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«Me siento sola todavía 40 años después»
28 de mayo de 1983 ·
Ana Conejo recuerda la vida y el asesinato de su padre, Antonio, y otro guardia civil, Fidel Lárazo, mientras custodiaban la sede de Correos en PamplonaSecciones
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28 de mayo de 1983 ·
Ana Conejo recuerda la vida y el asesinato de su padre, Antonio, y otro guardia civil, Fidel Lárazo, mientras custodiaban la sede de Correos en PamplonaAna Conejo tenía doce años y «creía en Dios todavía». Por eso cuando mataron a su padre, «le pedía a Dios que me llevara a mí en lugar de a él, porque él hacía más falta». Ni ella ni su hermana, Merche, de 11 años, podían entender cómo alguien podía haber matado a ese hombre «tan bueno y tan cariñoso» que se tiraba al suelo a jugar con ellas. El mismo que hacía las tareas con ellas. Su padre, Antonio Conejo, que tenía 40 años, era uno de los dos guardias civiles que el 28 de mayo de 1983 murieron asesinados por los Comandos Autónomos Anticapitalistas, una escisión de ETA, cuando custodiaban la sede central de Correos en Pamplona.
Una cena. Huevos con txistorra y un poco de panceta. Eso es lo que tomaron la víspera de que su mundo se viniera abajo. Ana todavía se sorprende de los detalles que recuerda. «Nos sentamos juntos a ver el 'Un, dos, tres'. Luego él se quiso acostar pronto porque era el primer día que trabajaba en la calle tras una temporada en las oficinas de la Comandancia de la Guardia Civil», revela. Prefería el contacto con la gente. «Se levantó a las cinco y media, quería estar impecable. Estaba nervioso pero feliz», contó su viuda, Mercedes Pérez.
A las 11.30 horas de aquel día, dos individuos se dirigieron hacia los dos guardias que custodiaban el acceso –había un tercero en otro punto del edificio–. Les dispararon a bocajarro con sus revólveres. Una docena de disparos acabaron con la vida de Antonio Conejo y Fidel Lázaro. Las crónicas de la época destacaron que a los funerales asistió el Rey Juan Carlos I, hoy emérito, y el ministro del Interior, José Barrionuevo. Al concluir las exequias, una manifestación recorrió las calles de Pamplona con gritos en contra de ETA.
Ana Conejo regresa a aquella mañana. «Siempre habíamos vivido fuera de los cuarteles, pero en ese momento vivíamos en la Comandancia. Había turnos para hacer la escalera entre todas las familias y a mi madre le tocó aquella mañana. Así que estábamos solas en casa mi hermana y yo, aunque mi madre estaba cerca», rememora. Ana y Merche comenzaron a presentir que algo iba mal porque su madre tardaba en regresar. «Era fin de semana, las dos nos levantamos tarde. Nos sorprendió que se acercara una vecina a darnos el desayuno. Y, entonces, llegó ella». Mercedes Pérez no escondió a sus hijas lo que acababa de suceder. «Han matado a tu padre. Nos lo dijo de sopetón. Me dio un ataque de ansiedad terrible. Daba botes de la ansiedad. No podía entenderlo. Pero si él no ha hecho nada, me decía. Era impensable. De un día para otro te cambia la vida».
A las niñas las llevaron a casa de una vecina y esa noche las recogieron unos tíos, que vivían en Burlada, que es donde se hizo el funeral. «A nosotras no nos llevaron al funeral. No vimos a mi madre hasta después de la misa», se duele. «Ella estaba hecha polvo. Tenía 36 años. La llevaban de aquí para allá en volandas».
Entre las víctimas de los años 80 hay una soledad tan honda que resulta insoportable. En el caso de Ana, hubo cierto apoyo al principio, como la manifestación de Pamplona de aquellos días y algunos gestos del entorno. «Se acercaron las monjas del colegio del Santo Ángel al que íbamos, y nos intentaban animar y hablar de otras cosas pero no teníamos la cabeza en eso. Sólo podía pensar que habían matado a mi padre», reconoce. También tiene algunos recuerdos esperanzadores de Villaba, donde su padre había estado destinado. «Allí pusieron la capilla ardiente y vinieron muchos vecinos, entre ellos muchos gitanos canasteros –les llamaban así porque hacían canastas– a los que él había ayudado».
Sin embargo, cuando echa la vista atrás, se da cuenta de que «el abandono fue total». La Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) fueron los primeros en contactarles, pero muchos años más tarde. «Estuvimos muy solas. Sin apoyo psicológico ni nada. Con 17 años me dio el bajonazo y lo pasé sola». Una sensación que «no se te quita nunca». «Nunca pido ayuda. Lo gestiono todo sola. Siempre me siento sola».
Regresa Ana a los recuerdos de Antonio Conejo, que sentía «adoración» por sus dos hijas. «Pensaba que éramos las más guapas, las más listas, nos quería con locura. Fuimos de vacaciones a su pueblo, en Extremadura, y no sé cómo le dijimos las dos que queríamos montar en burro. Y hasta que no nos encontró un burro para que montáramos, no paró». Luego se lamenta porque el crimen de Antonio Conejo y su compañero está sin resolver. «Nunca se las hará justicia», critica. «Saber quién ha sido me serviría. Y que hubieran ido a la cárcel».
El atentado cambió su vida de un día para otro. «Mis abuelos maternos eran de Burlada y mi madre nos llevó a vivir allí», cuenta Ana que hizo sexto de EGB en Villaba, séptimo en Pamplona, octavo en Burlada y el instituto en otro municipio. «Así estaba yo», admite. Sobre aquellos tiempos, años del silencio y del plomo, verbaliza una frase que hace pensar. «Todo duele. Las pintadas, los gritos de los conciertos, la palabra 'txakurra', la kale borroka, los insultos horribles cuando liberaron a Ortega Lara, todo eso duele y no dices nada», lamenta. «En esos momentos, qué ganas de irme a vivir otra parte. Todavía me pasa. Somatizo esas historias. Como esos etarras en listas de Bildu. Todo eso duele como un jarro de agua fría».
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