
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Entre los diferentes momentos del ciclo anual de las viñas uno de los menos apreciados, injustamente, llega después de la vendimia. Es la hora de mirar al suelo, quitar malas hierbas y darle el aporte de abono y fertilizantes que ha ido perdiendo mientras alimentaba la vid para que diera fruto. Las cepas se acercan al parón vegetativo y dentro de poco recibirán, donde proceda, los tratamientos contra las plagas. Toca arreglar las conducciones y acometer el aclareo, que elimina los sarmientos que no prosperarán el año que viene. Hay que medir las fuerzas para recoger el mejor fruto.
La Ribeira Sacra es un buen lugar para disfrutar de este momento. Situada al sur de Lugo, entre los cuencas del Miño y Sil, con parajes de espectacular belleza, como el Cabo Do Mundo, un meandro del primero de ellos. Sus terrazas forman parte de la Denominación de Origen Ribeira Sacra, creada hace sólo 20 años en unas tierras donde los romanos ya cultivaban vino. Es quizá el tinto más conocido de Galicia, aunque muy lejos de otras denominaciones donde impera el ribeiro y el albariño. Un 80% de la producción de Ribeira Sacra son de uva tinta y el 20% blanca. Adegas Moure está ubicada en Cabo do Mundo y es una de las más bodegas más conocidas de esta denominación, aunque la mayoría recuerda mejor el nombre de sus vinos: Abadía da Cova. Son suyas algunas de las terrazas de estas tierras. «Antes elegíamos las zonas más soleadas y ahora algo menos porque las temperaturas son más altas y ya se logra la graduación suficiente con menor exposición», explican. Donde llega menos sol, como en algunas parcelas de albariño, recurren al emparrado para aprovecharlo al máximo. Como sucede en el Priorat catalán, las máquinas sirven para poco en la vendimia de estas terrazas. Siempre se trabajó con animales, que subían los cestos de uva a las zonas superiores.
Dicen por aquí que el Miño es un río «más vivido» que el Sil. El segundo quizá sea más célebre por sus cañones y los catamares que lo recorren, pero hay más vecinos en esta cuenca. El Sil tiene suelos pizarrosos y el Miño graníticos, de esquisto y arcillosos. «La vendimia ha sido corta pero de gran calidad», valoran. La variedad predominante es la mencía, al igual que en el cercano Bierzo. «Estamos haciendo un trabajo de recuperación de variedades autóctonas, como el 'blanco lexitimo', vencellao y caiño«. Hay garnacha tintorera, la única uva tinta de pulpa coloreada. Es fácil perderse en ese universo de hojas verdes y rojas de las parcelas.
La zona tiene historia, parajes y gastronomía para satisfacer a los más exigentes. Hay opciones para todos los gustos y bolsillos, incluido el pazo más grande de Galicia, Pazo Sober. Tiene unos 4.000 metros cuadrados y tres alturas, lo rodean jardines versallescos de otros 20.000 metros cuadrados donde cabe incluso un estanque y su puente de piedra. Algunos remontan sus orígenes al año 740 y hay mil leyendas sobre él. El caudillo de la revuelta irmandiña -una suerte de guerras banderizas a la gallega- Diego de Lemos, destruyó en el siglo XV su torre mientras luchaba contra su propio padre, el conde de Lemos. Su castigo, una vez que fracasó, fue reconstruir la torre piedra a a piedra. Otra historia sitúa aquí a Fernán López, de quien se dice que rescató a 12 de las 100 doncellas que habían sido secuestradas por Mauregato de Asturias. La familia estampó entonces en su escudo de armas en los 13 roeles sobre fondo rojo para conmemorar la hazaña. Uno de esos blasones pude verse todavía gracias a que el Pazo Sober ha reabierto sus puertas hace unos meses con 4 estrellas y 43 habitaciones. Tras una breve etapa reciente como hotel de lujo que acabó en la quiebra con otros gestores, estuvo cerrado hasta el año pasado, cuando la cadena Eurostars lo adquirió y reformó. Techos altos de madera, muros de piedra y grandes ventanales, unas vistas privilegiadas y un gran spa son algunos de sus encantos. Lo rodea un muro medieval y se conservan en el interior algunos vestigios de su historia.
Queda a tiro de piedra de Monforte de Lemos, donde el colegio de los Escolapios es conocido como el 'Escorial gallego', un edificio que comenzó a levantarse en 1593 y que guarda en sus entrañas un impresionante retablo de madera esculpido por Francisco de Mour. Los atractivos de Ribeira Sacra parecen no acabarse nunca. Al igual que los motivos para hacer una visita.
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