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Las disputas, conflictos y enfrentamientos del siglo XXI se caracterizan porque vemos su origen, pero no su fin, tal y como estamos contemplando en África, ... zonas de Asia, Medio Oriente y ahora Europa con la guerra de Ucrania. ¿Por qué decimos esto? Porque dichos fenómenos se propagan y dilatan durante años, e incluso décadas, y porque cambian sin control y se mezclan con otros, incrementando exponencialmente sus perniciosos efectos (tensiones entre países y nuevos nacionalismos, ambiciones políticas con luchas religiosas, terrorismo con narcotráfico, intervencionismo con imperialismo solapado, etc.). En este marco del nuevo orden global, los conflictos se multiplican incluso cuando se plantean asociaciones beneficiosas para las diferentes partes implicadas en los mismos.
Así está ocurriendo en la disputa que mantienen desde 2020 Bulgaria y Macedonia del Norte, en este caso sobre su «pasado común» para uno y «compartido» para el otro. Disputa en la que la primera ha vetado las aspiraciones de la segunda para entrar en la UE. Así ha sido hasta que el pasado 15 de julio el Parlamento búlgaro aprobó una moción para levantar el veto al país vecino al adoptar una propuesta de la presidencia francesa de la UE en la que aceptaba que el marco de negociación de la Unión hará referencia a los documentos bilaterales adoptados por Skopje y Sofía, incluida la comisión histórica, a la par que ofrece a Bulgaria una fórmula para evitar reconocer formalmente la existencia de un idioma macedonio separado.
El desbloqueo ha permitido a la UE abrir las negociaciones con Macedonia del Norte (candidata desde 2005) y Albania (desde 2014) para su adhesión al bloque comunitario, sumándose a Serbia, Montenegro y al eterno aspirante Turquía. El germen del conflicto es el pasado común de Bulgaria y de lo que hoy es Macedonia del Norte, que durante más de 70 años formó parte de la desaparecida Yugoslavia y durante la Segunda Guerra Mundial fue ocupada por tropas búlgaras aliadas de la Alemania nazi. Bulgaria exige a Macedonia del Norte que reconozca que la nación y la lengua macedonia tienen raíces búlgaras, y reclama que se elimine de los libros de texto y de sus monumentos las referencias a su país como «fuerza invasora fascista», ya que afirma que sus tropas liberaron a sus hermanos del Oeste. Los búlgaros consideran que los eslavos de Macedonia del Norte son en realidad búlgaros que hablan un dialecto regional del búlgaro, pero a quienes el régimen comunista de la desaparecida Yugoslavia les dio en 1944 una nueva identidad y un idioma «inventado».
Macedonia del Norte, por su parte, no acepta el revisionismo búlgaro de su narrativa nacional y el cuestionamiento de su identidad nacional. Las discusiones iniciadas en la década de los sesenta del pasado siglo sobre los sentimientos nacionales de figuras destacadas desde la Edad Media hasta el siglo XX siguen en el imaginario de sus ciudadanos. A pesar de ello, el Parlamento de Skopje, para llegar a la situación en la que se encuentra ahora, ha aceptado a regañadientes que su lengua tiene raíces búlgaras, que ambos pueblos tienen un pasado común y reconocer a la minoría búlgara en su Constitución. Cede, al igual que hizo al cambiar su nombre de República de Macedonia por el actual de Macedonia del Norte, para que Grecia eliminara el veto a la adhesión a la OTAN y a la UE (2019).
«Macedonia no existe» es una locución muy extendida en los Balcanes. Los acuerdos entre ambos países que han facilitado el inicio del proceso de incorporación a la UE de los macedonios del norte no garantizan un futuro de estabilidad, incluso cuando el país forme parte de la Unión. Recordemos que, al igual que en Bulgaria, la decisión en Macedonia del Norte se tomó frente a la feroz resistencia de la oposición y a las violentas protestas callejeras que se iniciaron a primeros de julio. La siniestra sombra de 'bulgarización' en el país impregna su cuerpo social, y los críticos y detractores del acuerdo cuestionan la sapiencia de la UE al satisfacer las afirmaciones históricas de un país miembro. Sostienen, como lo han hecho durante algún tiempo, que no tiene sentido unirse a ésta si el precio es reconocer que los macedonios étnicos alguna vez fueron, e, implícitamente, todavía lo son, búlgaros. En Bulgaria, mientras tanto, el ardor patriótico generado por el veto tardará en deshincharse, su clase política tenderá a explotarlo y la posibilidad de un nuevo veto no ha desaparecido.
En un momento en profundos cambios geopolíticos al calor de la guerra en Ucrania, las disputas históricas entre dos países menores como Bulgaria y Macedonia del Norte parecen insignificantes. Pero no debemos olvidar que incorporar conflictos sin resolver, o remendados de mala manera, solo generará mayor inestabilidad al proyecto europeo, a la par que exigirá dedicarle energías imprescindibles para recuperar el camino perdido de una Unión que debe asumir de una vez por todas el protagonismo de su existencia o desaparecer.
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