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No hace tanto, el día de la madre era para mí una fecha de celebración vertical: siempre remontándome hacia arriba en el árbol genealógico, felicitaba a mi propia madre, a la de alguna hermana postiza que durante años ejerció como segunda de a bordo y, como mucho, a mis abuelas, origen primero de todo cuanto vino luego. Sin embargo, una va creciendo -envejecer, ya lo dijo el poeta, es el único argumento de la obra- y, de un tiempo a esta parte y progresivamente, he empezado a festejar en horizontal un día que ya no solo me pertenece como hija. Nos damos cuenta del paso del tiempo cuando, a nuestro alrededor, empiezan a florecer niños donde antes solo había juergas hasta el amanecer, partidos de baloncesto y discos de Quique González. Ahora tengo la fortuna de tener cerca a otras madres, mis amigas, que han tenido las agallas de traer una persona al planeta en un tiempo convulso, precario y ególatra; y han contribuído así, con su pincelada de vida, a que vuelvan aquellos días azules y aquel sol de la infancia.

Al final, la gran escala tiende a concretarse para volverse comprensible, y en mi universo minúsculo las nuevas madres, todas las del mundo, son mis amigas. Por eso tengo tantas esperanzas depositadas en las generaciones que vienen: porque no puedo evitar pensar que los niños que crezcan con su ejemplo fuerte y luminoso al lado serán, por fuerza, unos adultos justos, entusiastas y felices. Esas otras madres -que, por si no lo he dicho ya, son mis amigas- garantizan que sus hijos, que son para mí todos los críos del mundo -Pablito, Sofía, Olivia, Noel, Telmo, Mabel, Emma, Eiden, León, Rubí y el recién aparecido Gustavo-, construyan para sí mismos un futuro digno de ellas.

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