
Rafael Nadal consumó ayer su proeza en el Open de Australia y lo hizo como siempre y como nunca, llevando al límite ese tenis genuino ... que reviste el talento con un temple psicológico, una fortaleza de ánimo y una confianza en sus posibilidades que lo transforman en casi imbatible. En la pista central de Melbourne, adonde llegó dolorido pero pletórico cuando casi nadie le esperaba ahí al comienzo del torneo, el tenista más laureado de la historia y el mejor deportista español conquistó su 21º Grand Slam en un partido tan excepcional que se inscribirá en la memoria colectiva de los aficionados y de quienes, simplemente, se rinden ante la leyenda. El deporte es, desde la Antigüedad, sinónimo de épica: importa ganar pero también, o sobre todo, cómo. Ayer, Nadal se aupó en el olimpo tras un duelo infartante de cinco horas y 24 minutos contra un adversario digno y temible como Daniil Medvedev; después de sobreponerse, en una remontada inédita en Australia, a dos primeros sets en contra; y azuzado por una competencia hercúlea con Roger Federer y Novak Djokovic, dos rivales cuya envergadura no hace más que abrillantar la gesta de Nadal. El tenista balear, a sus 35 años y lastrado por una lesión que le había hecho sopesar la retirada, vino ayer a retarse a sí mismo y salió agigantado. En tiempos en los que el edadismo tiende también a desahuciar a los deportistas veteranos, su triunfo representa un canto a la experiencia, la sabiduría, la resistencia y el amor propio.
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Un aire de romanticismo, de justicia, sobrevoló ayer la superficie rápida del Rod Laver Arena. El sufrimiento y la luz con que Nadal ha vencido -un realce del carácter que le ha llevado a ser admirado mas allá de las canchas de tenis- constituye el mejor reverso que cabía imaginar para un torneo que se abrió con la exclusión de Djokovic ante su sonrojante negativa a vacunarse. Y que trasciende las pistas australianas al amplificar la grandeza del deporte como potencial catalizador de las actitudes más valiosas -la pelea limpia, la elegancia en la victoria y en la derrota, la humildad compatible con el orgullo, la capacidad de superación ante las dificultades- que también son ejemplo de vida. Nadal se ha hecho legítimo acreedor de una catarata de elogios. Alabanzas que le encumbran como un símbolo en un país cuyo compromiso con lo que puede aportar la actividad deportiva al bien común continúa situándose por debajo de las prestaciones de algunas de sus estrellas. Como las de un Nadal que ya es eterno.
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