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Adriana Carrillo
Miércoles, 8 de marzo 2023
Muchos padres y madres sienten que el apego que sus hijos han desarrollado hacia ellos peligra con el comienzo de la guardería, los primeros compases de la pubertad, los nuevos amigos de la adolescencia o la marcha a estudiar fuera. Por otra parte, también a muchos hijos les cuesta cortar el 'cordón umbilical' con sus padres porque ha desarrollado una dependencia fruto de una protección desmedida que han ejercido sus progenitores. Hablamos con la doctora en Sociología Carmen Martínez Conde, coordinadora del Máster en Orientación Familiar Educativa de UNIR, sobre 'mamitis', 'papitis' e 'hijitis' y cómo afrontar sus consecuencias.
¿Cuáles son las características que revelan a los padres sobreprotectores?
Sobre todo, son cuestiones de actitud, de no dejar hacer, de no permitirles que hagan cosas propias de los niños o incluso de no mostrar a los hijos asuntos menos agradables o malos, procurando crear un entorno aséptico en el que no pasa nada, en el que todo está bien.
¿Estos padres y madres tienen miedo a que les pase algo a sus hijos?
Efectivamente. La sobreprotección tiene una doble vertiente, por un lado la física, pues son padres que tienen miedo a que sus hijos patinen, monten en bicicleta o exploren su entorno porque temen que se hagan daño. Es lo que llamaríamos el hiper proteccionismo de tipo físico. Pero también hay un componente más emocional que hace que los padres escondan cosas completamente normales que suceden en la vida, como el dolor, la enfermedad, la vejez o la muerte para que los hijos no sufran. Entonces no les dejan emprender, ni descubrir y además les enseñan un aspecto poco realista de la vida.
¿Está bien hablar con ellos sobre la realidad del día a día, una jornada laboral que no ha sido especialmente brillante, las preocupaciones cotidianas...?
Es conveniente hablar de esas cosas con los críos efectivamente, todo eso trasladado a un lenguaje que puedan entender. Es importante que los padres en casa muestren también cómo están, qué les pasa tras un día en el trabajo o comentar, por ejemplo, que el recibo de la luz ha subido y hablar sobre ello para que sepan que tenemos que pagarla y que no se puede despilfarrar. Podemos decirles que hemos tenido un mal día pero que nos alegra estar de nuevo en casa y contar con ellos. No se trata de generarles culpa o agobio porque hay cosas que atañen a los adultos y cosas que atañen a los niños. Muchas veces los padres y madres prefieren no decir nada a los hijos sobre cuestiones cotidianas o sobre un día difícil en el trabajo o algún malestar o cansancio pero es importante que los niños aprendan a desarrollar la empatía, a que también pregunten cómo están sus padres, que escuchen pero siempre diciéndoles que no se preocupen.
Esa protección excesiva desarrolla en lo que denominan 'mamitis' o papitis'¿Cuáles son las consecuencias?
La dependencia excesiva que tienen los hijos hacia sus padres les lleva a convertirse en adultos inseguros que no son capaces de tomar decisiones o que sufren cuando tienen que hacerlo. En adultos poco asertivos, entendiendo la asertividad -de manera muy resumida- como la capacidad de saber decir que no de una manera adecuada, en hacer valer los propios derechos sin menoscabar los de los demás. Un hijo que está protegido en exceso al final no aprende ese lenguaje efectivo porque nunca ha tenido que defender una idea, demostrar un hecho o pedir algo porque todo se lo han dado. La falta de asertividad lleva a la sumisión o a desarrollar un lenguaje agresivo. También pueden convertirse en adultos que no se esfuerzan por cumplir sus metas porque han seguido un camino sin obstáculos, así que tampoco saben luchar.
¿Cómo se puede encauzar al niño/adolescente cuando los padres han sido demasiado protectores con ellos?
Lo ideal siempre es la prevención. Pero es verdad que como padres vamos aprendiendo por el camino y cometemos errores. Por eso, desde el cariño y el acogimiento podemos acompañarle y animarles a cambiar. Una crisis económica en la familia, por poner un ejemplo, en la que es necesario cambiar de hábitos de vida y de consumo, o cualquier otra circunstancia adversa que golpee a la familia puede afrontarse desde la unión y el apoyo. Puede ser una oportunidad para cambiar ciertas actitudes, para animarles a que se esfuercen más y ponerse en el lugar del otro.
No solo los hijos desarrollan dependencias excesivas hacia sus padres, también son estos los que sienten que sus hijos ya no son niños a los que cuidar y proteger, sino adolescentes que buscan su propio camino, sus planes y amigos. Aparece lo que llama la 'hijitis', ¿cómo se puede afrontar?
Es normal que sintamos esa fuerte unión con nuestros hijos, pero también tenemos que respetar esos pasos naturales del ciclo vital. Ese vínculo de padres, hijos, familiares, lo vamos a tener toda la vida y no desaparece, simplemente evoluciona, cambia. Tampoco se trata de llegar a extremos e intentar modificar esos vínculos demasiado pronto sino dejar volar a los hijos desde la razón y el corazón, como parte de un aprendizaje natural porque tan natural como acompañarles a dar sus primeros pasos o enseñarles a montar en bicicleta, la vida junto a nuestros hijos está plagada de pequeños actos de desprendimiento.
Para algunos padres y madres es inevitable sentir nostalgia, añoran a ese niño que se dejaba achuchar y que se ha convertido en un adolescente no tan 'achuchable'...
Sí, se produce una especie de nostalgia pero también de alegría porque debemos entender que la vida tiene sus ciclos y que es un orgullo para un padre o una madre que sus hijos salgan en busca de lo que quieren y alcancen sus metas, porque no vamos a estar siempre ahí. Entonces es importante ver con ilusión en lo que se van convirtiendo nuestros hijos, en que siguen sus pasos y también los nuestros. Es importante hacer ver a los hijos que estamos ahí para ellos, eso les da seguridad, aunque luego no nos necesiten, pero que sepan que el cariño está ahí.
¿Qué consejo daría a los padres y madres para evitar actitudes de sobreprotección con sus hijos?
Tenemos que aprender como padres a educar en el cariño, en la empatía y en la alegría. La alegría entendida como una actitud positiva. Realista, pero positiva. Transmitir a nuestros hijos que las adversidades si se afrontan en familia son más llevaderas. Educar no desde el miedo al fracaso y al error sino desde la esperanza de que los nuevos comienzos son posibles.
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