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fernando miñana
Lunes, 10 de diciembre 2018, 00:30
Víctor Madrigal vive en Bisáu, la capital de Guinea-Bisáu, con su mujer guineana y sus dos hijos pequeños, de cuatro y dos años, también nativos. Dice que allí, en aquella tierra estrangulada por la corrupción, donde la pobreza se expande hasta el rincón más ... recóndito, es feliz. «Tengo una vida agradable en un país formado por gente sencilla y amabilísima. Gente que genera buen rollo, alegre, simpática. El problema son las élites, los que tienen el poder, que no son tan sencillos ni tan buena gente...».
Este cooperante español, nacido hace 45 años en Santander, que vivió 14 en Cádiz, lleva desde 2006 en aquel país incrustado entre Senegal, Guinea y el océano Atlántico. Se presentó para liderar un proyecto con el que Aida, una asociación sin ánimo de lucro, pretendía instaurar allí la piscicultura, como ya había hecho en Vietnam. Le eligieron, dejó su empleo como inspector de pesca en el Ministerio y se mudó a vivir a una isla. Al año y medio se trasladó a Bisáu y allí conoció a otros cooperantes, incluido un franciscano, fray Michael Daniel, mitad italiano, mitad estadounidense, que ayudaba a pacientes, fundamentalmente niños, a ser evacuados a Portugal cuando no tenían solución en su país. «Todo empezó por casualidad, cuando un niño se dio un golpe jugando al fútbol y acabó en coma». Entonces descubrió que existe un acuerdo con Portugal que permite anualmente a 300 guineanos beneficiarse de la Seguridad Social del antiguo colonizador. A partir de entonces, empezó a enviar a enfermos allí.
Origen Aida-Ayuda, Intercambio y Desarrollo nació en 1999 de la colaboración de dos cooperantes, Trinidad López Carral y Javier Gila, que se habían conocido en diferentes proyectos de desarrollo en Vietnam. Se fundó, con otras seis personas, con vocación asiática, pero no tardaron en cooperar en otros continentes.
25.000 personas se han beneficiado ya de los fondos que logran gracias a las librerías solidarias. Aida fue la primera en abrir una en España.
70 niños han sido evacuados en 2018 para ser operados en Europa. Hasta ahora, la media anual era de 35 o 40.
45 años es la esperanza de vida en Guinea-Bisáu. Los niños evacuados, enfermos terminales en su país, pueden llegar a los 25 o 30 años en vez de morir en pocos meses
Un grupo de cooperantes, incluido Víctor, decidió ayudar a Daniel y perfeccionar su sistema creando una red de voluntarios. A finales de 2007, Javier Gila, presidente de Aida, le animó a presentar un proyecto y en enero de 2008 llegaron 100.500 euros para dar sustento a esta iniciativa para evacuar a niños gravemente enfermos de Guinea-Bisáu. El proyecto amplió su radio de acción y encontró hospitales dispuestos a operar a estos niños en España, Suiza e Italia, además de Portugal. Más de 400 guineanos se han beneficiado de esta ayuda. Nueve de cada diez son niños. Y de estos, el 80% son cardiópatas.
Diez años después, ahí siguen. Aquella subvención pública se agotó, pero Aida encontró una fórmula para seguir financiando este proyecto vital para decenas de niños en un país, uno de los más pobres del planeta, donde la sanidad no es pública, la esperanza de vida se sitúa en 45 años -justo la edad de Víctor Madrigal- y la mortalidad infantil es, «probablemente, la más alta del mundo -hace menos de cien años morían seis de cada diez bebés-», advierte el cooperante.
Aida- Ayuda, Intercambio y Desarrollo decidió en 2009 abrir una librería solidaria en Segovia, la ciudad de Javier Gila, su presidente y uno de los ocho fundadores. Nueve años después, ya son diez librerías repartidas por España y en 2017 recaudaron más de 100.000 euros para la causa. «Vendemos a una media de 1,8 euros por ejemplar y tenemos cerca de 365 voluntarios en todo el país». Todo gracias a una casualidad. «Una Nochevieja, la de 2008, nos presentaron a una persona que hacía algo similar en Irlanda. Buscaba una organización en España y ahí vimos el cielo abierto», celebra Gila.
Una de esas librerías está en la calle Molinell de Valencia. Lleva cinco años abierta y ya es la que más factura. Levantó la persiana Diego Barrachina, que era el dueño de aquella planta baja, y ahora le han sumado un almacén justo al lado donde se apilan miles de libros mientras dos voluntarios los fichan pacientemente para poner en marcha la venta por internet.
Uno de los voluntarios más apasionados que ayudan allí es Gabriel Zoia, un veneciano de 60 años que vino a España por amor y permanece aquí básicamente por su vocación solidaria, por su estrecha vinculación con Aida Books&More, el proyecto de Aida para lograr financiación vendiendo libros de segunda mano con precios que van de uno a cinco euros. «Yo empecé hace cuatro años -explica Zoia-. Estaba en el paro y mi idea era ponerme con una ONG en el día de mañana. Vi esta y entré. Y de aquí no me muevo. Esto me encanta, y ayuda que sea con libros: es un artículo que me gusta. Encima, aquí todo es transversal; somos una piña».
Sorprende el trajín de clientes entrando, escudriñando las estanterías y saliendo con cuatro, cinco, seis libros. «Los tenemos por miles, 40.000 o 50.000. Nos los da la gente y muchos vienen aquí en busca de alguna joya. A veces, hasta la encuentran. Nosotros, a cambio, tenemos la consigna de explicar a los clientes lo que hacemos. Poco dinero aquí es mucho en Guinea-Bisáu. Con 10 euros pueden comprar un saco de 50 kilos de arroz del que come mucha gente. Por eso soy muy feliz aquí. Y cada uno sabe hacer una cosa: tenemos al manitas, el informático, el experto en literatura, un escaparatista que trabajaba para El Corte Inglés... Y entre todos nos complementamos».
Uno de sus voluntarios más populares es Alfa Umaro Balde. Alfa tiene un cuerpo muy pequeño y un corazón muy grande. Nació en Guinea-Bisáu y llegó a Europa «el año del Mundial de fútbol de España (1982)». Primero estuvo en Portugal, con 14 años, gracias a una beca para estudiar en Lisboa, pero la mujer del familiar que le acogió en su casa le incomodaba cuando se le iba la mano con la bebida, así que se fue con un primo marinero a Canarias. Y, más tarde, el servicio militar en Melilla. «Allí conocí a un valenciano, nos hicimos muy amigos y me invitó a ir a su tierra en vacaciones». Allí le gustaba acompañar al padre de su amigo, que tenía un horno y salía bien temprano a hacer el reparto. «Al tercer día cayó enfermo y le solté: 'Don Manuel, yo puedo hacerlo'. Lo hice bien y, como no sabía qué hacer después de la mili, acabó dándome trabajo».
Ahora se dedica a repartir la prensa por los kioscos con su furgoneta. Y cuando acaba le gusta ir a echar una mano a la librería solidaria de Aida. «Siempre que he podido he colaborado con varias oenegés: Save the Children, Médicos Sin Fronteras, la lucha contra el cáncer... Y llevo 25 años como donante de sangre. Allí un médico me dijo que conocía Bafatá (una ciudad de Guinea-Bisáu) y me habló de la asociación. Al ver que ayudaban a los niños de mi país, no lo dudé».
Alfa lleva unas llamativas marcas en el rostro, al lado de los ojos, una costumbre atávica de su tribu, los fula. «Cuando era niño hubo una guerra entre tribus con machetes y palos. Como no daba para uniformes, cada tribu marcaba a los suyos para diferenciarlos. Mi padre me marcó al nacer. Eso ya no se hace. Mi generación fue la última. Hay otras que van con el pecho marcado, la frente...», relata antes de explicar que su padre fue asesinado después de luchar contra Portugal por la independencia. «Hubo un minigolpe, lo cogieron y lo encarcelaron. Falleció en la prisión, pero sé que lo mataron ellos. Poco después, mi madre murió atropellada por un camión del Ejército, todo muy sospechoso. Por eso me tuvieron que sacar de allí».
Además de ayudar con personas anónimas a través de varias oenegés, Alfa también envía dinero a sus familiares. «La vida allí es complicada. La corrupción está acabando con el país, que es muy pobre pero también muy tranquilo. Su lema es vive y deja vivir. Yo ayudo a mis hermanos como puedo, les he enviado dos vehículos. Pero lo que a mí más me emociona es ver cómo Aida ayuda a los niños de mi país, eso me conmueve».
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