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La profana trinidad de ortodoxia, autocracia y nacionalidad señaló al pueblo ruso desde el siglo XIX en qué debía creer, lo que no debían escribir ... y cuál era el alto propósito por el que sus vidas tenían razón de ser. En esto consistía la praxis de la política zarista, imprimiendo sentido a instrumentos de gobierno aplicados sobre una compleja sociedad en la que se identificaba a súbditos diversos, pero no a ciudadanos.
Cuando llegó al poder Alejandro II (1855-1881) parecía que la autocracia evolucionaría. El zar 'liberador' fue quien impulsó la primera forma de 'perestroika', las grandes reformas (en el centro de todas, la liberación de los siervos, 1861). Como parte de una política de 'glasnot', cedió en lo que había sido una censura implacable. En el terreno económico, el ferrocarril dio la base para una industrialización de primera época. En suma, pocos aspectos quedaron ausentes de la 'perestroika' sui generis de aquel zar. Y ello aportó dinamismo a una sociedad estancada.
Pero aquel híbrido social combinó con dificultad formas viejas y nuevas. Y aclaro. El símil de la 'perestroika' se justifica debido a que tales procesos son sintomáticos de fenómenos recurrentes en la historia contemporánea rusa. Las motivaciones de las reformas de Pedro el Grande, Alejandro II, Stalin y la 'prestroika' de Gorbachov muestran pequeñas variaciones en numerosos aspectos. «La característica fundamental y más perdurable de la historia rusa -escribió León Trotsky- es el lento devenir de su desarrollo, dado su atraso económico, el primitivismo de sus formas sociales y el bajo nivel cultural resultante del mismo».
Los factores que explican éxitos y fracasos de las 'perestroikas' puestas en marcha son muchos. Entre otros, el bajísimo nivel de desarrollo educativo y cultural de Rusia. El varapalo en la guerra de Crimea frente a los aliados (Francia, Gran Bretaña y el Imperio Otomano, 1835-1855) supuso más que una derrota militar. Finalmente, el reinado de Alejandro II fue uno de los periodos más abortivos de los interludios liberales de la historia rusa. La insurrección campesina en Ucrania (1877) orquestada por el populista I. Stefanovitch acentuó el difícil equilibrio entre reforma y represión. ¿Qué sucedió después? Su hijo Alejandro III y muchos pensadores políticos rusos entendieron que la autocracia era el fundamento del Estado.
Sin hacer funambulismo histórico ante lo que sucede actualmente, se puede deducir que Putin ha recodificado con firma política personal otra trinidad para un régimen cuya base social parece adormecida, salvo excepciones, frente a lo que debiera consolidar democráticamente a Rusia. Desentrañar en pocas líneas las particularidades de su estructura social a lo largo de la historia contemporánea es un ejercicio imposible. Sin embargo, cabe señalar una cierta falta de integración social y cultural. Esa misma que mermó posibilidades hasta al proletariado en los inicios del siglo XX. También que los intereses de la burguesía estuvieran lejos de converger. Así les fue.
Estas rápidas reflexiones sirven para concluir sobre la contundencia de un mundo ruso que observa narcotizado por la desinformación una guerra con calificativo de liberadora, sin cuestionar lo que sucede, manteniendo una postura acrítica. Y yo me pregunto: ¿dónde están las élites intelectuales y culturales cuyos afanes de mimetismo europeísta les llevaron a participar en planes de reforma universitaria auspiciados por la misma Bruselas? La opinión pública occidental dispone de datos sobre las élites empresariales rusas y sabe de sus tejemanejes. Pero la' intelligentsia' rusa de 2022 no puede seguir tan callada. ¿Dónde están esos valores que hasta en las épocas más represoras del zarismo defendieron? ¿Habrá que hablar de nuevo de la perversión de la verdadera Rusia? La indolencia de una sociedad que prefiere creer a su presidente convertido en un nuevo 'zar-batiushka' ('padrecito') obliga a pensar que, tarde o temprano, pagará caro su error. También es cierto que ninguna otra institución tuvo mayor fuerza de persuasión que el Ejército. Con y sin zares.
Así pues 'no solo Putin' significa que en el balance de culpabilidades ante el reto de reubicar a Rusia geoestratégicamente, su ciudadanía manifiesta un alto grado de atomización social y de ultradefensa de sus intereses, eludiendo evaluar libertad y derechos políticos. Sencillamente, el autócrata satisface lo que se tacha de justas aspiraciones. Pero, visto desde fuera, el efecto corrosivo de la 'ukasse' imperial huele a naftalina. El desfase del régimen político de Putin y la incapacidad rusa para generar soluciones coherentes es evidente. Obviamente, su hostilidad no puede tolerarse. Ahora bien, esto no implica que desee a Putin el mismo final que sufrió Alejandro II (fue asesinado a manos de nihilistas en 1881). La caída de mitos políticos fatalmente siempre se cumple. Así sucedió el 'domingo rojo' de 1905.
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