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ROBERTO RIVERA
Domingo, 11 de octubre 2020, 03:18
La formación de la tierra, como la de tantos otros universos que parecen pétreos pero se mueven sobre lava candente que los desplaza de aquí para allá en un viaje tan pausado como traumático, se supone consecuencia del choque brutal, por años inapreciable, de placas tectónicas que reventaron entre sí para aullar en silencio durante millones de años. Y los elementos que condicionaron ese encuentro de energías (solidez de los materiales, vectores de dirección, fuerza en el desplazamiento) acabaron trazando lo que todos definen como un paisaje imposible y gentes que miran de otra forma, como en el caso que nos ocupa, ven lienzos sobre los que trazan 'zoom' para elevar a la categoría de arte lo que sólo se aprecia en el detalle.
Andrés Gil Imaz, geólogo moldeado en Haro y perteneciente a la generación del 65, fue construido como el universo mineral que disecciona con choque armónico de diferentes, desde la función docente de su padre Ladislado Gil Munilla en el Instituto Marqués de la Ensenada, la pasión de su hermana Cristina por el color y las formas, y su empeño por desentrañar los secretos del suelo sobre el que pisa y que aborda en el Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Zaragoza. Y la alquimia le convierte, por todo ello, en un personaje poliédrico y multifuncional donde resulta complejo distinguir si uno de asoma a la obra de un profesor universitario, a un artista o a un investigador de la materia, porque parece evidente que el creador jarrero es todo eso y algo más.
Es la teoría que gana peso al disfrutar del puñado de óleos que cuelgan hasta el 15 de noviembre en la Sala Odón de Buen del Museo de Ciencias Naturales, dentro del Paraninfo del Campus aragonés, y que llevan estampada la firma del artista riojano bajo el título genérico 'El color de la tierra, al aire libre' que esconde, en realidad, un catálogo sincero de óleos que ha ido generando, como por arte de 'birlibirloque' y consecuencia del caos, la propia naturaleza.
Se sabe que el trabajo de ésta resultó abrupto, brutal, consecuencia de un proceso aparentemente destructivo. Andrés, que lo sabe por cuestión de ciencia y conocimiento, redescubre el paisaje de ese escenario de fracturas, fallas, desmoronamientos, simas y acantilados, y nos demuestra la sorprendente belleza de todo aquello que en realidad fue un juego de adaptación y encuentro entre elementos de diferente densidad para convertirse en un solo cuerpo central.
Y lo hace con trazo grueso, transmitiendo la misma fuerza que él advierte al asomarse al paisaje para escarbar en la tierra; huyendo de las horas tibias del ocaso o el amanecer que tamizan los detalles, para iluminar con toda la violencia del sol cada uno de los rincones de nuestro hábitat, no siempre conocido; remarcando con su paleta de colores los ejes y líneas direccionales que definen los diferentes puntos de fuga de renques, fincas, riscos, caminos y callejeros rurales, en un juego de flechas imposibles; demostrando que el listado inagotable de formas cóncavas, convexas, planas, rígidas, redondeadas, punzantes, derrotadas o alzadas hacia el umbral del cielo más azul cielo que se haya visto en la sala.
Todo encaja, nos viene a demostrar el geólogo, formador y pintor que sigue bebiendo en Haro y su comarca para ilustrar a los maños con las estampas sagradas de Peñas Jembres, Las Conchas, Sierra Cantabria y el imprescindible Toloño, y otros más alejados de estos pagos y más próximos a su domicilio como Cabeza de San Pablo, Mesones de Isuela, Mayos de Riglos, Anticlinal de Añisclo, Torrollones de la Gabarda (Los Monegros) o la Discordancia de Alcorisa.
En todos los casos, requiebros reflejados sobre la pátina del Ebro que acaricia la base de sus cimientos.
Parece claro que esa muestra de accidentes orográficos encerrados en el marco de sus cuadros podría ilustrar, sin lugar a dudas, un estudio geofísico para universitarios de la Facultad de Ciencias e interesados en Geodinámica Interna. Y que con ellos a la vista les resultaría mucho más sencillo entender cada uno de los episodios que acabaron dando forma a esos rincones de postal durante el encaje de todo lo que forma parte del 'Planeta Azul', más azul mar que cielo en este caso, cuando el concepto tiempo y prisa no existían porque no lo contaminaba la urgencia que se han autoimpuesto los hombres de esta nueva era.
Pero es evidente, al mismo caso, que el acabado de su producción, especialmente armónica, llega mucho más allá. Tanto que a nadie le queda la más mínima duda de que alcanza por mérito la categoría de arte con mayúsculas.
Presente hasta mediados del próximo mes en la capital aragonesa, se confía en su llegada La Rioja y la ciudad jarrera, con la que mantiene un vínculo especial. El del carril del Ebro que fluye entre ambos puntos para converger en la visión que Andrés tiene de las tierras para convertirlas, por fusión, en una sola.
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