
Melodía culpable
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La vicepresidenta primera mantiene lo que no dijo sobre el 'caso Alves'María Jesús Montero definió el sábado la absolución del futbolista Alves como una vergüenza y lamentó que la presunción de inocencia prevalezca sobre el testimonio ... de «mujeres jóvenes que denuncian a personas poderosas». Lo hizo en un acto del PSOE racial y huracanada, incontenible, echando el mentón por delante y moviendo el brazo izquierdo como un karateka que alternase el dedo índice del reproche milenario con el puño cerrado del panda taxativo. A Montero la gente le aplaudió. Serían los nervios. No todos los días ve uno a la vicepresidenta primera del Gobierno llamando a gritos a pasar por encima de un derecho fundamental recogido en la Constitución.
Hay que denunciarlo sin ambages: la deriva iliberal de Donald Trump es preocupante.
Volviendo a Montero, sus declaraciones consiguieron motivar una nota conjunta de todas las asociaciones de jueces y fiscales. Y ayer la vicepresidenta rectificó, o sea, reconoció que la culpa es del PP. A continuación, propuso una fórmula fascinante: «Lo que quise decir y mantengo…» Si le dan la vuelta, se entiende mejor: «Mantengo lo que no dije». Tras el imposible lógico-semántico, llegó la excusa en forma de rechazo al cuestionamiento de las víctimas del machismo. No coló.
El PP pide la dimisión de María Jesús Montero por cuestionar el principio democrático de la presunción de inocencia y hasta la portavoz del PSOE pareció sugerir ayer que la vicepresidenta podría haberse explicado mejor. El problema no es sin embargo la letra sino la melodía enfática, trepidante, polarizadora y demagógica que el Gobierno de Pedro Sánchez tomó de Podemos, antes de deshacerse de Podemos, como se adquiere una tecnología ganadora. En cierto modo, María Jesús Montero solo se ha dejado llevar por la música que distingue a un Gobierno que sobrevive a la ofensiva, maneja el relato para mantener al país electrizado y tiene ministros que acusan día sí y día no a los jueces de prevaricar y ministros que se expresan cada tarde, con toda premeditación, como auténticos matones. Ninguno de ellos pareció salir ayer a defender a su vicepresidenta. María Jesús Montero podrá hoy mirarlos en el Consejo de Ministros y preguntárselo liberando el brazo karateka: «¿Pero de verdad, chiquillos?»
Francia
La condena a Marine Le Pen por malversar fondos públicos poniendo falsos asesores en nómina del Parlamento Europeo conlleva una inhabilitación que aleja a la candidata del Frente Nacional de las elecciones de 2027. El partido de ultraderecha se queda así sin su principal activo electoral, pero a cambio puede redoblar su retórica victimista y antieuropea con resultados imprevisibles. Que la estrategia va a ser esa y que rebasará las fronteras de Francia lo demostró ayer Viktor Orbán no tardando un segundo en adoptar el lema 'Je suis Marine'. Recuerda a los atentados de 'Charlie Hebdo' y eso demuestra la naturaleza perversa del movimiento. Su alcance lo demuestra en cambio Rusia. Con su aspecto de severo revisor de billetes en el trolebús de Novosibirsk, el portavoz del Kremlin Peskov denunció ayer la creciente tendencia europea a «pisotear los principios democráticos». Le he estado dando vueltas e imagino que el problema Peskov lo tiene con el pisoteo. En Rusia los principios democráticos no se pisotean. Se caen solos por las ventanas. A los principales demócratas se los persigue, se los envenena y se los deja morir en alguna prisión perdida en lo más profundo de Siberia. Pero sin pisotearlos, al parecer.
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