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Por los pelos y sobre el toque de bocina. La ahora añorada plaza de abastos de Los Fueros se inauguró el 31 de diciembre de 1899, justo antes de que el calendario cambiara de centena. Aunque el siglo XX comenzara técnicamente un año después –en 1901– lo cierto es que los seres humanos siempre hemos tendido a ignorar la letra pequeña de la cronología, así que igual que nos pasó a nosotros hace 22 años el imaginario popular de entonces también se fijó más en lo emblemático que en el cómputo estricto. La nueva centuria, aquella que tantas maravillas prometía, levantaría el telón el 1 de enero de 1900 y punto pelota. Esa era la firme convicción de todo hijo de vecino, incluyendo a los vitorianos y a su alcalde don Federico Baráibar.
Regidor de la ciudad entre 1897 y 1903, Baráibar sabía que el nuevo mercado entraría en funcionamiento con el flamante siglo XX pero se empeñó en que, al menos, el acto inaugural se celebrara in extremis el último día de 1899. Se cumplía así una promesa repetida innumerables veces a lo largo del XIX: la de que Vitoria tendría una plaza de abastos moderna, higiénica y centralizada y dejaría atrás los tiempos de los mercadillos desperdigados.
La semana pasada repasamos aquí los distintos lugares en donde los gasteiztarras de antaño compraron su pitanza a lo largo de la historia. Según contó Manuel María Uriarte en 'Vitoria y sus barrios en 1291' (revista Landázuri, 1994) hace 700 años el mercado de los jueves se hacía en la gran explanada que abarcaba las actuales plazas de la Virgen Blanca, de España y del Machete. Luego pasó a comprarse en las covachas que había junto a la Alhóndiga, en la Cuesta de San Vicente, y después en el vecino mercado cubierto de La Ala. En 1801 vendedores y clientes se trasladaron a los arcos de la Plaza de España, más tarde a su parte central y finalmente se tuvieron que dispersar por distintos puntos de la ciudad.
Aquel desbarajuste no era propio de una capital decente y menos de la conocida como Atenas del Norte, de modo que durante el último tercio del siglo XIX se sucedieron las propuestas para dotar a la ciudad de un mercado municipal cubierto. El problema llegó cuando los comerciantes se negaron a moverse. En su opinión el sistema tradicional funcionaba de rechupete y consideraban que la construcción de una plaza de abastos era, además de una idea propia de urbes con ínfulas cosmopolitas, contraria a sus intereses gremiales y a los del público en general. Creían que el proyecto acabaría con el libre comercio, que las ventas bajarían sin la animación del cielo descubierto y que la ubicación planteada por el ayuntamiento –la Plaza de la Independencia, ahora de Los Fueros– quedaba demasiado a desmano.
El consistorio ya había abierto mucho la mano en 1865 permitiendo la venta de carne y pescado en despachos particulares en vez de únicamente en la Carnicería y Pescadería públicas, así que esta vez no quiso dar su brazo a torcer. Como representantes de los consumidores las autoridades municipales tenían la responsabilidad de velar por la higiene de los puestos de venta, la calidad de los productos ofertados, la legalidad de las transacciones, la percepción de los impuestos derivados... Y todas esas funciones se realizarían de manera mucho más eficiente en un espacio cerrado.
Defensores y detractores de la hipotética plaza de abastos comenzaron una guerra de propuestas, contrapropuestas, campañas de propaganda y sucesivas recogidas de firmas. Para contentar a todos y a ninguno se puso en marcha un ensayo, el del mercado de la Correría, que encima acabó en tragedia: construido de modo provisional junto al matadero del Cantón de las Carnicerías, se abrió al público en octubre de 1885 y poco tiempo después fue escenario de un terrible accidente. La fragilidad de la estructura y los efectos de las nieves provocaron que el lunes 26 de diciembre de 1887 se derrumbara el muro de contención que separaba aquella efímera plaza de abastos de los terrenos del palacio Escoriaza-Esquivel. Murieron tres personas y resultaron heridas otras dos.
Aunque tardara aún doce años en hacerse realidad, aquella desgracia inclinó a la opinión pública en favor de una nueva, mejorada y definitiva Plaza de Abastos. En 1890 se aprobó el presupuesto (148.830 pesetas), en 1897 puso el obispo la primera piedra y el día de Nochevieja de 1899 por fin se pudo estrenar aquel magnífico edificio triangular que hasta 1975 adornó la Plaza de la Independencia. Las cosas de palacio van despacio, y las del mercado también.
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