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Corren tiempos muy extraños. La pomposamente llamada 'nueva normalidad' trae vientos de desasosiego que hacen florecer todo tipo de teorías conspiranoicas (las vacunas con células ... de fetos, las conjuras para dominar el mundo a través de la implantación masiva de microchips, el delirio que hermana a populistas, cardenales y estrellas del pop) y de líneas de pensamiento sobre el incierto futuro de la alienada Humanidad. ¿Se reinventará el comunismo como sostiene el esloveno Slavoj Zizek tras lo que considera «una patada a lo Kill Bill» del virus al capitalismo? ¿O, una vez digerido el trauma inicial, los fundamentos del sistema y la imparable globalización saldrán reforzados?
Son tiempos de preguntas sin respuesta, de zozobra, terreno abonado para la reedición de viejas revoluciones como la lucha contra la segregación racial que menudean incluso allí donde parecen forzadas y extemporáneas. La angustia vital ya no se combate con prozac sino derribando estatuas de Cristóbal Colón. Tiempos raros, lo dicho. También en España, donde la liquidez política y social se manifiesta en un renovado cuestionamiento del sistema, al que ayudan, y de qué manera, los presuntos desmanes de las altas instituciones del Estado, aunque vayan acumulando años y sean cosa prescrita o inviolable.
El 'shock' del confinamiento puso lógica sordina a la renuncia de Felipe VI a la herencia de su padre. Pero la nueva normalidad es tan nueva que da alas a la Fiscalía Anticorrupción para investigar al emérito. Y en esas estábamos cuando se desempolvan los papeles de la CIA para resucitar el debate sobre el 'señor X' de los GAL, que ocupaba las portadas hace un cuarto de siglo. Es curioso comprobar cómo algunos se suben ruidosamente al carro para enredar e insistir, como Arnaldo Otegi, en que las cuentas en Suiza, las torturas y el terrorismo de Estado, en esmerado 'totum revolutum', dan la medida del fracaso de la Transición. Nada dice de su aún inacabada transición democrática y de la resistencia a condenar los crímenes de ETA.
Aun así, el planteamiento entronca con la crítica al «régimen del 78» que ha vertebrado el discurso de Podemos desde sus inicios o con la polvareda que levantó el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, al hablar en la tribuna del Congreso, hace solo unos días, de «crisis constituyente». ¿De verdad alguien quiere aprovechar la pandemia para cambiar el modelo hacia otro de inspiración, digamos, venezolana? Basta escuchar la respuesta que dio ayer Podemos a la pretensión de que el Congreso investigue los GAL. No merece la pena remover las miserias de sus socios por un informe hecho con recortes de periódico. Eso viene de un partido que se jacta de haber superado la «adolescencia» y los límites salariales para sus cargos ahora que está en el poder. Y sucede en un Congreso en el que finalmente solo un diputado, Odón Elorza, ha renunciado a las dietas cobradas durante el confinamiento. ¿Revisionismo «gagá» como dice Cayetana Álvarez de Toledo? ¿Evolución del modelo social? Me apunto más bien al paradigma Julio Iglesias. Que al final, la vida sigue igual.
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