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Para afrontar el día con la ¿necesaria? información de actualidad, tiene el individuo que haberse levantado optimista, en buena forma emocional, y/o, en su ... defecto, con férrea coraza impermeable porque, seamos sinceros, el noticiero abruma, da bajón. Y más que bajón da Miedo. Así, con mayúscula.
El miedo. Una de las cuatro emociones más básicas. Qué decir de él que no se sepa. Como sensación o sentimiento, es inherente al ser humano y hay que buscar su origen en el instinto de supervivencia primario que ha favorecido el proceso de evolución. Hasta ahí todo muy científico, empírico, aceptado.
Pero el miedo también es educacional, adaptativo, arbitrario. De un miedo racional se puede pasar al pánico injustificado, un trastorno que va más allá de la prudencia y entra en el campo de lo patológico obstaculizando completamente el disfrute elemental del día a día.
Franklin Roosvelt, trigésimo segundo presidente de Estados Unidos, sostenía que deberíamos temer al miedo mismo más que a cualquier otra desgracia. Y temer al sufrimiento ya es sufrir, dice un viejo proverbio chino, los más sabios de cuantos se conocen como preceptos filosóficos de vida.
Hoy el miedo colectivo está enfocado sobre todo en la propagación de la Covid-19 y el temor a un contagio se ha instalado en la sociedad haciendo incluso competencia conversacional al propio virus. Miedo a los rebrotes. A la concentración juvenil y no solo juvenil. Miedo a tocar y ser tocado. Miedo a la proximidad. Miedo a respirar. A ventilar con aire acondicionado. A compartir espacio cerrado. A que dos metros no midan lo mismo para ti que para mí. Miedo a la ineficacia de la mascarilla del otro. A llevar la muerte en la ropa o los zapatos. Miedo, en definitiva, a un virus que, según científicos expertos, debemos ir asumiendo y asimilando poco a poco como un elemento más de las amenazas -víricas, bacterianas, etcétera- con las que, si el mundo sigue siendo mundo, nos tocará convivir. Jon Sistiaga, periodista de reconocido arrojo con el que tuve la ocasión de compartir autoría en un libro de relatos intrépidos ('Inquietos Vascones', Editorial Desnivel, 2013, varios autores), aborda en el documental de dos episodios 'Miedo' -estrenado anoche en #0- muchas facetas de esta emoción antropológica negativa a partir del miedo que ha paralizado a la sociedad en estos meses de pandemia.
Pero el miedo a causas reales o admitidas no debería existir o no debería ser miedo, sino precaución, concienciación, resolución, elaboración de planes B o C o D. El catastrofismo desatado por una divulgación deficiente de la pandemia está colapsando la vida como el primer brote de coronavirus colapsó en los meses pasados la sanidad.
El miedo, además, es una amenaza colectiva que convierte al grupo que la padece en un rebaño fácil de pastorear y se presenta como el nuevo totalitarismo, el fascismo del siglo XXI por el sometimiento que conlleva. ya que, modificando o desajustando los términos de dicho sistema de gobierno, vuelve controlador de los demás al propio ciudadano controlado.
Yo, personalmente, tengo más miedo a la mentira, a la falta de transparencia en la información, a aquello que se nos oculta, a suponer que el engaño campa por la clase dirigente como por Valencia campeó el Cid. Resumiendo: más miedo a los seres humanos que a los virus. Miedo a que por desenmascarar la mentira se labre uno la fosa de su tumba a golpe -o a dosis- de Novichok (¡ah, el horror!, que diría Joseph Conrad en boca del moribundo enloquecido Kurtz). Miedo a que con la aprobación de los Presupuestos Generales se siga sin favorecer a los más desfavorecidos. Miedo a la pobreza que dejará la pandemia. Miedo a los problemas soterrados en educación que ahora afloran visibilizados por el inicio de clases en pleno estado de alarma. Miedo al tremendismo informativo que no ve más allá de datos y cifras sin analizar, cifras que se repiten como un mantra sin el abrigo de la proporción o la posibilidad, lo que las convierte en cifras duras y frías como una chapa de acero galvanizado. Miedo a la enrevesada burocracia, más kafkiana ahora que nunca. Miedo al futuro controlado por robots. Miedo a que la vacuna sea obligatoria. Miedo a que esta columna hiera a algunos.
Pero no todo va a ser pesimismo. La buena noticia es que estamos asistiendo a una etapa decisiva, somos espectadores de un 'fin de fase', los protagonistas de lo que la periodización de la historia catalogará con un nombre que ahora solo someramente podemos imaginar, algo así como un cambio de era. Los libros de texto futuros hablarán de nuestro tiempo como los actuales hablan de la Edad Media o del Renacimiento. Y eso, se mire como se mire, no deja de ser un privilegio.
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