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Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, la Organización del Atlántico Norte encadena tantas crisis que ha llevado al presidente francés, Emmanuel ... Macron, a declarar su «muerte cerebral». Acusado de provocador y escaso de tacto en el método -unas declaraciones a 'The Economist' molestas para Estados Unidos y Rusia-, las reacciones suscitadas en Bruselas y entre los aliados europeos muestran que el efecto buscado se ha logrado: salimos de la parálisis. La cumbre de la OTAN de Londres clausurada ayer ha puesto de manifiesto las serias diferencias y tensiones internas. ¿Relanza Macron la idea de 'una verdadera Armada europea'? José Borrell, alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores, dice en 'Le Monde' que hoy no existe alternativa al Tratado Transatlántico, pero «Europa debe aprender el lenguaje de las grandes potencias y avanzar con determinación en sus propias capacidades de defensa».
Hace un año, Angela Merkel fijaba las prioridades de su final de mandato en su último discurso en el Parlamento de Estrasburgo. En un claro acercamiento a la autonomía estratégica europea propugnada por Emmanuel Macron, la canciller alemana apeló a la constitución de una «verdadera Armada europea que complementase la OTAN sin poner esta estructura en cuestión. La época en que podíamos contar con otros sin problemas se ha terminado». Aludía Merkel a los vaivenes de Trump respecto de una defensa común y a sus discrepancias sobre la financiación.
La «iniciativa europea de intervención» promovida por Francia hasta aquí era acogida con mucha prudencia en Alemania. Los recientes acontecimientos vinculados a la guerra de Siria acucian las relaciones euro-estadounidenses. En Bruselas, como en Berlín, el tiempo se escurre con la ilusión de que en 2020 Trump desaparecerá de la presidencia norteamericana y todo volverá a su orden. Macron no cree en este regreso al pasado. Bien al contrario, estima urgente reforzar esta Europa que EE UU vapulea ante el ascenso chino y su extraña amistad con Rusia.
El debilitamiento de la OTAN no es exclusivo de la Administración Trump. El vuelco se produjo hace diez años. Según Macron, es imputable al presidente Barack Obama con su idea de 'yo soy el presidente del Pacífico'. Washington trasladó su centro neurálgico hacia el este desentendiéndose como garante último de un proyecto mantenido sobre los valores occidentales desde 1945. El primer traspié, no obstante, es del 31 de agosto de 2013 cuando Obama renunció a la amenaza sobre Bashar el-Asad de intervenir en Siria si empleaba armas químicas contra su pueblo. Gaseó, la línea roja palideció y los aviones franceses -incapaces para una intervención en solitario- nunca despegaron. Hasta ahora el Pentágono mantiene su influencia en el continente empujando a los veintiocho aliados a una profunda adaptación presupuestaria, operativa y militar. La cumbre de Gales, septiembre de 2014, activaba el plan de 'reactividad' contra la amenaza rusa tras la anexión de Crimea exigiendo a los países miembros la aportación de un 2% de sus PIB en el plazo de diez años y la creación de una coalición para terminar con el Estado Islámico.
«Retomar el control de la Alianza es vital para nuestra seguridad», afirma la canciller Merkel desvinculándose esta vez de «las manifestaciones radicales» de su homólogo francés. Reconoce problemas, pero ¿cómo reaccionar ante Trump? Las evidencias prueban que la OTAN como sistema no controla a sus miembros: cada uno hace lo que quiere. Desde su primer encuentro en 2017, Trump reprochó a 23 socios que «no pagan lo que deben». La exigencia estadounidense de aumentar los presupuestos de Defensa de los países europeos está motivada tanto por la dimensión comercial como por la de compartir la carga. Siendo sinceros, la ministra francesa de Defensa, Florence Parly, lo explicó en Washington el 18 de marzo 2019: «la cláusula de solidaridad de la OTAN se llama artículo 5, no artículo F-35», en referencia a la compra de aviones estadounidenses por parte de las fuerzas aéreas belgas.
Los ataques de Trump a la OTAN han minado la confianza en la seguridad colectiva. En diciembre de 2018, en Twitter, anunció la retirada de Siria de 2.000 soldados proclamando: «Ya hemos vencido al EI». Sorprendidos los miembros de la coalición, la ministra Parly recordó a los estadounidenses las reglas de juego: «Si llegamos juntos, nos vamos juntos». Consiguió de Washington la permanencia de unos centenares de hombres. En agosto de 2019, Trump abandona el tratado sobre las fuerzas nucleares intermedias trasladando la responsabilidad de tal decisión a Rusia. El 6 de octubre retira el resto de sus fuerzas del norte de Siria dejando el mando en plaza al presidente turco. Los kurdos, aliados de la coalición internacional en el vencimiento del Estado Islámico, son traicionados por EE UU. De nuevo franceses y británicos se ven impotentes. «Golpe dramático», declara Macron.
¿Dónde queda la credibilidad militar de Francia, de la OTAN, visto el proceder de Turquía, un miembro más del Tratado Transatlántico? ¿Qué futuro tiene el artículo 5, fundamento del Tratado de Washington de 1949 según el cual un ataque contra un aliado implica la respuesta solidaria de todos?
Las crudas palabras de Macron, su apuesta por «la soberanía militar de Europa», van más allá de la OTAN. Las actuales relaciones de fuerza con Estados Unidos, China, Rusia u Oriente Medio y la extensión de la UE hacia los Balcanes precisan una reconsideración profunda del Tratado Transatlántico, pero alejada de la perspectiva comercial armamentística de Trump.
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