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Ser nieto de 'Sandiós', aquel hombretón que junto a su hijo 'Guadaña', segaba el campo del viejo San Mamés y lavaba y tendía en alambres las camisetas de los jugadores del Athletic, es una de esas cosas que imprimen carácter. Tal vez por ello el local que regenta el nieto de Jesús Gojenuri 'Sandiós' transpira fútbol por cada una de sus poros.
Vemos la foto de la gabarra abarrotada cual patera rojiblanca surcando la Ría. Un golazo de Lizeranzu (¡el 3.000!, que dio una Liga en testarazo inmortalizado por la cámara de Cecilio hijo) en la vieja catedral del arco encabeza el cartelón de los bocadillos con precios que parecen de otra época. En las paredes se suceden los recortes de EL CORREO y los dibujos chirenes de K-Toño junto a históricas imágenes de glorias pasadas. En una foto coloreada aparecen Iriondo, Panizo y Zarra vestidos con la camiseta roja y los cuellos blancos (temporada 55/56) de la Sociedad Deportiva Indautxu, por la que aquí se profesa auténtica devoción. Asomarse a la bodeguilla Indautxu es como entrar en un túnel del tiempo.
La clientela, donde, como en los estratos geológicos, se superponen distintas eras y edades, está conformada por un público fiel y entregado a la causa. Como dice el propietario Fernando Ezpeleta Gojenuri (55) «hay clientes que llevan más tiempo en la bodega que yo, que empecé a trabajar aquí cuando volví de la mili, con 20 años. Ahora atiendo a los hijos y a los nietos de quienes venían hace cuarenta años». La Bodega Indautxu abrió en 1945 y es un vestigio, un recordatorio de que había y hay otra manera de entender ese arte que es confortar los cuerpos y refrescar los gaznates del personal. Y, además, pegado al trasiego de Pozas y García Rivero.
«Mis abuelos tenían el txakoli de la Misericordia, que se derribó en 1954, donde vendían vino y alguna cazuela, además de cuidar San Mamés y de lavar las camisetas de los jugadores. En 1945 vinieron aquí y montaron la bodega, con mi abuelo en la barra, sirviendo vinos en porrón o en cafeteras esmaltadas. Mi amama Lali se ponía en una esquinita y allí vendía karramarros, caracolillos y nécoras. Detrás tenían barriles de vino para rellenar. Tinto, blanco y claro, sin tonterías. Recuerdo, de cuando venía a visitarles, que siempre había gente mayor, todos hombres. Y todos vestían igual, con gabardina y paraguas. Las mujeres entonces no entraban solas en los bares, cuando ahora, por las tardes, hay más que hombres», sonríe.
Hablamos a pie de barra, frente al mostrador donde brillan bajo el arco de cristal los triunfos de la casa: las anchoas rebozadas (1, 10 €) que sirven con pimiento verde (1,60 € entonces) y que la clientela encarga y se lleva por docenas; el humilde pincho de jamón y queso (2 €) al mismo precio que los boquerones que congelan dos días, la jugosa tortilla de patata con cebolla que acaba de sacar a barra Elpi, una de las cocineras, el pincho de merluza rebozada a 2,40 € («es congelada», apunta de inmediato Ezpeleta que compra los pescados para el menú del día y barra donde Koldo, en un encomiable rasgo de honradez), las gildas, la ensaladilla rusa. Nombres sencillos, bocados sencillos.
Detrás, el cartelón con los bocadillos (¡hay de cabeza de jabalí¡, definitivamente esta bodeguilla rompe convenciones), de merluza rebozada o de tortilla, que cargan por cientos para San Mamés los hinchas en día de partido («el que más vendemos es el de tortilla de chorizo», eup), de «antxoa frita» y hasta de «txitxarrillos» y sardinas. Me dice Fernando Ezpeleta que, en tiempos, tuvieron sardinas arenques de barril, ordenadas como soldados en formación, con sus corazas de cobre viejo.
Pero si es que en la bodeguilla Indautxu hasta mantienen el vino corriente para los poteadores veteranos. Tinto Ubide, de tapón de plástico, y a 80 céntimos el vaso. «Cada vez quedan menos cuadrillas de poteadores, pero algunas aún resisten. Yo he conocido y servido vinos en aquellos vasos de culo gordo», dice el patrón de este rescoldo vivo de la hostelería vizcaína.
Sería muy arriesgado afirmar que es la última bodeguilla de Bilbao aunque, tras el cierre del Palas se podrían contar con una mano las que quedan. Me viene a la mente el cercano Josera (con tilde en la erre), en lo que antes se llamaba Particular de Indautxu, cierto local de las Siete Calles que ha cambiado de titular, y algún local con este mismo aire anticuario en la cercana Pozas.
Lo cierto es que la bodeguilla suele estar de bote en bote entre semana y, hasta las cartolas, los días de partido y fiestas de guardar (con ocho empleados, sólo cierran sábados y domingos al mediodía). «No me gusta subir los precios. Prefiero ganar menos, pero tener la bodega con gente. Creo que mantenemos unos precios competitivos para la zona. En casa siempre he oído que es mejor tener el bar lleno que estar mirando», apunta Fernando Ezpeleta, tercera generación de la bodeguilla, que recuerda en varias ocasiones a sus tíos Txutxi y Txema «y a la tía Rosa, la mujer de Txutxi», que trabajaron de sol a sol detrás de esta misma barra desde la que el sobrino analiza el mundo.
Aquí dentro se producen y se viven situaciones que uno creía desterradas de los usos y costumbres modernos. Que el dueño adivine desde lejos lo que vas a tomar y hasta de qué quiere el bocadillo de tortilla cada uno de la cuadrilla, que se entablen conversaciones y tertulias de mesa a mesa, que los vecinos de barra sean además vecinos de escalera o, en fin, que el bodeguero atienda esas pequeñas señales de las cuadrillas de poteadores para que, al único de los siete, al raro que le da por pedir un crianza en copa en vez del vino de año de los colegas, le sirvan lo mismo que al resto de chiquiteros con la absoluta complicidad del tasquero. Esas pequeñas cosas.
Paseamos la vista por productos singulares, las sardinillas en aceite y los chicharrillos (jureles) de la firma Cortizo, las latas de anchoa Leonardo de Santoña, las patatas fritas Sarriegui, las panderetas de bonito en aceite de girasol Costa Esmeralda y La Marquinesa que las camareras veteranas (Elpi lleva quince años en la casa, Arantxa, 17, Rita, veinte, Íñigo, diez y Zuriñe, dos) desmenuzan para preparar ese clásico de la casa que es el Cantábrico, con alegrías riojanas J. Vela (que, en realidad, se embotan en la navarra Mendavia) y pan Okin, de Zumaia, precocinado y que hornean aquí.
Todo rueda ahora con un poco más de facilidad, con otros ritmos que antaño. «Antes abrían el bar a las nueve y, nada más arrancar, se formaban tres filas para pedir los bocatas, los huevos fritos, las cañas de clarete y hasta el café completo, con copa y puro. En el 79 hubo reforma al comprar la panadería que había aquí al lado. También estuvo cerrada algunas semanas, sancionados a echar la persiana por algunos cánticos», dice Ezpeleta. Y me sumerjo con él en esa seguridad que conceden los ciclos de la vida. La clientela habitual, los menús del día (13 €, con agua, vino tinto corriente y gaseosa), que se repiten con inexorable regularidad: los lunes, arroz cubano; los martes, lentejas; los miércoles, vainas; y los jueves, mientras hagan caldo, sopa de garbanzo y fideo. Pura vida.
Dirección: Gregorio de la Revilla, 18 (Bilbao)
Teléfono: 944422823.
A punto de cumplir 80 años esta bodeguilla mantiene una clientela fiel y habitual que gusta del pincho de anchoa con pimiento verde, del filete de merluza albardada, de las gildas y ese gran clásico que se llama Cantábrico (atún, pan, piparra y alegrías riojanas). Tiene menú del día a 13 € (con platos fijos a diario); 14, en la terraza.
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