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La pandemia del coronavirus ha tenido un efecto disruptivo en el relato político y en los roles que cada uno se había autoasignado antes de ... que el miedo y las prisas empezaran a guiar los pasos de casi todos. Por ejemplo, no deja de resultar asombroso que el único aplauso entusiasta con el que contaba el Gobierno PSOE-Podemos para la versión original –y más dura– del decreto que echaba el cerrojo a la economía productiva fuera el de Quim Torra, EHBildu y dos presidentes autonómicos del PP. El mundo al revés. Seguramente, el presidente de la Generalitat ya intuía la que se le venía encima cuando se colocó el primero de la fila para exigir medidas drásticas. Posiblemente, tampoco esperaba que Sánchez fuera a adoptarlas. Y es verosímil que ni el propio presidente supiera a ciencia cierta que iba a hacerlo cuando le aseguró a Aitor Esteban que no pensaba dar la orden. Tan escaso era el convencimiento en Moncloa que la interpretación flexible que el Gobierno ha asumido después implica pocos cambios respecto a la situación de partida.
Sirva esto para hacer notar que la situación más grave que ha vivido el país en su historia reciente está haciendo aflorar en los partidos una tendencia irrefrenable a lo que vulgarmente se conoce como dar palos de ciego. Decir una cosa y la contraria. Caer en contradicciones. En sobreactuaciones y escapismos que parecen lejos de la altura de miras que el desafío requeriría. Veamos.
En Euskadi, la oposición se apresuró ayer a 'calentar' la comparecencia que el lehendakari protagonizará hoy en una versión reducida y telemática de la versión ya reducida de por sí del Parlamento. La marcha atrás de Nadia Calviño en el 'apagón' de la industria tras presionar el PNVpor tierra, mar y aire sirvió para que toda la izquierda resucitara esa sospecha, que nunca ha dejado de agitarse desde ELAy LAB, de que existe una confluencia de intereses entre el lehendakari y la patronal vasca. En Podemos, Miren Gorrotxategi acusó al PNV y a Confebask de elegir «entre la bolsa y la vida». Obviando que Pablo Iglesias no ha levantado una voz más alta que otra, al menos en público, para corregir a Calviño. ¿Quiere decir acaso que su sigla comparte Consejo de Ministros con peligrosos neoliberales?
EH Bildu, al tiempo que exige reducir la actividad económica al mínimo, considera antidemocrático que el Parlamento vasco funcione también al ralentí. El PNV no se libra. En Euskadi esgrime el Reglamento para limitar las funciones de la Diputación Permanente y en Madrid se alía con el PPpara aplicarle un correctivo a Sánchez y convocar una comisión contra el criterio de los servicios jurídicos del Senado. ¿Y el PP? Dice que en Moncloa manda Podemos pero que apoyará lo que haga falta para que España vea que son responsables. De locos. Cada vez son más las voces que exigen un diálogo serio y cabal para consensuar respuestas coordinadas a lo que aún nos espera. Que no llegue demasiado tarde.
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