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Todo el mundo se preguntaba lo mismo: ¿Dónde están los demócratas? Frente al tsunami de Donald Trump, que desmantela el Gobierno a toda velocidad, la ... lentitud de la Justicia y la inacción de una oposición atada de pies y manos por su derrota electoral, desunida y desorientada. El senador demócrata de New Jersey Cory Booker respondió el lunes individualmente a esa pregunta, al adoptar la forma de protesta más antigua que se conoce en la política estadounidense: hablar hasta el agotamiento.
«Estoy aquí porque no puedo dormir tranquilo sabiendo lo que esta administración le está haciendo a la gente», entonó al dirigirse a «una nación en crisis». Eran las 7 de la tarde del lunes y ya no dejaría esa posición, de pie, frente a su asiento, ni para comer o ir al baño. Su intervención, de 25 horas y cuatro minutos, batió el récord del discurso más largo en la historia de la Cámara Alta de EE UU. La anterior marca la ostentaba el senador de Carolina del Sur, Strom Thurmond, quien en 1953 aguantó más de 24 horas para protestar contra la ley de los Derechos Civiles. Afuera llovía cuando empezó Booker. Luego, caería la noche cerrada. Y al amanecer saldría el sol.
Técnicamente no se considera un ejercicio de filibusterismo, porque no estaba bloqueando ninguna ley específica. El maratón de palabras que no buscan convencer, sino, originalmente, agotar a los colegas y, actualmente, capturar la atención, era en su caso el intento de narrar el colapso moral de una nación en caída libre hacia el autoritarismo.
Para llenar tantas horas de oratoria, empezó con las cartas que sus constituyentes de New Jersey envían a su oficina, pero a pesar de que llegan por sacas, no eran suficientes. Desgranó nombres, datos, anécdotas. Citó a John Lewis, invocó a John McCain. Leyó las quejas de quienes no pueden pagar la insulina. Denunció la deportación de estudiantes palestinos por protestar en campus universitarios. Cada palabra buscaba ser una bofetada a las políticas de Trump o una denuncia a los recortes de Elon Musk. Cada pausa, un suspiro para tomar aliento.
Algunos de sus colegas le arropaban en el hemiciclo con largas y retóricas preguntas para darle un breve descanso. Entre ellos se encontraba el senador Chris Murphy, de Connecticut, quien se ha destacado en estos dos últimos meses por sus críticas a Trump y el espíritu de protesta que busca la izquierda en el Partido Demócrata para recuperar la confianza de sus bases. Estaba también la senadora Kirsten Gillibrand, heredera del asiento por Nueva York de Hillary Clinton, destacado adalid de las mujeres. Raphael Warnock, un predicador de Georgia al que algunos llaman el nuevo Obama. Y, cómo no, el líder demócrata en el Senado, Chuck Schumer, cuya cabeza piden algunos de sus propios colegas por haber aprobado la ley de presupuestos de Trump para evitar un cierre de gobierno. Schumer no podía permitirse quedarse fuera de esa foto, con los rumores de que Alexandria Ocasio-Cortez le disputará el asiento en 2028.
Booker también tiene sus propias aspiraciones. Se presentó a candidato presidencial en 2020, pero generó tan poca intención de voto que se retiró antes de los caucus de Iowa. Probablemente volverá a intentarlo en 2028, si la democracia resiste. De momento, le tocaba resistir a él. «Todos tenemos la responsabilidad, creo yo, de hacer algo distinto, de provocar lo que John Lewis llamaba 'buenos problemas'», dijo, en referencia al congresista demócrata y referente de los derechos civiles, fallecido en 2020.
El exalcalde de Newark de 55 años es un jugador de fútbol americano que mide 1,93 y pesa cien kilos, según su página de Wikipedia. Este martes necesitaba de toda esa forma física, casi tanto como cuando empezó su carrera a concejal con una huelga de hambre de diez días. «Estoy bien despierto», había dicho al amanecer, «dispuesto a estar aquí de tantas horas como pueda». Y mientras los demás miraban el reloj o salían a fumar, él seguía leyendo cartas, leyes y hasta libros. Repasó informes sobre el impacto social de los recortes presupuestarios, la eliminación del Departamento de Educación, el recorte de 11.000 millones de dólares en fondos sanitarios otorgados durante la pandemia, las redadas contra estudiantes extranjeros que participaron en protestas pro-palestinas, y la amenaza de sancionar a las universidades de élite por supuesta «intolerancia progresista». El Gobierno de Trump ciertamente ha dado material para hablar hasta la extenuación. «No es normal que un país se desintegre en directo mientras sus líderes callan por miedo a perder un tuit», denunció.
Mientras tanto, fuera del Congreso, una coalición de 23 Estados liderados por fiscales generales demócratas presentaba demandas contra el Gobierno por el recorte de fondos sanitarios, argumentando que viola leyes federales y pone en riesgo la salud pública. La cuenta de Booker en X seguía en directo su maratón y todos calentaban motores, a sabiendas de que las organizaciones civiles han convocado una gran manifestación en Washington para este sábado. La sociedad despierta lentamente.
El gesto de Booker carecía de eficacia legislativa, pero tiene gran valor simbólico, especialmente al tratarse de un afroamericano quien ha batido el récord del senador Thurmond, contrario a la ley de los Derechos Civiles. Booker ha pasado a la historia y además consiguió lo que más buscaba: abrir telediarios, marcar la agenda del día y enviar un mensaje claro a sus votantes -y a su partido-, de que hay quienes todavía están dispuestos a plantar cara, aunque sea con un micrófono y un atril. Con ellos intenta ser el líder que van buscando los demócratas a la deriva, el vacío que todos querrían llenar.
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