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Un «futuro mejor» en el norte. La búsqueda de trabajo fue el motor que movió a la inmensa mayoría de los andaluces que vinieron ... a Euskadi, una emigración que alcanzó uno de sus picos más altos a principios de la década de los 60. Alrededor de 40.000 ciudadanos nacidos en una de las ocho provincias de las tierras del sur residen en estos momentos en el País Vasco y tratan de mantener vivas sus raíces transmitiéndoselas a las nuevas generaciones, herederas de los valores de un pueblo que las preserva como oro en paño a pesar de los kilómetros que separan a ambas comunidades autónomas.
EL CORREO ha conversado con tres andaluces y una vitoriana hija de cordobeses en vísperas de las elecciones de hoy, en las que no pueden votar. Prefieren no hablar de política y quedarse en el terreno de lo cotidiano, «de lo que es importante para la gente». Y por eso no tienen problemas en charlar sobre sus vidas y sus orígenes y sobre la «evolución» de una Andalucía cuyos comicios servirán de termómetro para los partidos desde una óptica nacional. Los cuatro vuelven con cierta asiduidad a sus pueblos, muy diferentes ya a aquellos de los que tuvieron que marcharse tres de ellos y los padres de la alavesa para labrarse un buen porvenir. Allí hablan bien de Euskadi y aquí hacen lo mismo de Andalucía.
Sólo tenía cinco años cuando llegó con su familia a Sestao tras un largo viaje desde Linares, en Jaén. Unas tías suyas ya estaban aquí y les convencieron para subir al norte. Corría el año 1960 y su padre trabajaba por entonces en una mina en La Carolina. En la Margen Izquierda estuvo empleado como butanero y conductor de autobús. Rosa pasó la infancia, la adolescencia y parte de su juventud en Sestao, donde conoció al que sería su marido... Sevillano, cosas del destino. Se dio cuenta de que le gustaba porque ella trabajaba en una ferretería y él iba casi todos los días a comprar algo, aunque luego lo tirara al salir. Y se marcharon a vivir a la capital andaluza, donde permanecieron dos décadas y donde aún vive uno de sus hijos, al que visita dos o tres veces al año. A Linares va menos, porque ya no le queda familia allí.
En el Centro Andaluz El Olivo, que preside desde hace seis años y que tiene 160 socios en activo, hay una televisión en la que siempre está sintonizado Canal Sur. Esta semana se ve con algo más de interés. «Andalucía está mucho mejor que antes, pero el problema sigue siendo el de siempre, que es propiedad de dos o tres. Habría que repartir mucho mejor la riqueza. La verdad es que aún queda mucho por hacer, yo lo noto por ejemplo en el tema de la enseñanza». Su madre, de 80 años, suele advertirle de que los políticos «son todos iguales». «Tienen que pensar más en el pueblo llano», subraya Rosa.
Es socio fundador del Centro de Andalucía Nuestra Señora del Rocío de Llodio, que preside desde hace dos años. Llegó a Euskadi en 1964 desde El Burgo, un municipio malagueño de 1.800 habitantes, y mantiene el acento a pesar del tiempo transcurrido. Francisco siempre se sintió bien acogido. Esta semana ha estado más pendiente de las noticias que llegan de Andalucía, que hoy se pronunciará en las urnas. «Hay curiosidad por saber quién llevará las riendas», afirma. A veces hablan de política en el grupo de amigos, pero sin vehemencia. «Cada uno tiene sus ideas y ya está». Cree que el mayor cambio que se ha producido en su tierra de origen es que ya casi no existen «esos cortijos en los que se trabajaba al servicio de los terratenientes». Ahora, dice, los propietarios del campo son los andaluces que se marcharon a países como Suiza, Alemania y Australia y regresaron a casa para quedarse.
María Ángeles consigue estirar los días más allá de las 24 horas para 'conciliar' su trabajo con las numerosas actividades y festejos que se programan en el Centro Cultural Andaluz Séneca de Vitoria, integrado por 230 unidades familiares. Sus padres emigraron en los años 60 desde Santa Eufemia, en Córdoba. Ella nació en la capital alavesa. También su marido, hijo como ella de emigrantes andaluces, de Alhama de Granada. De niña pasaba las vacaciones en el pueblo de sus padres. Después tuvo que repartirse entre Santa Eufemia y el municipio de origen de sus suegros. También va muchas veces a Torre del Mar, en Málaga. No se habla de política en el centro que preside, pero «claro» que interesan las noticias que llegan del sur. Está muy comprometida con mantener sus raíces de Andalucía. «Ha evolucionado mucho. Las casas, las calles, las playas para el turismo». Lo que quieren tanto ella como los pioneros andaluces que llegaron a Vitoria es que, pase lo que pase, «Andalucía vaya bien».
Llegó a Bizkaia con sus padres y sus tres hermanos -la quinta nació aquí- en 1957 desde Huelma, en Jaén, localidad casi fronteriza con Granada. Tenía 12 años y dos después ya empezó a trabajar. Es delineante, ya jubilado. «Me sorprendió lo que llovía, es que no salía el sol. Y me impresionaron el Puente Colgante y el mar, nunca lo había visto antes». Vivió un tiempo en Santurtzi antes de asentarse definitivamente en Portugalete. Es el tesorero de la Casa de Andalucía del municipio jarrillero, donde se casó con una burgalesa.
Una hija vive en un pueblo de Sevilla, así que él y su esposa suelen «bajar» a verla. Huelma ha cambiado mucho, como Andalucía en general. «El servilismo que había antes ya casi no existe. Ahora es muy distinto, lo es que una relación entre los empresarios y los trabajadores», apunta, antes de reconocer el trabajo de los sindicatos. Las eras de Huelma, rico en olivos y cereales, casi han desaparecido para construir nuevas viviendas.
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