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Luis Medina con las mascarillas, Iñaki Urdangarin con Nóos, Juan Carlos I con Arabia Saudí… ¿Por qué la gente que ya es rica quiere más? ¿ ... Por qué seguir acumulando riqueza material si ya tienen todo lo que necesitan? ¿Estarán enfermos? No lo creo. Lo que están es perdidos en este mundo. Pero lo más grave es que, a nuestra escala, quizás usted y yo también lo estemos.
¿Acaso apostar o jugar de manera vehemente a la lotería no es codicia? No estoy hablando de legalidad, estoy hablando de moral. Mejorar nuestra riqueza y bienestar material no tiene nada de repudiable, incluso genera progreso social. Sin embargo, cuando se genera de manera insistente se transforma en codicia. La obsesión por el bien material es peligrosa. Es como el agua salada, que cuanto más se bebe, más sed da.
¿Acaso usted no va a trabajar cada mañana porque le pagan? ¿Y eso está mal? Claro que no. Se trata de una motivación extrínseca. Sin embargo, si ponemos excesivo foco en ella corremos el riesgo de perder reflexión introspectiva. ¿Por qué, pasados unos meses del aumento salarial, volvemos a tener la sensación de que nos pagan poco? ¿Por qué, pasado un tiempo, su flamante coche deja de ilusionarle o ese reloj o esos zapatos tan bonitos que se compró ya no le hacen feliz? Por el efecto de la adaptación hedónica: nos acostumbramos a los bienes que amasamos. El 'homo sapiens' se aburre de su presa cuando ya forma parte de su despensa cotidiana. Necesita más para seguir siendo feliz. Y lo que es peor: compara constantemente su despensa con la del vecino, en lugar de compararse con cómo la tenía él mismo anteriormente.
Esto nos ha ocurrido desde siempre. Su próximo móvil puede que hoy le haga mucha ilusión, pero ya puede prever que, pasado un tiempo, le hará tanta como el que ahora tiene entre sus manos. Caemos una y otra vez en esa trampa. Y lo que es más grave: cada vez se agudiza más. La sociedad de consumo y narcisista en la que vivimos nos hace creer que ahí reside la felicidad. Y la realidad es que los bienes materiales nos dan felicidad, pero es muy efímera. No importa cuánto tenga, todo es poco comparado con otros más arriba. Ni se ha fijado en que probablemente tiene más bienes que el 90% de la población de este planeta (créame, el mundo es muy grande y usted vive en un país rico).
¿Y qué podemos hacer para no llegar a ser codiciosos? Desarrollar una mayor vida interior. Ser conscientes de que está muy bien tener motivaciones extrínsecas, pero reflexionando sobre el efecto de la adaptación hedónica. Las motivaciones humanas se vienen estudiando con especial profundidad desde que, en los años 60 del siglo pasado, Abraham Maslow formuló su famosa pirámide de las necesidades humanas. Estudiosos como McGregor, Herzberg o McClelland indagaron mucho en este terreno. Y hoy se considera que existen otros dos tipos de motivaciones más: la intrínseca y la trascendente.
La motivación intrínseca surge en mi interior y me da crecimiento personal o profesional. Es aquella por la que el individuo trata de ser su mejor versión. Formarse, aprender, poner empeño en el trabajo bien hecho son algunos ejemplos de este tipo de motivaciones humanas. Se trata de un tipo de motivación más estable y duradera que la extrínseca. En el trabajo se detecta fácilmente a ese tipo de personas. Es el carnicero que no trabaja solo por dinero, sino por la satisfacción por el trabajo bien hecho. Es la señora de la limpieza que barre hasta en las esquinas, es el ingeniero que analiza hasta el último detalle porque le gusta lo que hace, o el aficionado a la natación que acude un día y otro a la piscina porque sabe que estar en forma le ayudará a crecer como individuo.
Finalmente, tenemos la motivación trascendente, que también surge en mi interior, pero en este caso el bien no es para mí, sino para terceros. Está unida a conceptos muy poco de moda como sacrificio, sentido de vida o propósito.
Si tiene mucha motivación trascendente (todos podemos tener de todas, pero en diferente proporción) prepárese para que le llamen 'raro' (si no tonto). «¿No te das cuenta que se están aprovechando de ti?», escuchará en ocasiones. Sin embargo, son personas con una felicidad interior mucho mayor que el resto. Es el carnicero que sonríe y agradece a su cliente, es la jefa que se deja la piel por hacer crecer a sus colaboradores… Quieren dejar un legado en su entorno. Personas que tienen un entendimiento superior de cómo debería progresar un mundo de bien.
Mandela decía que su madre se lo expresó brillantemente cuando era pequeño: «Hijo mío, cuando mueras te vas a encontrar tres tipos de personas: los que dejaron el mundo peor de lo que estaba, los que lo dejaron como estaba y los que lo dejaron mejor de lo que estaba. Plantéate cuál de ellos quieres ser».
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