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PEDRO BRIONGOS
Viernes, 25 de mayo 2018, 18:15
Entró por la puerta del periódico con un grave problema debajo del brazo. Una angustia que le atormentaba desde hacía un tiempo y no sabía cómo afrontar. A simple vista, nada hacía presagiar que alguien como él, joven, bien plantado, con el jersey anudado sobre los hombros casi siempre, estuviese atenazado por el miedo. Pero tenía motivos.
- Tengo que ver al que 'manda' aquí. Es que... no sé ya qué hacer.
- Adelante. ¿En qué podemos ayudarte?
Con cierta dificultad para expresarse en un castellano salpicado de palabras en euskera, su lengua natural, arrancó un relato que treinta años después van a tener que terminar otros porque a él no le dejaron acabarlo. Aquellos no eran tiempos de relatos, como ahora. Ni de perdón ni de reconciliación. Ni de blanquear pasados. Era un tiempo de silencios. De cobardía. El hábitat ideal en el que florecía el 'algo habrá hecho'.
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Se había criado junto a sus tres hermanos en el caserío de los padres, en Elgoibar. Él, sin embargo, no estaba hecho para atender la huerta y cuidar de los animales. Así que montó una carnicería en el pueblo. Trabajando sin descanso, el negocio le iba bien. Respondía a ese perfil de personas que se encasillan sin esfuerzo en el primer encuentro: un tío echado para adelante. Un emprendedor en la vorágine de los ochenta. Y cuando vio la oportunidad de hacerse con un restaurante de renombre en la vecina localidad de Eibar, empezó a echar números. Convenció a uno de sus hermanos y los dos se embarcaron en el negocio. «Nada se le ponía por delante», recuerda un familiar.
Iba de acá para allá con su Seat Terra cargada de piezas de carne. Feliz. Hasta que el sueño se truncó a principios de aquel 1988, cuando una serie de rumores se extendieron por el Bajo Deba. Ahí todo el mundo se conoce. En el bulo se le acusaba de enriquecerse con el tráfico de drogas. La bola de nieve fue creciendo y empezaba a dejar huella en la caja registradora. No había forma de pararlo. En su desesperación, pensó que lo mejor era salir al paso en persona y se plantó en la redacción de EL CORREO en Eibar pidiendo ayuda. Quería que se publicara su inocencia.
Tras escucharle, la primera reacción fue aconsejarle que lo meditara un poco más. Que hablara con sus allegados y lo consultara con algún especialista. Quizá un abogado de confianza, un concejal, un político cercano... Dar altavoz a un rumor podría contribuir más a propagarlo que a frenarlo, como se pretendía. Se marchó no muy convencido.
Doce días después de su asesinato, el 6 de junio, ETA asesinó en Elgoibar a su íntimo amigo Patxi Zabaleta Aizpitarte, un agente de seguros sobre el que los terroristas habían arrojado las mismas acusaciones. Elgoibarrés de 42 años, casado y con dos hijos, recibió dos tiros en la cabeza cuando paseaba con varios amigos. Tras el crimen, una manifestación reunió a 15.000 personas en Elgoibar para protestar en silencio contra estos crímenes bajo el lema inédito 'Euskadi contra ETA'.
No tardó mucho en volver por el periódico, esta vez con la decisión ya tomada. Venía con la copia de una carta que había hecho llegar a los alcaldes de Eibar y Elgoibar, en la que les pedía amparo. «Viene circulando el rumor», explicaba en la misiva, «de que me hallo involucrado directamente en el tráfico de drogas de su ciudad y comarca circundante. Dicho rumor aparece adornado de toda clase de detalles truculentos, entre los que están los siguientes: que he sido detenido en Burgos y puesto en libertad bajo fianza; que he sido detenido en Eibar, que he sido detenido en Iciar, que he ejercido influencias para que el procedimiento judicial no trascienda a la opinión pública; que soy uno de los 'peces gordos' del tráfico de drogas en la comarca...». Tras lamentar que «ya son los propios clientes de mis establecimientos quienes me interrogan sobre la veracidad de tan demenciales imputaciones», el hostelero se dirigía a los alcaldes «a fin de que, previas las indagaciones o investigaciones que estime oportunas sobre mi persona y bienes, respalde mi inocencia y mi buena fama de ciudadano en evitación de daños irreparables que, de no salir al paso de esta locura, me pueden venir acarreados». Los dos ayuntamientos, tras consultar a las instancias policiales y judiciales, pidieron a la población que hiciera caso omiso de los bulos.
En el texto remitido a los alcaldes no se hacía ninguna alusión a la procedencia de los falsos testimonios, aunque él sabía perfectamente quiénes alentaron la difamación. Por eso estaba inquieto. La amenaza tenía tres letras. Dos vocales y una consonante con un reguero de sangre, dolor y lágrimas detrás y una capacidad insuperable para justificar sus crímenes.
En octubre de 1987, el nombre del hostelero figuraba como traficante en la documentación incautada tras la detención en Anglet del dirigente etarra Santiago Arróspide Sarasola, 'Santi Potros'. Y coincidiendo con la aparición de los primeros rumores, la Policía había apresado a un comando de ETA que tenía en su poder una lista 'operativa' con numerosas personas del País Vasco que podían ser objetivo de la banda terrorista. El hostelero era una de ellas.
No se sabe qué pasó por su cabeza a partir de aquel momento. Cómo eran sus noches. Si miraba a uno y otro lado antes de doblar cualquier esquina. «Estas cosas hay que aclararlas muy bien, porque en este país nunca se sabe lo que puede pasar», le había confesado a un amigo íntimo tras obtener el respaldo municipal. Un gesto para simular una tranquilidad que no sentía y que le llevó a enviar a ETA un recado, a través de personas vinculadas a Herri Batasuna, en el que negaba las acusaciones y se prestaba a demostrárselo. No le dieron la oportunidad de hacerlo.
A las 20.15 horas de aquel 25 de mayo de 1988, la jornada laboral tocaba a su fin en la delegación eibarresa del periódico. Los redactores se habían marchado ya y apenas faltaba por mandar a la central de Bilbao la llamada para la primera página cuando dos golpes secos se colaron por la ventana, entreabierta para ventilar todo el tabaco acumulado. Sonaron como los petardos que de vez en cuando manipulaban unos chiquillos que solían jugar en la trasera.
De repente, el tiempo se detuvo. Una voz inesperada se coló por alguna parte: «¡Sebastián. Han matado a Sebastián Aizpiri!».
En un callejón, tendido en el suelo y con la cabeza sobre el último peldaño de una escalera que comunicaba con el Chalcha, su restaurante, yacía el cuerpo de Sebastián envuelto en un charco de sangre. Dos pistoleros le habían disparado sendos tiros en la nuca mientras dos cómplices prestos a emprender la huida aguardaban en un coche estacionado a escasos metros de la Seat Terra de la víctima.
ETA se atribuyó en un comunicado el asesinato. No le bastó con matarlo. Siguió acusándolo de «agente al servicio de la red de distribución de droga organizada» e «informador activo de las fuerzas de ocupación españolas en Euskadi» para dejar constancia de su relato. El de Sebastián sigue pendiente. Él jamás podrá escribirlo.
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