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De un tiempo a esta parte, ante el descenso de la letalidad del covid-19, el Estado ha bajado la guardia en la vigilancia del ... cumplimiento de las normas. En su lugar, las competencias han sido transferidas a la confianza y responsabilidad individual de los ciudadanos. Y nos ha surgido un dilema: ¿Tratamos de cumplir las normas a cabalidad o buscamos un poco de salud mental? Ambas parecen misión imposible.
Lograr la distancia social adecuada se ha convertido en una cuestión realmente compleja y llena de incongruencias. Y nos encontramos ante lo que el filósofo alemán Schopenhauer denominó el 'dilema del erizo'. ¿En qué consiste este dilema?
Por un lado, el erizo necesita de la proximidad corporal de los miembros de su especie para tener calor en su vida. Pero si se acerca en exceso, puede pinchar y generar dolor a los miembros de su tribu. En nuestro caso, está más que demostrado que hoy en día socializar demasiado es vivir al filo de la navaja: una temeridad. Es comprar demasiados boletos para contagiarse y sufrir la incomodidad de vivir siete días encerrado. Y con ello, comprar boletos para terminar en un hospital con desgracias mayores.
Sin embargo, si el erizo se aleja demasiado de los de su especie, corre el riesgo de pasar demasiado frío y sufrir en soledad. En el caso de la especie humana, este efecto es mucho más grave. Somos la especie animal más social que existe. Está en nuestro ADN. De hecho, existen interesantes estudios que corroboran la relación entre conexión social y felicidad. Por ejemplo, Nick Epley, de la Universidad de Chicago, realizó un interesante experimento con más de doscientos pasajeros de metro y autobús de Chicago. Se solicitó a los voluntarios ejercer una de estas tres funciones durante sus viajes: 1. No hablar con nadie. 2. Mantener una conversación con un desconocido. 3. Realizar el viaje como siempre (muestra patrón de referencia).
Antes del experimento, se les preguntó qué rol les generaría mayor satisfacción. La mayoría afirmaron que mejor mantenerse en soledad que hablar con desconocidos. Sin embargo, los resultados fueron diferentes. Por un lado, se observó que la gente se sentía mucho menos molesta de lo que se presuponía al ser interrumpido. Reconózcalo, cuando está en el metro, a pesar de las apariencias, usted tampoco está pensando en cosas tan relevantes. Por otro, se vio que la condición de entablar una conversación forzada, tras unos minutos, producía mucha más satisfacción de lo previamente esperado. El grado de felicidad generado era incluso superior al de la muestra patrón (los que hacían lo mismo que a diario). La gente tenía cosas más interesantes que contar de lo que el prejuicio indicaba.
La UCNets de la Universidad de Berkeley concluyó algo similar sobre las redes de conexión humana. También el famoso Martin Seligman (Universidad de Pensilvania) y muchos otros investigadores de prestigio llegaron a los mismos resultados. Es decir, todo parece indicar que la conexión social es uno de los principales factores de la felicidad humana.
Dos son las soluciones que creo que pueden ser adecuadas para salir de este dilema. Para los confinados, tener clara la diferencia entre confinarse y aislarse. No es lo mismo. Si por los motivos que fuera tuviésemos que estar confinados, no deberíamos aislarnos. Tenemos y manejamos suficientemente bien las tecnologías para activar -especialmente durante esos días- las llamadas telefónicas, videoconferencias o mensajes de texto. No se aísle (sólo como ejercicio de meditación y recogimiento).
Por otra parte, para los no confinados, la recomendación sería la de no separarnos en exceso de resto de los erizos. Aunque sea políticamente incorrecto, en ocasiones asumir un pequeño riesgo puede ser necesario por salud mental (la vida es un continuo análisis de coste-beneficio). Estar al aire libre con mascarilla y manteniendo una distancia adecuada conlleva un bajo riesgo. ¿Por qué no salir de vez en cuando a pasear o al monte con otro erizo? Sí, es un ejercicio de riesgo, pero tras dos años de mínima conexión social, necesitamos cuidar también nuestra salud mental. El hastío, la frustración y la impotencia empiezan a hacer mella importante en nuestras cabezas y el coste puede ser importante.
Como conclusión, en estos tiempos en los que el Gobierno nos ha transferido en buena medida el control y responsabilidad sobre el nivel de socialización, debemos procurar un punto de equilibrio adecuado. Ni demasiado cerca de otros erizos, ya que podemos pincharnos, ni demasiado lejos, ya que podemos perder la conexión social tan necesaria para nuestra salud mental y alegría de vivir. Como bien decía el poeta británico Lord Byron, «para tener alegría, uno debe compartirla».
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