguen hagan exactamente lo mismo.
Los grupos de investigación siempre andan a la caza de dinero y la mejor manera de conseguirlo es publicar el mayor número posible de artículos en revistas de prestigio. Ese es el principal requisito a la hora de conseguir financiación para proyectos y también una fuente de estrés y mediocridad. «Si me van a contabilizar el número de artículos, al final voy a hacer cinco en lugar de uno bien meditado y esto es malo para la investigación. La calidad llega si tengo tiempo para abordar el problema que quiero resolver», asevera Martín Lozano. Todos lo saben, pero da lo mismo. Hay que producir, el que se detenga queda fuera del juego.
Trabajan en equipo, lo que significa que si una pieza no funciona el resto se resiente y desciende la productividad. Este es uno de los motivos que, a juicio de Manuel Heras, explican la dificultad de detectar cuadros de ansiedad y depresión «Muchos no se atreven a decirlo porque saben que si lo hacen su grupo dejaría de confiar en su trabajo». Y eso sería grave en un ambiente en el que solo se puede ser el mejor.
Fernando Maestre Universidad de Alicante
Víctor Martín Lozano Físico teórico de partículas
Manuel Heras Filosofía de la Ciencia
Miguel Álvarez Cobelas CSIC
En su libro 'Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad. La vida cotidiana del científico en España', el investigador del CSIC Miguel Álvarez Cobelas hace referencia a una oleada de suicidios de personal posdoctoral que vivió a comienzos de la década de los 90 el Centro de Biología Molecular. «En 1997 ya eran nueve los que se habían quitado la vida», recuerda. «El CBM era uno de los centros más competitivos que había entonces y el número de plazas disponibles para alcanzar un puesto de trabajo estable, muy inferior al de candidatos. Algunos de ellos no lo resistieron y generaron una especie de efecto de contagio entre sus compañeros», escribe en el libro.
Pese a todo, Álvarez Cobelas no cree que la depresión sea un problema exclusivo del mundo de la investigación. «Es algo que también se da en otros sectores», afirma. «El problema -sostiene- es la falta de perspectivas para la ciencia y los científicos. Los jóvenes no tienen futuro y algunos se deprimen, pero no creo que la situación sea grave».
La ausencia de expectativas, o su lejanía e indefinición en el tiempo, acaba siendo una losa demasiado pesada para muchos investigadores que terminan arrojando la toalla. Caen víctimas de un sistema que no ha dejado de exprimirles y en el que se fomenta, según Maestre, «la idea de que la investigación es para los fuertes». «Cualquier síntoma de debilidad es malo y muchos callan para que no se note porque si no aguantas es que no estás hecho para dedicarte a ello».
Víctor Martín Lozano estuvo a punto de ser uno de esos científicos vocacionales que «acaban engullidos». «Yo aborrecí la investigación durante un tiempo», confiesa. Pero resistió y siguió adelante, aunque es consciente de que mantiene «una relación extraña» con el objeto de sus sueños. «Te das cuenta de que estás haciendo algo que te gusta y que te hace daño a la vez», reconoce. Él estuvo a punto de dejarlo, otros lo han hecho, otros guardan silencio y algunos se preguntan, entre experimento y experimento, qué diablos hacen ahí. Sucede en todo el mundo. «Nuestros laboratorios deberían ser lugares para formar investigadores, no para destrozar personas», sentencia Maestre.
Síntomas Los investigadores con problemas de salud mental presentan síntomas como un sentimiento de sobrecarga laboral, tristeza continua, depresión, pérdida de sueño, reducción de confianza, sentimiento de inutilidad o imposibilidad de tomar decisiones.
6,2% es el porcentaje de investigadores que habían comunicado a las instituciones para las que trabajaban sus problemas de salud mental, según un estudio de la Royal Society de Inglaterra. Más del 40% de investigadores doctorales y posdoctorales tenían síntomas de depresión o nivel alto de estrés.
Mujeres Un estudio elaborado recientemente por la revista 'Nature' revela que las investigadoras son más propensas a sufrir problemas de ansiedad y depresión en su trabajo que sus colegas varones. Si para los hombres los porcentajes representan un 34% y un 35%, respectivamente, para las mujeres se sitúan en el 43% y el 41%.
21% de los 6.000 estudiantes graduados de todo el mundo encuestados en 2019 por 'Nature' dijeron que habían experimentado personalmente acoso o discriminación mientras realizaban el doctorado. El 25% de las mujeres que participaron en el estudio habían sufrido esta situación.
Factores de riesgo La Royal Society incluye entre los factores desencadenantes de problemas de salud mental los altos niveles de estrés, contratos a corto plazo con escasas oportunidades de progresión, una cultura de trabajo basada en largas jornadas, la presión por entregar a tiempo los resultados de las investigaciones y la dificultad de conciliar la vida laboral con la personal.
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