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En su discurso a los diputados y senadores del PSOE, Pedro Sánchez dejó las cosas muy claras. España es mucho más que la parodia presentada ... por quienes han ganado las elecciones del 28-M. Resulta desolador ignorar cuanto se ha hecho en una legislatura tan complicada y darle carpetazo con dos o tres ocurrencias dictadas por el comunicólogo de turno. Hay mucha gente que se ha inhibido de votar, quizá harta por una campaña tan fuera de lugar, en la que se hablaba de mil tonterías y se obviaban las preocupaciones de la ciudadanía en el ámbito municipal o autonómico. Una entrega más del trumpismo que triunfa en 'ayusolandia' y comarcas limítrofes en términos ideológicos.
Los comicios para elegir a quienes representan la soberanía popular no son una contienda bélica o un partido de fútbol en donde hay que meter más goles para derrotar al equipo contrario. Enfocarlos bajo esa óptica es un craso error. Más en un país que padeció una guerra civil por confrontaciones ideológicas. En ella sí hubo vencedores y perdedores. Paradójicamente, quienes perdieron vieron cómo su bando ganó luego la Segunda Guerra Mundial. Pero a los del Día de la Victoria no les fue nada mal. Administraron el país como si fuera el cortijo particular de unas cuantas familias e impusieron una visión del mundo llamada 'nacionalcatolicismo'. El dictador dejó bien atada una ley de sucesión, reintegrando a la Familia Real esa corona que usurpó durante casi cuatro décadas.
A estas alturas debería poder hablarse de una revisión constitucional y hasta de cambiar la monarquía parlamentaria por una república. Pero todo eso nunca toca. Tampoco cabe revisar los muchos privilegios de la Iglesia católica en un Estado aconfesional del que recibe subvenciones importantes. Los nostálgicos del franquismo no se han visto nunca muy represaliados que digamos.
Ahora vuelven a resucitar viejos fantasmas para descrédito de cuanto no comulgue con su ideario. Todo les vale. Hasta una desaparecida organización terrorista. No deberíamos dejarnos distraer por las cortinas de humo y convendría reparar en el modelo social que defienden. Lejos de ser liberales y conservadores, realmente son ultraneoliberales y, por lo tanto, anarquistas de facto. El mejor Estado es aquel que no recauda impuestos y respeta la iniciativa privada como algo sacrosanto. Eso sí, puede intervenir cuando la banca quiebra para socializar las pérdidas tras un reparto privado de los beneficios.
Les aterra tanto la pobreza que decretan su inexistencia y, por lo tanto, deja de ser un problema político. Por supuesto deben tutelar las costumbres. Nada de permitir interrupciones del embarazo, separaciones matrimoniales o desenlaces voluntarios de vidas invivibles. Por eso no son liberales. En donde no hay que intervenir es en la depredación impuesta por una implacable maximización del beneficio.
La gente de bien debe forrarse y aumente su considerable patrimonio porque así lo decreta su darwinismo social. Quienes no tienen oportunidades pueden irse a otra parte para no molestar, aunque luego faltan trabajadores para empleos precarios y temporales. El ideal es que trabajarán unas horitas cuando le viene bien al emprendedor. Luego pueden alimentarse del aire y vivir debajo de un puente. Subir el salario mínimo es inasumible pese a que la cuenta de resultados crezca sin parar. Pero, al parecer, ellos generan empleo y sostienen el país. Cuando la gente manifiesta su descontento, es una maniobra política en su contra. Cosa de los malvados izquierdistas que no acatan el orden establecido por Dios, la patria y el Rey -perdón- por quienes manejan el cotarro financiero y mediático.
Frente a esta forma de ver las cosas, hay otra. Esta entiende que vivimos en comunidad para cuidarnos mutuamente. La infancia y la vejez requieren especial atención, pero también una juventud a la que se le ha escamoteado el futuro y el poder hacer planes vitales. Para sostener un sistema sanitario público, una educación pública y las prestaciones que resulten convenientes hay que tributar en la medida de nuestras posibilidades.
La tabla impositiva debe ser gradual, exonerando a quienes menos ingresos tienen y gravando a quienes tienen la fortuna de tener muchos ingresos. Los patrimonios más pudientes deben aportar en proporción a su tamaño. Esto es difícil de conseguir sin que lo suscriban quienes deberían hacerlo como ciudadanos responsables. Este modelo lo desacreditan con parodias e infamias, aduciendo que pretende restringir nuestra libertad personal, cuando en realidad busca posibilitar que se puedan ejercitar más libertades.
Con todo, lo absurdo es que asístamos a una confrontación, cuando al margen de quién obtenga las mayorías parlamentarias para formar un gobierno deberían dialogar con quienes representan al resto de la soberanía popular para consensuar soluciones a los problemas comunes. La democracia se inventó para convivir, no para competir como si fuera un juego de mesa o una carrera hacia ninguna parte.
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