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Hoy en día se le desea 'buen camino' al peregrino, al caminante que uno se cruza o adelanta en cualquiera de las rutas que llevan hacia Santiago de Compostela, pero hace mucho mucho tiempo el saludo era bien distinto. Entonces se establecía un diálogo curioso, de en principio solo dos líneas –que luego, si se quería alargar, bienvenido, como siempre–. Uno empezaba la mínima conversación diciendo '¡Ultreia!' y el interpelado respondía '¡Et Suseia!'; o lo que es lo mismo, y para entendernos en la actualidad, al 'Más allá' dicho por uno, el otro tenía que devolverle un 'Y más alto'. Cosas de peregrinos.
Web www.pamplona.es
Hace unos meses abrieron en el centro de Pamplona un centro de interpretación del Camino que lleva por nombre 'Más allá'. Bueno, no, lo han llamado 'Ultreia', que es lo mismo pero en realidad es distinto, ya que hace que la memoria se vaya muy atrás en el tiempo, a aquellas épocas en las que el peregrinaje se convirtió en algo muy importante para la ciudad. Fue uno de sus motores de desarrollo. Navarra es la comunidad por la que entran los que vienen de Europa, y lo era entonces. Y pasaban ya por entonces tantos caminantes en dirección a la tumba del santo, en Galicia, que el comercio y el hospedaje se hicieron fuertes en Pamplona.
El objetivo del centro de interpretación es contar todo esto sin agobios. No es muy grande y está lleno de pantallas táctiles en las que se puede consultar de todo: los mapas y las rutas, las etapas, las anécdotas, la Historia. Está pensado para que los críos toqueteen sin problema. La entrada, gratuita, incluye además una audioguía que va aportando también explicaciones. El audiovisual 'Pamplona, cruce de caminos' se detiene en el nacimiento de la ciudad y, al fondo y como colofón, otro, 'Camino de las estrellas' –bastante poco común y por momentos sorprendente–, pone al juglar 'el ciego de Cítola' a contar los pasos de un peregrino medieval que atravesaba los Pirineos, Pamplona y el resto de Navarra.
Para hacerse un poco a la idea de lo que es esto en la práctica, y sin machacarse mucho, se puede probar a andar un rato del camino. La etapa entre Pamplona y Puente la Reina pasa por Cizur Menor y sube y baja el Puerto del Perdón, pero no hay por qué matarse, aunque dicen los peregrinos que esta etapa completa (unos 24 kilómetros) es una de las más temidas. Eso sí, por el camino se ve de todo, pueblo abandonado incluido, y desde lo alto del Perdón se tienen vistas inmejorables.
La cosa empieza muy tranquila, como si no fuera a complicarse en ningún momento. Se sale de Pamplona por una senda peatonal arbolada y al final de ella se sube la cuesta hasta Cizur Menor –donde entre las urbanizaciones sobreviven las iglesias románicas de San Miguel y San Emeterio–; más adelante se atraviesa una meseta llena de cultivos que, dependiendo de la época del año, pueden presentarse como melenas movidas por el viento o como tierras de colores... Dice la escritora Reyes Calderón, que hace este camino a menudo, que «aquí casi se puede ver crecer la hierba, asistes al cambio de estación cuando van cambiando los colores».
Parada casi obligatoria es la de dar de comer a los patos en la balsa de Guendulain, que ahí con ese nombre como de leyenda élfica es hoy una población sin pobladores. Pero lo que queda en pie dice mucho de su pasado, uno de importancia, dependiente de la colegiata de Roncesvalles: los restos del castillo-palacio. En las inmediaciones de la balsa, que también refleja muy bien los colores de cada estación, los caminantes suelen detenerse para comerse los bocatas.
Pero otra opción para reponer fuerzas es llegar hasta el pueblo de Zariquiegui, justo bajo el Perdón. Hay albergue de peregrinos y algún bar sobre cuya barra descansan los bocatas de txistorra, claro, y los pintxos de tortilla. El paso por el pueblo invita a hacerle alguna foto a la iglesia de San Andrés (siglo XII), que conserva la portada del lado sur. Y si hay ganas, a seguir camino hasta el Alto (a 750 metros de altitud), con el viento como molesto y frecuente compañero.
Arriba, las esculturas de la llamada Caravana de los Peregrinos recuerdan que hace muchísimo tiempo que esta es senda de paso; el artista Vicente Galbete plantó allí figuras de distintas épocas en recuerdo de esa larga historia. Pero lo mejor de todo son las vistas de 360º sobre lo que se ha dejado atrás y lo que hay por delante.
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