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Pequeñas, redondas, crujientes… Las croquetas son un manjar difícil de ejecutar con éxito. Parece fácil, pero cogerle el punto tiene su miga y son muchos los gourmets exigentes que valoran su cremosidad, el rebozado, la cantidad de ingredientes… No trates de engañar a uno de estos expertos, detectan al instante si son caseras o congeladas. Y como cada maestrillo tiene su librillo, el relleno depende del producto, la temporada o la imaginación de su creador. Eso sí, la bechamel ha de ser perfecta, no en vano es la clave de la receta. Cena, almuerzo, comida, aperitivo, desayuno o tapeo, la croqueta acierta a cualquier hora. Admirada con fervor por numerosos adeptos, la maravilla culinaria goza de varios locales que la veneran en la capital alavesa y aportan su ingenio a la hora de elaborarlas con arte.
La casa de postas del siglo XV que alberga este mítico restaurante es el entorno ideal para saborear sus célebres croquetas. Pequeñas, cremosas, delicadas y con un rebozado perfecto, las hacen de diferentes sabores (de jamón, de bacalao, de hongos…) y las suelen servir a modo de aperitivo. Son un clásico del local y da gusto saborearlas y recordar tiempos mozos. Porque eso es lo que tienen las croquetas, que rejuvenecen a quien las degusta.
Las de Mikel Fiestras son unas croquetas redondas que explotan en la boca y se convierten en el bocado cremoso ideal para empezar una comida. Con una suave bechamel y servidas en una especie de original huevera, cada bocado se convierte en un estallido de emociones en el paladar. Picar una ración en el patio trasero del céntrico restaurante vitoriano, al aire libre, es una auténtica gozada. Esa terraza es un tesoro oculto y sus croquetas, las joyas de la corona.
Atención al descomunal tamaño del denominado croquetón que proponen en este lugar. Los fines de semana, a mediodía, Luis y compañía ceden el protagonismo de sus míticas hamburguesas a esta receta en la que deslumbra su volumen y asombra su cremosidad. ¡Ojo que no hacen muchas! Más de uno llega con la intención de probarlas y se han acabado. Es lo que tienen las cosas buenas.
Son caseras y se nota que quien las hace tiene una mano especial porque las borda. En serio que parecen de otro mundo, son tan ricas que enamoran y no es broma. Las hacen de hongos boletus, de jamón ibérico, de queso Idiazábal y de bacalao. Destacan por su cremosidad y porque se percibe la pasión y el cariño con el que las modelan. Ese puede ser su gran secreto. Todos los que las conocen, repiten y algunos las idolatran de tal manera que cada viaje al Idoia es una peregrinación al templo de la croqueta.
Si hablamos de viajes al pasado muchos recordarán aquellas banderillas calientes variadas que servían en el bar de la antigua Estación de Autobuses, en la calle Francia, donde ahora está el Artium. Bien, pues en esta taberna replican estas viandas con una precisión que te traslada a aquel lugar y a aquellos tiempos. Una bechamel suave, un jamón exquisito y un rebozado conciso las convierten en unas croquetas a las que hay que poner un monumento.
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