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El pasado 14 de noviembre se presentó a la prensa un hallazgo que puede tener una enorme trascendencia lingüística. Me refiero a la inscripción vascona ... de cuatro líneas, cuya primera palabra, 'sorioneku', resulta muy similar al término en euskera 'zorioneko', 'buena suerte', aparecida en una pieza de bronce con forma de mano derecha extendida. La inscripción, que podría mostrar el parentesco entre la lengua vascónica y el euskera, fue encontrada en 2021 en el yacimiento de Irulegi del valle navarro de Aranguren.
La alegría por la posible importancia del hallazgo, como suele pasar cuando el dinero «empieza a retiñir», a brillar, que diría Quevedo, se vio muy pronto acompañada de una corte de asuntos más mezquinos, enseguida empezaron a venderse productos con la imagen de 'la mano' e incluso, antes de que la noticia se hiciera pública, una decena de empresas y particulares presentaron registros solicitando la propiedad intelectual del descubrimiento, entre ellas una institución científica de reconocido y merecido prestigio.
Y es que a nadie se le escapa que lograr la propiedad intelectual de la mano de Irulegi se traduce, entre otras cosas, en beneficios muy tangibles; es decir, money, money, money. En cualquier caso, el Gobierno de Navarra ha asegurado que va a garantizar que tanto la marca como la imagen sean de acceso libre y gratuito. Ojalá lo consiga.
Respecto al valor del descubrimiento, el sabio y experto lingüista Joaquín Gorrochategui advierte de que estas cosas hay que estudiarlas con calma. En su opinión, todavía no está claro que ese 'sorioneku' se corresponda con 'zorioneko', dado que la terminación en '-eku' plantea problemas con el euskera, así que toca esperar nuevos descubrimientos que aclaren la relación entre los dos términos. Es posible que en ese mismo yacimiento surjan nuevas inscripciones que permitan llegar a conclusiones definitivas.
Y como resulta que el hallazgo, de mostrar claramente el parentesco entre el vascónico y el euskera, sería de enorme envergadura, no me da la gana de nadar en aguas turbias que estropeen el momento y me voy a centrar en tres historias que hablan de otros descubrimientos lingüísticos parecidos a este de ahora.
Corría el siglo X y, en el Monasterio de San Millán de la Cogolla de La Rioja, una mañana fresquita de primavera un montón de monjes copiaban manuscritos en latín. A veces, los monjes escribían en los márgenes, o entre líneas, la traducción en romance hispánico o en euskera de las palabras latinas ya en desuso y que nadie entendía, incluso expresaban en euskera o castellano las ganas que tenían de acabar la tarea y beberse un buen vaso de vino.
Y así sucedió también aquella mañana. Esos pequeños escritos son las llamadas 'Glosas Emilianenses', que fueron encontradas en el códice 'Aemilianensis 60'. Dámaso Alonso habla de «los primeros vagidos» del castellano y diremos también del euskera, a la espera de lo que aporte la inscripción de la Mano de Irulegi.
En el año 842, junto a Estrasburgo, se reunieron los nietos de Carlomagno para formar una alianza entre ellos contra otro de sus hermanos. El texto que redactaron estaba en latín, pero Luis escribió su juramento en lengua francesa para que le entendieran las huestes de Carlos, y Carlos juró en alemán para que le entendieran las huestes de Luis. Estos fueron los 'primeros vagidos' del francés y del alemán.
En el 960 en Italia, concretamente en Capua, delante del juez, el abad de Montesinos y un tal Rodelgrimo discutieron sobre la posesión de unas tierras. Al final, solucionaron el asunto y escribieron un documento en latín, pero juraron en italiano. Este fue también 'el primer vagido' del italiano.
Deseo de corazón que el hallazgo confirme la relación entre la lengua vascona de esos vascones septentrionales del 'Saltu', no romanizados, que pensábamos hasta ahora que eran tribus salvajes y analfabetas, y el euskera, ojalá que estemos ante un 'primer vagido' de la relación entre las dos lenguas y que las cosas de los hombres no empañen las alegrías buenas.
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