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Todos conocemos sus lentos procesos de decisión, pero tres bofetadas directas en la cara europea -Brexit, pandemia y Ucrania- han puesto a correr por la ... banda a la UE. El Brexit generó miedo a la desbandada y facilitó una posición unida en la negociación con Reino Unido. La pandemia trajo la histórica dotación de fondos comunes de recuperación e inauguró la compra conjunta de vacunas. La tercera bofetada, la invasión rusa de Ucrania, nos ha traído una sorprendente y fugaz unidad de acción en materia de sanciones, que llega incluso a cortar la importación del petróleo ruso suministrado por barco. Llegados a este punto, parecía raro apoyar militarmente a Ucrania y seguir llenando las arcas rusas, comprando su petróleo. Lo comprarán otros, como India y China; y, en todo caso, toda la industria debe reorganizarse en un mercado ya tenso, con el precio por encima de 120 dólares, augurándose cierto déficit de abastecimiento, a pesar del ligero aumento de la oferta de la OPEP.
Para complicarlo más, la dificultad para producir y transportar alimentos puede seguir empujando precios al alza. Oferta y precios de energía y alimentación y, sobre todo, su peor derivada, la inflación, aparecen como amenazadores molinos para el Quijote europeo, que puede acabar tan abollado como el manchego. La UE, tan poco ejecutiva en la vida ordinaria, se crece en la crisis y corre a zancadas, por lo que cabe plantearse, más allá de las opiniones de cada cual, si se trata de un avance sólido o de un suflé que el general invierno engullirá cuando llegue el frío.
Por ello conviene recordar de dónde venimos, porque la reacción a la invasión se va apagando cuando viajas hacia el sur y, más allá de las eternas conversaciones telefónicas de Macron, es Alemania quien marca la reacción europea cuando el nuevo canciller Scholz rompe con Merkel -que apostaba por vincular Rusia a Europa a través del gas y las relaciones comerciales- y abre una nueva política exterior de su país que anuncia poderosas inversiones en defensa. Putin defrauda la confianza de Merkel y desafía a Europa. Alemania, admiradora del alma rusa y defensora de su integración en Europa, cambia el paso, con pleno apoyo del Partido Verde. Merkel sólo rompe su silencio para avalar a su sucesor y calificar de bárbara la invasión. Han pasado cosas graves que aconsejan el cambio.
Europa le sigue con una reacción basada en valores, que puede resultar cara y que quizás nos haga volver atrás para discutir sobre cómo hemos llegado a esto, porque una parte de nuestra sociedad censura a Putin, pero endosa una buena cuota de responsabilidad del lío a los americanos. Queremos ser europeos y que nos dejen serlo, sin influencias ni invasiones, pero la vida es complicada y el mundo se ha desordenado de nuevo, con lo que la UE debe decidir si apuesta por construir una Europa autónoma para un mundo bipolar y poseuropeo, evitando la amarga crítica de Octavio Paz, quien decía que lo que unía a Europa era la pasividad ante su destino. Mientras se construye, nuestra apuesta es el atlantismo y, coincidiendo con el cuarenta aniversario de nuestra entrada en la OTAN, me pregunto si nuestro atlantismo está forjado de abajo a arriba o tiene pies de barro.
Interesante cuestión cuando seremos sus anfitriones en breve, en una reunión que, con presencia de Suecia y Finlandia, deberá tomar decisiones relevantes para el futuro, justo cuando la propia UE habla de gastar más y mejor en defensa y coordinarse para acabar con la llamada Europa de las veintisiete municiones distintas. En la misma línea, Borrell, su responsable exterior, reivindica ser una potencia militar, además de una potencia civil.
Habrá que ver si somos capaces de pagar el coste de los principios o hacemos un trueque en el camino, porque la gran pregunta es si existe, realmente, un modo de vida europeo y cómo defenderlo. Desde fuera nos ven como ciudadanos que viven en ciudades llenas de historia y oferta cultural, con animada vida callejera y equilibrio entre la vida y el trabajo. Pero si le preguntamos a cualquier ciudadano europeo medio no compartirá esa imagen idílica. De hecho, perdemos población y peso en el mundo y las clases medias perciben que sus hijos pueden vivir peor que ellos. Si trasladamos la pregunta a la UE nos dice que la esencia europea consiste en proteger a nuestros ciudadanos y nuestros valores comunes, que pueden concretarse en los propios de una democracia social de mercado con marcado liberalismo.
En realidad, se trata del binomio valor e interés, porque ambas cosas están en el tratado, cuando dice que la política exterior debe respetar nuestros valores y defender nuestros intereses. Por ello, quizás, lo que nos une a los europeos emocionalmente sea algo tan sencillo y complejo como es la forma de vivir la vida y las cosas a las que no estamos dispuestos a renunciar.
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