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Ella, Elena Manighetti, y él, Ryan Osborne, vivían en la oscura Mánchester. Su vida era el trabajo. Como tantas. Hasta que rompieron esa ruta trazada. Lo vendieron todo y adquirieron un barco. Querían vivir jóvenes y despiertos su sueño: surcar los mares. Los dos solos. Ese viaje comenzó en 2017. Se despidieron de sus familias y les pidieron sólo una cosa, que nunca les dieran malas noticias. Querían aislarse. Por eso, porque nadie les habló del coronavirus, descubrieron que el mundo lucha contra esta pandemia en marzo, cuando intentaron atracar en una isla del Caribe. No les dejaron. Elena es italiana, de Lombardía, una de las regiones más afectadas. Una apestada, pensaron las autoridades de la isla. La pareja se topó de repente con el virus. «Nadie nos había hablado de esto», se extrañaron.
En ese intento de vivir aislados se había filtrado en el velero alguna noticia sobre un foco de contagio en China. Nada más. En el barco tienen un acceso muy limitado a Internet y su familia, como pidieron, no les cuenta nada negativo. Todo les llegó de sopetón, como si vinieran de otro planeta. «Cuando llegamos al Caribe nos dimos cuenta de que el mundo estaba infectado», contaron en la BBC.
De isla en isla navegaron por el Caribe buscando una frontera abierta. Nada. Nadie quería a unos turistas, potenciales transmisores del virus. La nacionalidad italiana de Elena asustaba, aunque lleva mucho tiempo fuera de su país. Ufff. Imposible tocar tierra. Candado en las fronteras. Regresaron mar adentro y empezaron, ahora sí, a buscar noticias. Todo era negativo. Una pesadilla. Elena habló con su familia. Se vino abajo. Vio páginas de periódicos llenas de féretros. Escuchó nombres de personas conocidas que habían fallecido. Los cementerios no daban abasto. «Mi familia llevaba seis semanas confinada», relató.
Su salvavidas fue el GPS del barco. Con él pudieron demostrar que llevaban meses aislados en el mar, a salvo del coronavirus. Al final han podido atracar en Becquia, una isla del archipiélago caribeño de Granadinas. Ahora viven confinados en su embarcación. El problema que afrontan es nuevo: les han prohibido navegar hasta que todo esto pase. Zarparon para alejarse del mundo y vivir su sueño y han desembarcado en otro planeta, acorralado por el virus.
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