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No hace mucho leí un texto de Elisabeth Collins y Sarah Garlington, profesoras de las universidades de Boston y Ohio, en el que proponían tres ... virtudes centrales para orientar a los responsables políticos con el fin de eliminar el 'modo crisis' vigente. Situación generada, como sabemos, por el coronavirus y -añado- también por muchos otros errores de gestión gubernativa.
El objetivo de tales reflexiones perseguía convertir en algo normal y habitual la compasión, la solidaridad y la justicia.
Desconozco si ambas autoras practican alguna religión. En principio su intención no es moralizante en sentido literal. No obstante, desde cualquier resquicio religioso, del tipo que sea, la compasión implica moralmente lo contrario de la indiferencia, o lo que es igual, trata de evitar que cualquier asunto humano se cosifique.
Si atendemos al lema de Naciones Unidas 'Estamos todos juntos en esto', tal como recomiendan estas autoras, comprobaremos cómo la idea se ha interpretado a diario de manera marginal. Hay mucha palabrería y mucha actitud falsamente sensible al evaluar los efectos de una pandemia que es universal desde hace más de un año. Pero la salud de otros mundos ajenos al nuestro es algo que pasa desapercibido para muchas personas. Bueno, puestos a ignorar… muchos ignoran hasta la de sus familiares y vecinos. Sobre todo, cuando la obsesión liberadora se cifra únicamente en garantizar la diversión y un incontinente deseo de tirarse al monte. Pero a un monte en el que la meta no es alcanzar los 8.000 metros, sino el placer desmedido.
Sé que a muchos sonará a moralina. Pero siento contradecirles porque francamente no lo es. Lo del reclamo de la libertad para 'embotellarse' me suena a mantra friki.
Sin embargo, es evidente que la persuasión ha sido un buen instrumento para motivar a la ciudadanía seriamente concienciada ante la gravedad de la pandemia. Y por ello se cita constantemente a Jacinda Ardern, la primera ministra de Nueva Zelanda. Claro está, quien conozca este país (yo como mera turista) comprenderá que esta tarea no resulta excesivamente complicada para una gestora de talento como es ella, pero juega con ventaja. Nueva Zelanda ha consolidado un modelo de sociedad que se mantiene gracias a las coordenadas geográficas en las que se encuentra, entre otras razones estructurales. Insisto, no es la única razón, pero sí una variable empírica a mi parecer muy determinante.
En cuanto a la justicia, lo desproporcionado de los efectos de la pandemia exige una reorientación moral que guíe las políticas sociales de otro modo. Ante la diversidad de las decisiones de los tribunales españoles, se ha dicho de todo. Parece que estamos ante una evidente antinomia de la lógica doctrina unificada. Tanta postura divergente satura; por lo que no sorprende a estas alturas que numerosos juristas y muchos ciudadanos duden de la intervención del Supremo como vía eficaz para unificar criterios. Bien es verdad que éste ya ha despejado alguna incógnita al respecto.
Evidentemente, la incertidumbre se ha convertido en una 'bota malaya' -que no gota- al observar el rumbo de los responsables institucionales durante la última fase de la última ola. Las vacunaciones a buen ritmo y los datos (¿reales?) sobre incidencia acumulada dan esperanzas a cualquiera. Pero, con bota o sin ella, la carrera por ser 'altius, fortius, citius' lleva a sacar pecho a los lideres autonómicos, mientras muchos seguimos perplejos ante tanta melé. Los especialistas advierten, sin embargo, de que los resultados más exitosos a nivel de país devienen de políticas unitarias frente al problema.
Para colmo, ahora se reinicia de la mano catalana otra etapa política en la que, en breve, seguramente veremos que hasta el experimento 'pecaminoso' de Sitges es la mejor receta para anestesiar al personal de cara al verano. El proceso de ajuste ante los deseos anticonstitucionales del independentismo a la brava seguirá su curso, a tenor de lo declarado por el nuevo president de la Generalitat y los partidarios de la libertad etílico-festiva estarán, asimismo, encantados. ¡Ah! Y, además, ese «quiero ser como Escocia» tiene tantas lecturas… Tantas como marcas de whisky.
El paradigma imperante en ciencias sociales condiciona el paradigma de lo humano, y este sobredetermina el paradigma común. Existe una cuota de ciudadanía muy importante que cuando nos despertamos con la barcarola del 'hoy esto y mañana también' empezamos a pensar que hasta el festival de Eurovisión nos da pistas claras sobre lo que no estamos entendiendo correctamente. No obstante, mi confianza no se diluye del todo, y recurre a un concepto de vida que dé oportunidades a quienes deberán responder en el futuro haciendo verdad esas tres virtudes, social y políticamente tan imprescindibles. Si no, siempre habrá posibilidad de recurrir a una jaculatoria.
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