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Lo primero que llama la atención al entrar en el despacho de Vicente Reyes es la sobriedad de la decoración. Es cierto que no existirán muchas oficinas en Bizkaia con porcelana de Sèvres y cuadros del Museo de Bellas Artes, pero eso no borra la impresión predominante de austeridad, aunque sea sobre todo por contraste: otras habitaciones de la planta baja del Palacio Chávarri son un derroche ornamental, en el que compiten por atraer la mirada las chimeneas de mármol, las incontables tallas de animales y rostros grotescos, los espejos, las molduras, las celosías que dibujan bonsáis, las puertas taraceadas y hasta los pomos, que lucen las iniciales de los primeros pobladores de la casa. En el despacho de Vicente Reyes, en cambio, predomina cierta desnudez de aire inglés que quizá cuadre más con sus responsabilidades: habría resultado un poco chocante ejercer de subdelegado del Gobierno de Bizkaia con el lienzo de una bacante desnuda sobre la cabeza.
El despacho forma parte de la ampliación del palacio que se emprendió tras la muerte en 1900 de Víctor Chávarri, uno de los dos hermanos que lo habían mandado construir como domicilio familiar. Reyes, que ha pasado por muchos despachos a lo largo de su carrera, está encantado con este, tan apropiado -quizá demasiado- para todas las necesidades de su cargo. «Es muy cómodo para trabajar, porque es amplio y tiene muchos espacios, pero también puede convertirse en una cárcel de oro de la que no necesito salir. Aquí recibo visitas, con las que trabajo en esa mesa redonda, y en este otro rincón -señala a una mesita baja con un diván y dos butacas- se puede mantener una conversación más distendida». La atmósfera del despacho responde, además, a su concepto de la imagen idónea para la subdelegación: «Hay que transmitir la solemnidad de la institución, que no es algo viejo sino algo permanente. Este espacio representa esa solemnidad: cuando alguien entra, tiene la sensación de algo intemporal», argumenta.
Frente a la decoración abigarrada de las salas vecinas, el despacho parece simplemente salpicado de objetos, aunque lógicamente no se trata de baratijas compradas por lotes en el bazar más cercano. Están los mencionados jarrones de Sèvres -dos- y el cuadro cedido por el museo, que estos meses no es el habitual: el subdelegado ha cambiado una panorámica de El Arenal por la fachada de una casa de pescadores de Ondarroa, ya que la pintura que suele estar colgada en su despacho, de Fernando Maidagan, se exhibe en la muestra 'ABC' del museo y ha sido sustituida por otra de José Benito Bikandi. Más allá de esas piezas destacadas, el despacho adquiere cierta dimensión de gabinete de curiosidades. El visitante puede examinar las dos cómodas, el juego de escritorio de plata, el reloj de pie -«siempre marca las once menos cinco, así que dos veces al día da bien la hora»-, el retrato de doña Teresa Francisca Mudarra y Herrera o el plano enmarcado de la reforma de los años 40, firmado por el arquitecto Eugenio María Aguinaga: representa la primera planta, con sus imponentes nombres para las habitaciones (el dormitorio de ministro, el gran salón, el dormitorio de séquito...) y con sus también importantísimos símbolos de fontanería.
El objeto más inesperado de la pequeña colección es una cámara antigua de 16 milímetros con su estuche original de piel. Se trata de una Bolex-Paillard H16 que parece estar tomando un plano fijo de Vicente Reyes mientras trabaja. Nadie sabe muy bien por qué ha acabado aquí, pero la caja luce una etiquetita verde con el numero de inventario, el 2.098. «Aquí todo está inventariado, hasta las cucharas. Si le das la vuelta a cualquier cosa, verás la etiqueta», explica el subdelegado. Junto a la cámara, las ventanas permiten contemplar el hormigueo comercial de la Gran Vía, y a Vicente Reyes le gusta observar a veces ese mundo exterior tan diferente de las huertas y caseríos que rodeaban el edificio cuando se construyó. «A veces camino por el despacho, me acerco a la ventana... Me resulta agradable. En este palacio, las vistas valen tanto como los elementos arquitectónicos».
Lo que nadie logrará encontrar en el despacho del subdelegado es un objeto personal, alguno de esos talismanes traídos de casa para dar cierto toque cálido y familiar al entorno de trabajo. Tampoco los había en sus anteriores destinos: ni el Gobierno vasco, ni en la Diputación, ni en el despacho compartido del Parlamento vasco. «Todos han sido muy usados, pero en ninguno he cambiado nada: ni he llevado nada de casa, ni he dejado huella de mi paso». ¿Por qué? «No porque no sea un hombre familiar, ¡en el despacho de casa sí tengo retratos! Pero veo la Administración como un tránsito. Me dedico a utilizar el despacho de forma cómoda, no a establecer un vínculo emocional con mi vida privada. Lo único que pretendo cambiar son cosas que hacemos: en esta época de normalidad, es importante abrir el palacio a los vizcaínos y vizcaínas, para que todos puedan ver la belleza que contiene».
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