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El Pentágono temió en julio de 1947 que los primeros platillos volantes fueran ingenios de una potencia enemiga. Descartó tal posibilidad –y también su origen extraterrestre– pocos años después, y entonces los servicios de espionaje de Estados Unidos empezaron a utilizar los ovnis para encubrir sus propias actividades. Ahora, la Marina sospecha que países como China y Rusia pueden estar detrás del aumento registrado desde 2014 en los fenómenos aéreos inexplicados (UAP por su siglas en inglés) observados sobre sus instalaciones.
La liebre la levantó 'Politico'. «La Marina de EE UU está elaborando nuevas directrices para informar sobre ovnis», decía un titular hace un mes. «Ha habido en los últimos años informes de aeronaves no autorizadas y no identificadas que han entrado en espacio aéreo militar», reconoció la Marina al diario digital. Y añadió: «Por razones de seguridad y protección, la Marina y la Fuerza Aérea se toman estas denuncias muy en serio e investigan todos y cada una de ellas». Los militares van a modificar los protocolos de denuncia para animar a su personal a informar de cualquier suceso de este tipo.
El anuncio ha llevado a algunos medios y, por supuesto, ufólogos a celebrar lo que consideran una resurrección del interés oficial por los ovnis. O, lo que es lo mismo, a presentar la noticia como un reconocimiento del Pentágono de que hay algo ahí fuera. Extraterrestres, para entendernos. Ha contribuido a ello que 'Politico' hable en su información de 'ovnis' –también lo han hecho 'The Washington Post' y varios medios españoles– y no de 'fenómenos aéreos inexplicados', como llaman los militares estadounidenses a los protagonistas de los incidentes que les preocupan. El cambio de nombre no es baladí.
«No estamos hablando de los platillos volantes de finales de los 40 ni de los ovnis de los 50 en adelante, sino de actividades recientes de espionaje, probablemente mediante sofisticados ingenios lanzados desde buques de China, Rusia y otros países. La Marina de EE UU no planea estudiar el tipo de 'ovnis' en que los ufólogos piensan, aunque algunos de estos avistamientos relacionados con inteligencia sean considerados por los ufólogos partidarios de la hipótesis extraterrestre como parte de su creencia», advierte el investigador español Vicente-Juan Ballester Olmos, principal impulsor en nuestro país de la desclasificación de informes militares sobre ovnis.
Fue el capitán Edward J. Ruppelt, primer director del Proyecto Libro Azul –el programa de investigación ovni de la Fuerza Aérea de EE UU–, quien acuñó en 1953 la denominación 'objeto volante no identificado' para referirse a los inicialmente conocidos como platillos volantes. «Obviamente, el término 'platillo volante' es engañoso cuando se aplica a objetos de todas las formas y comportamientos posibles. Por esta razón, los militares prefieren el nombre más general, aunque menos colorista, de objeto volante no identificado», escribió en su libro 'The report on unidentified flying objects' (El informe sobre los objetos volantes no identificados, 1956).
Cuando Kenneth Arnold vio los primeros platillos volantes sobre el monte Rainier el 24 de junio de 1947, lo primero que pensó es que eran algún tipo de nave secreta. A principios de agosto de aquel año, tras decenas de observaciones con gran repercusión en los medios, el 15% de la población estadounidense creía que los platillos volantes eran un arma de su país. Y en noviembre un reportaje publicado en periódicos de Canadá y EE UU apuntaba que eran ingenios desarrollados en España por científicos nazis bajo la protección de Franco. Cuando a principios de los 50 se descartó que detrás de los platillos volantes hubiera una potencia extranjera o extraterrestre, la CIA se encontró, inesperadamente, con que podía aprovechar la creencia popular en los visitantes de otros mundos, ya para entonces muy extendida, para encubrir sus operaciones de espionaje.
La CIA y la Fuerza Aérea construyeron en 1955 en el desierto de Nevada, junto al salar del lago Groom, una base que bautizaron como el Área 51. De esas instalaciones han despegado desde entonces aviones espía como el U-2, el A-12 OXCART, el SR-71 Blackbird y otros posteriores que desconocemos. En cuanto lo hizo el primer U-2 el 4 de agosto de 1955, los avistamientos de ovnis se multiplicaron. «Las pruebas de alta altitud del U-2 pronto tuvieron un inesperado efecto colateral: un enorme aumento en los informes de objetos volantes no identificados (ovnis). A mediados de la década de 1950, la mayoría de aviones comerciales volaban a altitudes de entre 3.000 y 6.000 metros y las aeronaves militares, como el B-47 y el B-57, operaban por debajo de los 12.000 metros. En consecuencia, una vez que el U-2 comenzó a volar a altitudes superiores a los 18.000 metros, los controladores de tráfico aéreo empezaron a recibir un número creciente de informes de ovnis», explican los historiadores militares Gregory Pedlow y Donald Welzenbach en 'The Central Intelligence Agency and overhead reconnaissance' (La Agencia Central de Inteligencia y el reconocimiento aéreo, 2016), que antes que libro fue un estudio hecho para la CIA en 1992 (se desclasificó en 2013).
Pedlow y Welzenbach explican en su trabajo cómo «los investigadores del [Proyecto] Libro Azul recibían regularmente llamadas de personal de la Agencia en Washington para comparar los informes de ovnis con los registros de vuelo del U-2. Esto permitió a los investigadores descartar la mayoría de los informes de ovnis, aunque no podían revelar a los autores de las cartas la verdadera causa de los avistamientos de ovnis. Los vuelos del U-2 y del OXCART fueron responsables de más de la mitad de todos los avistamientos de ovnis de finales de los años 50 y los años 60». Lógicamente, Washington prefería que la gente creyera en un encubrimiento ovni a destapar sus actividades de espionaje, y los ufólogos más 'conspiranoicos', que llenaron desde principios años 80 el Área 51 de platillos estrellados y alienígenas, colaboraron involuntariamente en esa maniobra de desinformación. Fueron los tontos útiles de la CIA durante décadas.
El Pentágono cree ahora que desde 2014 podría estar recibiendo una dosis masiva de su propia medicina. Joseph Gradischer, un portavoz de la Marina, ha revelado a 'The Washington Post' que se dan cada mes varios casos de fenómenos aéreos inexplicados sobre instalaciones militares. «Queremos llegar al fondo de esto. Necesitamos determinar quién lo está haciendo, de dónde viene y cuál es su intención. Tenemos que tratar de encontrar formas para evitar que vuelva a suceder», ha dicho. Para eso, lo primero es que el personal se anime a denunciar cualquier anomalía, algo que no siempre ha estado bien visto por la conexión de los ovnis con la creencia en visitantes extraterrestres.
«La Marina de EE UU simplemente teme que aeronaves de alta tecnología y drones de otras potencias estén espiando, por ejemplo, sus campos de ejercicios y quiere controlar esa potencial amenaza», indica Ballester Olmos, para quien resulta «obvio» que el interés oficial por los UAP no tiene nada que ver con seres de otros mundos. Sin embargo, algunos medios han incluido en sus informaciones sobre el tema opiniones que parecen estar más cerca de los marcianos que del espionaje, como las de Chris Mellon, que fue subsecretario adjunto de Defensa para Inteligencia con Clinton y Bush, y Luis Elizondo, oficial de inteligencia y exdirector del Programa Avanzado de Identificación de Amenazas para la Aviación, al que el Pentágono destinó 22 millones de dólares entre 2007 y 2012 para investigar visiones de ovnis.
«Este tipo de actividad es muy alarmante y la gente debe saber que hay cosas en nuestro espacio aéreo que están más allá de nuestra comprensión», ha dicho Elizondo, para quien 'desestigmatizar' la denuncia de los UAP es «la decisión más importante de la Marina en décadas». Para Mellon, estamos ante una «tecnología verdaderamente radical». El pasado de estos dos 'expertos', que parece avalar su fiabilidad como analistas, no casa con su presente. En la actualidad, los dos son directivos de la Academia Estelar de las Artes y las Ciencias, una organización que postula que los fenómenos aéreos no identificados demuestran la existencia de «tecnologías exóticas que podrían revolucionar la experiencia humana». Hablando en plata, alienígenas. Otro de los miembros destacados de la Academia estelar, cuyo negocio se basa de momento en captar donativos de los creyentes en las visitas extraterrestres, es Harold Puthoff, el parapsicólogo que promocionó a Uri Geller en EE UU en los años 70.
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