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El sol aprieta en Molinilla, aldea de Lantarón de media docena de casas y cuatro vecinos permanentes; el zumbido de los insectos es, aparentemente, lo único que rompe el silencio de la mañana pero no... el cloqueo de las gallinas se percibe entre las casas. Siguiendo el cacareo llegamos a los pabellones donde las aves de Pilar Martín se resguardan de la canícula. «Voy a buscar pan para echárselo; si no, no saldrán». Se equivoca; nada más aparecer al intruso le rodean y se afanan en picotear su calzado. Las más valientes prefieren investigar quién ha llegado que descansar a la sombra y, bueno, tendrán como recompensa el pan que Pilar esparce por la pradera seca.
Estamos en Granja Molinilla, el proyecto que Pilar Martín, navarra de Burlada, y su marido, Luis, han puesto en marcha para cumplir su sueño de vivir en una aldea y, en lo posible, sacar un partido respetuoso de la tierra, aunque él ejerce de taxista en la cercana Miranda de Ebro. Pilar trabajó en una cadena de venta de material de bricolage y en un cine, pero no era eso lo que querían. Buscaron terrenos en Etxebarri Ibiña, muy cerca de la capital alavesa, pero el alquiler resultaba tan caro que habría tirado por tierra cualquier esperanza de sacar un beneficio. De modo que arrendaron una granja de gallinas, 20 hectáreas de terreno y una casa para poner en marcha la actividad.
Empezaron de cero, cubriendo las vacaciones del dueño para ver si se amoldaban a la vida rural y, una vez comprobado que era posible, se quedaron. Con una lista de clientes cedida por el anterior propietario y buscando compradores de su género allá donde fuera posible, Pilar hizo realidad Granja Molinilla. Vende huevos y producto de huerta (tomates, coliflor, puerros...) a comercios de Vitoria, grupos de consumo e incluso a un híper de Miranda. Además, cultivan cereal, girasol, habas, trigo o cebada que facturan a una empresa de Mungia especializada en piensos para animales. «En lo posible me muevo sin intermediarios, sin nadie que te obligue a bajar los precios», explica.
Su apuesta es por las técnicas ecológicas, incluida la producción de huevos; de hecho, son las gallinas las que proporcionan buena parte del abono con el que alimentan sus parcelas. Lo demás, es ya sabido porque lo hemos contado en estas páginas: rotación de cultivos y renuncia al empleo de sustancias químicas para defender la tierra de malas hierbas y plagas o para favorecer un crecimiento más rápido de los cultivos.
Pilar arrancó su proyecto con unas 500 gallinas hace más de cuatro años y hoy maneja una media de 1.800, aunque hay temporadas en las que el grupo se reduce a la mitad o menos, ya que las aves productoras tienen una vida útil de entre 14 y 15 meses; luego se reemplazan por aves de unas siete semanas de vida a las que hay que enseñar todo: dónde están la comida o el agua o dónde poner los huevos.
«Pero aprenden; basta con que tengan de comer y de beber. Y si hace calor, pongo en marcha el ventilador. La verdad es que criar gallinas es como criar un bebé». Y según se agosta el suelo en el que pican, las lleva a otra parcela, mientras que sus veinte ovejas se encargan de abonar el terreno libre.
Todo ordenado en una jornada larga: a las seis de la mañana enciende la luz del gallinero para que se activen, recoge los huevos, comprueba que tengan pienso y agua... y a la calle. Por la tarde empaca los huevos y apaga la luz, ahora en verano, a las 21.30 horas. «Estoy más tranquila, menos atareada, de octubre a mayo, cuando el día es más corto. Pero entre llevar los huevos a los puntos de venta, el papeleo y las numerosas inspecciones se acumula el trabajo».
–¿Desanimada por la vida elegida?
–No, pero echo de menos más vacaciones.
En cualquier caso, es una apuesta en serio y a largo plazo, pues en unos meses se irán a vivir a la casa que están construyendo cerca de la granja.
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