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En el mitin de cierre de campaña de las presidenciales francesas de 2007, el conservador Nicolas Sarkozy contrastó dos clases de opositores. En el primer ... grupo entraban históricos socialistas como Jean Jaurès o Leon Blum, convertidos con el paso del tiempo en padres de la patria. En el segundo, sus contrincantes del momento, estaba aquella nueva izquierda sesentayochista, calificada de inmoral y cínica, entregada a un antiautoritarismo que subvertía todo tipo de normas hasta dejar el campo libre al capitalismo especulador. «Si no hay reglas, si todo vale, se prepara el terreno para un capitalismo sin escrúpulos y sin ética», afirmaba el futuro presidente galo.
Construir la imagen del contrincante es necesidad básica de la lucha política: determina las características del oponente, focaliza sobre él los ataques y define por la inversa los valores propios alternativos. Hoy se enfrenta a nuestros históricos socialistas, como Felipe González o Alfonso Guerra, con los oponentes actuales, con Sánchez al frente, olvidando la demonización que sufrieron aquellos, ahora también convertidos en otros padres de la patria. ¡Qué diferentes aquellos gobernantes de los 80 y 90, auténticos estadistas, de los oportunistas posteriores, de Zapatero hasta hoy! Tal es la liturgia y el relato constructor del enemigo presente, que repite mecánicamente los de otros tiempos, de Azaña a Largo Caballero.
Del revés ha sido similar el proceso, aunque personaliza menos, salvo cuando contiende con poderes o caracteres fuertes, de Franco a Fraga o Aznar. Las izquierdas, siempre más abstractas, demonizan ideológicamente y a cada poco amenazan como el pastorcillo del cuento con el regreso de lo peor de la derecha: la amenaza a las libertades o el eterno fascismo. En las elecciones de 1996 pasearon aquel dóberman que representaba el peligro del regreso de aquella al poder; luego han acudido a fórmulas no tan zoológicas, pero tan aleccionadoras y preventivas.
El antisanchismo presente encuentra su veta propicia en dos ámbitos. El primero sirve para hacerse hueco en las filas de la izquierda más clásica. Tiene que ver con la agenda política introducida por Zapatero en 2004 que, además de atender a aspectos económicos, correctores de la desigualdad, insistió en otros inmateriales, de la memoria histórica a los derechos de nuevos grupos o las preocupaciones identitarias (el matrimonio entre homosexuales), y la sensibilidad con diversas problemáticas (la Alianza de Civilizaciones).
Ahora lo vemos todo con naturalidad, pero en ese tiempo generaron incomprensión en las filas propias, aprovechada como oportunidad por el oponente para acusarle de guerracivilista, inmoral o cínicamente blando. En circunstancias bien distintas, ese esquema lo ha seguido y aumentado Sánchez, con similares resultados. Incluso peor: ahora esas novedades de agenda las auspicia también otro grupo aliado que le disputa la paternidad de los avances y le comparte las consecuencias de los desaciertos. En todo caso, antes y hoy, una agenda izquierdista radical rechina entre parte de un electorado educado desde los tiempos de Felipe y Guerra en la eficacia de los logros progresivos, en línea con la socialdemocracia tradicional. Todo un cambio cultural.
El segundo ámbito no explota tanto las contradicciones del contrario, sino que lo trata de dibujar negativamente para disminuirle como oponente. Regresando a aquellos valores que citaba Sarkozy, se describe a Sánchez como personaje siniestro, por cínico y solo interesado en aferrarse al poder, otra acusación clásica. En ese empeño, habría puesto en cuestión los pilares del Estado de Derecho, al mercadear favores y privilegios con grupos a los que necesita para sostenerse en el Gobierno, y cuya naturaleza antiespañola y contraria a ese mismo Estado complica todavía más que se les tenga por provisionales aliados.
Sánchez aparece como un peligro para la continuidad misma de ese Estado, tanto en términos de respeto a su juego de contrapoderes institucionales como a su propia naturaleza nacional, identitaria. Aunque no es el objeto principal, también en este apartado se puede lograr que se resienta el apoyo de las bases electorales de izquierda al presidente porque sus votantes más clásicos (y más maduros) son más sensibles a esas dos cuestiones: la continuidad del Estado y de la nación española.
La estrategia, en fin, contribuye a polarizar la política nacional al presentar al personaje como amenaza, como lo peor que ha pasado por aquí en los últimos ochocientos años (Abascal dixit). Eso le debilita como opción, pero solo entre los declarados enemigos (las derechas) y entre una parte de los suyos, que en su mayoría se limitarán a abstenerse y los menos a cambiar de voto. Por el contrario, el antisanchismo asienta también una referencia sólida que, por rebote de acusaciones, genera otros tantos apoyos y coloca al presidente como pieza fundamental de ese conglomerado de izquierdistas. El propio odio que despierta en esas derechas se traduce en argumento para ese izquierdismo sin necesidad de más explicaciones. Los enemigos de mis enemigos son mis amigos, y el que más les desazone será mi líder. Así están las cosas.
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