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Hace doce meses que no fumo, mejor, que no fumamos mi príncipe y yo. El cigarro, hasta hace un año, era una prolongación de nosotros ... mismos, sinceramente estábamos convencidos de que, si dejábamos de fumar, ya no nos íbamos a querer, que vivir sin esa muleta iba a ser una tarea imposible. Bueno, pues lo cierto es que apenas he tenido 'mono' de nicotina ni dependencia psicológica, porque el dichoso 'mono' ese es cosa de la cabeza y, cuando tienes muy claro que ya no vas a fumar más, desaparece como por encantamiento.
Mi príncipe tuvo que echar mano de parches, chicles e inhaladores, pero también lo ha conseguido. Yo me he cuidado mucho con la comida. Antes, cuando quería detener la alegre ingesta para no engordar, me fumaba un pitillo y el cigarro me saciaba, pero sin cigarro ha sido duro. Por fin, ahora ya el hambre voraz, supongo que producto de la ansiedad, ha desaparecido y no he engordado.
Si echo la vista atrás, hay situaciones que me parece que las he soñado, que no las he vivido. Sin embargo, ocurrieron así en la realidad. En nuestra juventud, aunque no se lo crean, había ceniceros en las habitaciones de las clínicas, cuando llevábamos a las criaturas al pediatra nosotros y el médico fumábamos con total tranquilidad mientras él hacía la receta, se fumaba en los ascensores, en clase, a los chavales de 15 años les dejábamos fumar en los exámenes, al menos en mi instituto. Se fumaba en las tiendas, durante los juicios, en los programas de televisión, en cualquier parte.
De todos modos, quiero añadir que fumar tenía sus momentazos, después de cada 'amoroso polvo', caía un 'piti' que nos sabía a gloria bendita. Pero me voy a detener en lo que importa, porque ahora hace tiempo que sabemos que fumar es malo, que fumar mata, aunque nosotros seguíamos fumando, así que, por si puede servir de ayuda, les contaré en qué momento decidimos abandonar el tabaco y qué he hecho yo para conseguirlo. Es verdad que un año no es tanto tiempo, pero no deja de ser un ciclo completo, y es un paso importante.
Bien, como les digo, un día decidimos que ya estaba bien, que íbamos teniendo una edad y era hora de dejarlo. En mi caso concreto, no me gustaba nada mi dependencia del tabaco, lo que más me molestaba era que vivía pendiente del siguiente cigarro incluso antes de que se terminase el que estaba fumando. Aquello era el cuento de nunca acabar, estaba sumergida en el 'mono' perpetuo del próximo cigarrillo, y eso de verme tan 'colgada' me ponía de muy mal humor.
Recuerdo a una alumna que, cuando terminábamos la clase, sacaba un cigarro y me decía, «Mila, ahora voy a ser feliz», y se iba a fumar. Yo le echaba un sermón hipócrita sobre las maldades del tabaco, pero lo cierto era que a mí me pasaba lo mismo.
Por fin, una noche tuve las cosas claras. Estábamos viendo una película, no recuerdo cuál, y entonces alguien le ofreció a un personaje un cigarro. El personaje respondió: «No, gracias, me basta con el aire». La frase me llegó muy dentro, estaba muy bien, «me basta con el aire», era una respuesta perfecta.
Lo hablé con mi príncipe y nos lanzamos. Y lo cierto es que se puede vivir y ser feliz sin fumar, es verdad, basta y sobra con el aire, no les engaño. Les diré que ahora, para empezar, estoy mucho más tranquila, más sosegada, no me paso el día esperando el tren de la humeante felicidad, no huelo mal, nuestra casa tampoco huele mal y respiramos mejor.
En fin, animo de todo corazón a los fumadores a intentarlo, les aseguro que no es para tanto, de verdad, háganme caso, aunque sea prueben un día, luego mírense al espejo, verán que la vida es la misma con cigarro y sin cigarro. El humo no es mágico, no cura el dolor, lo que nos pasa es bueno o malo por razones que están muy lejos del puñetero humo.
La magia para vivir con serenidad las cosas buenas o malas que nos toque vivir está en la cabeza, solo hay que decidirse a abrirle la puerta, sacarla de ese cuarto oscuro donde la solemos tener encerrada y dejarle actuar. Inténtenlo y, si recaen, ya saben, no pasa nada, a intentarlo de nuevo.
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