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Hay un Bilbao profundo: recuerdos de San Francisco, de punta a punta
San Francisco (Bilbao) ·
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Yo bajaba desde Zabala, calle y barrio de Bilbao. Abajo y arriba, cuatro veces al día. Primero a La Merced, con las monjas; más tarde ... al Corazón de María, con los curas. Siempre recorriendo la calle San Francisco, de punta a punta. Con unas y con los otros siempre aprendimos algo, menos mal. En La Merced jugábamos en el patio interior; en el Corazón de María en la plaza, no había más. Aquella plaza era un campo de fútbol, se dibujaban en ella esquemas del truquemé, jugábamos al hinque en la tierra que debía ser jardín y al picapedrolo convirtiendo los bancos de granito en porterías.
Abajo de la calle San Francisco mi madre y mi padre se afanaban en sostener una tienda de ultramarinos. De aquel olor rancio mezclado de legumbres y aceite a granel, sardinas de tambor, bacalao de Islandia y jabón hecho con sebos en una húmeda trastienda, aún me acuerdo. De aquel Bilbao de hace sesenta y pico años, escuela de calle con otro paisaje, aún me acuerdo.
Quien se decida hoy a bajar por la calle San Francisco, de punta a punta, descubrirá un Bilbao profundo que aún guarda algunas de aquellas raíces como espacio marginal de un lugar donde vivir puede ser más fácil o más difícil en función del espacio y la humanidad que te rodean. San Francisco es, en paralelo a la calle Cortes, una torre de babel humana, escenario multicultural, paraje quizá inhóspito, acaso un hervidero vital, todo según se mire.
Calle abajo, a la vuelta de la desacralizada y reconvertida iglesia neogótica del Corazón de María, San Francisco entrega al paseante una plaza porticada, al pie de un edificio cúbico donde los claretianos (Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María) repartieron fe, enseñanzas y alguna cosa más.
También aquella plaza oculta todavía un pedazo de Bilbao que incluso muchos vecinos desconocen. Desenterrado hace algo más de una decena de años, y ahora envuelto en un cubo acristalado, se protege de las inclemencias un espectacular yacimiento histórico: desde 1501 estuvo ahí uno de los templos más grandes de Euskadi, asociado al convento Real de San Francisco. Antes había viñas, luego construyeron «la magnífica iglesia, con elegantes capillas, con hornacinas de menuda talla gótica y suntuoso camposanto situado al otro lado del Puente Colgante», según describe Delmas en su guía Histórico-Descriptiva del Viajero en el Señorío de Vizcaya (1864). El primer cementerio de Bilbao al aire libre ocupó los huertos y entre las paredes del convento, que llegó a alojar más de 80 religiosos, se daban clases de matemáticas, geografía, latín y por supuesto religión y moral.
Nos quedan de aquello, bajo tierra, unas ruinas impresionantes que asombra poder recorrer bajo la plaza: enormes pies de columnas, algunas tumbas, muros de las naves, la planta del claustro. Incluso el recuerdo de un asesinato en el viejo templo franciscano, del desalojo de los religiosos por las tropas de Napoléon, de conspiraciones, de un cuartel bombardeado. Las piedras vuelven aquí de su pasado para relatarnos fantásticas historias.
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