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Un miembro de un grupo neonazi es cacheado por dos policías en Dortmund. AP
El tren ultra europeo atraviesa los Pirineos

El tren ultra europeo atraviesa los Pirineos

Bruselas siempre había alabado que España era uno de los pocos Estados capaces de contener a la extrema derecha, cada vez más fuerte en la UE

Martes, 4 de diciembre 2018, 00:23

Era el último reducto, el oasis europeo, un ejemplo que siempre se ha venerado con satisfacción en Bruselas, donde las palmaditas en la espalda brillan por su ausencia. La UE siempre ha destacado el hecho de que una joven democracia como la española era capaz de cerrar todas las puertas a la extrema derecha que tanto daño está haciendo al club. Sí, era. Lo fue hasta el domingo, cuando Vox irrumpió en la España de la moción de censura como un tsunami que el centro de control no supo ni predecir ni calibrar. Todos los expertos coincidían en señalar que el 'momento Vox' era, precisamente, las elecciones europeas, donde la circunscripción es única. Sin embargo, todo se ha precipitado de forma abrupta en Andalucía. España comienza a ser europea. El tren ultra ha cruzado los Pirineos de la mano de Marine Le Pen.

«Mis más vivas y calurosas felicitaciones a nuestros amigos de Vox en España, que han conseguido un resultado muy significativo para un movimiento tan joven y dinámico», disparó la noche del domingo en Twitter la lideresa de la extrema derecha gala. Si hasta el sábado, Santiago Abascal no era más que una anécdota en la política española, en Europa, Le Pen le otorgó rango de autoridad con un solo tuit. Ya es uno de los suyos, de ese grupo coliderado por los xenófobos viceprimer ministro italiano, Matteo Salvini, y el holandés Geert Wilders. Han declarado la guerra a todo lo que representa Bruselas emulando al mejor Donald Trump.

En la UE, el populismo de izquierdas quedó enterrado cuando el griego Alexis Tsipras se puso corbata. Llegó con el puño en alto anunciando la muerte de la Troika y, al final, no tuvo más remedio que asumir la cruda realidad. Una cosa son los mítines y otra sentarse en un Consejo Europeo junto a Angela Merkel. Superada la tragedia griega, las preocupaciones comunitarias llegan de la extrema derecha, que, lejos de remitir, se está haciendo muy fuerte en los grandes Estados miembros, como Alemania, Francia, Italia o los envidiados países nórdicos. El último país en hacerlo ha sido Suecia, que sigue sin Gobierno por el bloqueo institucional que están provocando los ultras.

Los temores alemanes

El auge de estas formaciones se cimenta en durísimos discursos antiinmigración que buscan un enfrentamiento directo con la UE y sus valores. Quieren cargarse al club desde dentro. Son el caballo de Troya más peligroso. El llamado nacionalpopulismo es primitivo, tremendamente simple. A problemas complejos, soluciones fáciles, mágicas.

Que se lo digan a los británicos, que votaron a unos líderes que les prometieron el cielo y, cuando ganó el 'Brexit', desaparecieron del mapa matizando que aquello que habían dicho en campaña no era del todo cierto. Cómo olvidar al primer ministro conservador David Cameron o al eurófobo Nigel Farage. El exlíder del Ukip llegó a rozar el 13% de los votos en 2015, pero dos años después, consumado el desaguisado del 'Brexit', apenas tuvieron el 1,8% de los sufragios. «Hemos sido víctimas de nuestro propio éxito», confesaron.

«El populismo sigue creciendo porque los partidos tradicionales coquetean con sus ideas», advierte el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker. Los tradicionales aliados de Angela Merkel, los bávaros alemanes de la CSU, pueden dar fe de ello. Su caída es inversamente proporcional al auge de la extrema derecha de la AfD. Y en Alemania, ojo, esto son palabras mayores. Las heridas del nazismo no se curarán jamás.

Más ejemplos. Austria, país que ahora ostenta la presidencia de turno de la UE, está gobernada por una coalición liderada por el conservador Sebastian Kurz, de 31 años. Es europeísta, pero tiene un discurso durísimo en materia migratoria y de seguridad. Entre otras cosas, porque es primer ministro gracias al apoyo de la extrema derecha del Partido de la Libertad, que logró el 26% de los votos. Es decir, que la mano derecha del primer ministro es un ultraderechista orgulloso. Es como si el vicepresidente de Pablo Casado fuese Abascal.

Pese a todo, nadie en Bruselas se ha echado las manos a la cabeza. ¿Por qué? Porque en Austria, dentro de lo malo, respetan ciertos límites, algo que no están haciendo ni Polonia ni Hungría. Se enfrentan a históricos procesos de sanción por su deriva autoritaria que lo único que está consiguiendo es que líderes como el húngaro Viktor Orban redoblen su apoyo en su país. Lo paradójico es que Orban pertenece a la familia del PP europeo y que en Hungría, el partido de extrema derecha no es el suyo, el Fidesz, sino el Jobbik, respaldado por el 19% de la población. O derecha extrema o extrema derecha, aunque quizás el orden de los factores no altere el producto.

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