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Va a resultar que el micromachismo empieza por los pies. No lo digo yo. Lo dedujo con inusitada lucidez Mariló Montero cuando declaró que «ser ... mujer te obliga a caminar sobre dos palitos». La interrogué sobre el asunto en una entrevista y añadió: «Me pregunto por qué el tacón da poder a Sarkozy y debilita a la mujer». ¿Debilitar?, al contrario, el tacón alto nos empodera, pensará más de una... Y es que (¿seremos tontas?) esa sigue siendo una arraigada creencia en pleno siglo XXI. La prueba es que el tacón de aguja, inventado en el XVIII por el barón de Stylleto para que los jinetes masculinos se aferraran a las espuelas, hoy es el complemento imprescindible de cualquier mujer que quiera lucir elegante e importante en un acto público.
Y, sin embargo, ese presunto realce nos merma. La reina Letizia sufre un neuroma de Morton en su pie izquierdo, una dolorosa lesión que los podólogos atribuyen al abuso de calzado de tacón alto y puntera estrecha. Este verano, en Mallorca, Letizia se pasó al zapato plano. Parecía una declaración de principios, igual que la de no teñirse las canas. Sin embargo la semana pasada, durante la recepción del Día de la Hispanidad, soportó hora y media de besamanos subida a unos finos tacones altos, «reprimiendo estoicamente el dolor», según un portal digital. No estaba sola. La mayoría de las invitadas al acto, incluida la ultrafeminista ministra Irene Montero, llevaban tacón de aguja.
«Para lucir hay que sufrir», decían nuestras abuelas. Y esto iba para sus nietas, no para sus nietos, que no tienen que caminar sobre dos palitos para sentirse más atractivos. Lo peor de todo es que hoy esa anticuada y discriminatoria sentencia parece darse por buena. ¿En nombre de qué? De un empoderamiento femenino mal entendido.
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