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El Congreso aprobó ayer definitivamente la reforma de la ley del aborto y la ley 'trans'. Se diría que lo novedoso, lo histórico, es la ... segunda ley. Sin embargo, la ministra de Igualdad apostó por la primera en el plano simbólico y lució en la muñeca un pañuelo verde. Es el emblema de la lucha por la legalización del aborto que se popularizó en Argentina en 2018. Para entonces, habían pasado treinta y tres años desde que se despenalizó el aborto en España y ocho desde que se permitió el aborto libre en las catorce primeras semanas. Era como si la ministra no llevase anudado un pañuelo, sino una ucronía. Luego te fijabas y veías a algunas parlamentarias con sus pañuelos verdes. Pero en ningún lugar del hemiciclo había más tela verde que en la chaqueta en tono corporativo de una congresista de Vox.
Esa sensación de irrealidad es cada vez más frecuente en el Congreso. Ayer la ley trans confirmó la fractura del feminismo y abrió por las bravas puertas, como la de la libre autodeterminación de género en el Registro, que no se sabe adónde llevan. Sin embargo, en lugar de cargados de cautela y argumentos, sus impulsores subieron a la tribuna para competir en emoción, lanzarse elogios por jugarse al parecer la vida y presumir de compromiso y humildad de un modo característicamente digital. Es una evidencia que aflora a cada rato. Cuando se aprobó la ley de Bienestar Animal sin contar con los veterinarios, la ministra de Asuntos Sociales se refirió con insistencia a los vídeos crueles de internet. «Nunca más», decía. Como si no se legislase para intervenir con precisión en la realidad, que es infinita y compleja, sino para hacerlo de un modo justiciero y demiúrgico en la versión de la realidad mínima, emocional y maniquea que son las redes.
Todo esto pesa como una broma inquietante cuando se le advierte al mecanismo el cálculo político y de la fricción brota el sarcasmo. Sucedió ayer, que hubo risas pendencieras cada vez que la ministra de Igualdad decía «niños, niñas y niñes». Y eso que lo decía bien y cada vez es más difícil desdoblar. Yolanda Díaz estuvo a un milímetro de decir «señorías y señoríos». Pero es que cada vez es más difícil todo. Joan Baldoví mejoró ayer bicondicionalmente la ley del 'solo sí es sí' bautizándola como 'ley del solo sí es solo sí'.
Osakidetza
Cuando decimos que dependemos de la informática para todo, solemos incluir en ese todo cosas fundamentales como la consulta a Google y el almacenamiento de fotos, pero no las pruebas médicas y las operaciones quirúrgicas. Dicho de otro modo: no es lo mismo que se te caiga a ti la red de casa y te arruine un partido del FIFA, que se le caiga a Osakidetza y lo que se arruine sea una programación de consultas e intervenciones. Sucedió ayer. Una avería informática generalizada. Y los médicos se quedaron de pronto sin acceso a un sistema en el que están, por ejemplo, los historiales de los pacientes. Así que dejaron de operar. Mejor, claro. Un cirujano no puede transmutarse en peluquero y preguntarte qué te apetece que te haga. ¿Algo nuevo para cambiar? Parece que el daño informático fue serio y que las peores situaciones se vivieron en Urgencias. Hasta donde se pudo, ayer la medicina vasca se volvió analógica.
Deporte
Empezamos llamando 'footing' a lo que en inglés llamaban 'jogging' antes de que todos lo llamaran 'running'. Comenzamos mal, quiero decir. Y eso que don Fernando Lázaro Carreter propuso utilizar 'carrerilla salutífera' en vez de 'footing', alegando que los muchachos de la Institución Libre de Enseñanza ya trotaban por el Guadarrama sin necesidad de anglicismos. El maestro no llegó a leer 'pool bike' o 'jumping jack'. Menos mal. Podríamos sustituirlo en su honor por 'piscicleta' y 'salto de tijera', eso es, como en los campamentos de la OJE.
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